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TRIBUNA

Perdonen la tristeza: réquiem por la infancia

miércoles 22 de enero de 2020, 19:57h

Ésta hubiera sido la enésima columna sobre el pin parental, pero hay días en los que uno es persona antes que todo y no puede contener el llanto ante espantos que trascienden toda fruslería que se nos vende como cuestión de Estado.

No me permitirá el sino que comience el año con un canto a la dicha, un artículo canallita o una reflexión platónica sobre un amor en el que no creo -según mis cálculos- desde que dejé de ser imberbe. Resulta que un mensaje de WhatsApp me informa de una tragedia que se instala en mi cuerpo con la gélida trayectoria del más agudo de los escalofríos: dos hermanos, de 5 y 8 años, fallecen en Estella (Navarra) en un accidente de tráfico. Sus padres sobreviven.

Ya permitirán los allegados este humilde homenaje en caliente a unos niños cuya tragedia ha removido las entrañas de mi comunidad. Hoy, su dolor es mío; es nuestro. Y es nuestro porque quienes vivimos en tierras navarras sabemos que toda desgracia ajena termina por salpicarte. Son cosas que solo se entienden en las pequeñas regiones, donde la víctima siempre era el amigo de menganito, el vecino de perenganito o el cliente de tu peluquera.

A uno se le rompen los esquemas mentales y metafísicos ante desgracias de este calibre. No puedo defender hoy -como acostumbro a hacer- que todo obedece a leyes que superan nuestra comprensión y con las que solo aparentemente estamos en desacuerdo. El viernes 17 de enero de 2020 será para siempre el día trágico que nos arrebató a Daniel e Ixeya. Y ante eso no hay explicación, no debería haberla.

Quisiera uno testificar la grandeza de Dios y proclamar el milagro de la resurrección, pero ahora percibo el mundo como un laberinto de absurdos que condenan a pensamientos de muerte y melancolía. El nihilismo es la única respuesta racional cuando a la niñez, la forma de vida más sagrada, se la llevan por delante de un modo tan abrupto e injusto. No hay frase ni plegaria que pueda paliar con calidez el frío cabrón de perder a tus dos hijos.

Me vienen a la mente pensamientos sobre la fugacidad de la vida y las casualidades perversas. Pienso en lo que eran aquellos niños y, especialmente, en todo lo que podían haber llegado a ser: dónde hubieran veraneado, a qué oficio se hubieran dedicado o cuánto bien podrían haber hecho. Pienso en cómo hubiera sido, en definitiva, su vida.

Nuestro recuerdo está destinado a perderse en el tiempo como lágrimas en la lluvia, que diría Rutger Hauer en Blade Runner. No obstante, no debería sea así con quienes abandonan el mundo sin haber vivido lo suficiente como para hacer mal alguno. Que este humilde texto sirva de homenaje a todos ellos.

No hay en estos párrafos una conclusión ni un mensaje positivo; tampoco un afán didáctico ni moralista. Si acaso un grito al cielo de alguien que siente incomprensión e impotencia.

Perdonen la tristeza. Hoy está justificada.

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