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EXPOSICIÓN "UNIVERSO ALCORLO"

Homenaje a Manuel Alcorlo en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

viernes 24 de enero de 2020, 17:12h
La exposición, inaugurada el 24 de enero, incluye dibujos, pinturas, grabados y libros del artista –también libros de viaje y objetos intervenidos por él como abanicos-. Estará abierta para el gran público hasta el 8 de marzo. Con ella la RABASF desea rendir, una vez más, merecido tributo a un artista que no ha dejado de estar vinculado a esta institución desde que, en sus inicios como artista plástico, allá, por la década de 1960, “le tocara Roma”, expresión que suele utilizar el propio artista para explicar que tuvo el honor y la oportunidad de resultar pensionado en la Academia Española de Bellas Artes de Roma.

En el curso de una entrañable presentación de la exposición dedicada a Manuel Alcoro en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en la que el pintor estuvo acompañado por José María Luzón, académico delegado del museo de la Rabasf, el afamado arquitecto Rafael Moneo y el famoso dibujante, además de arquitecto y escritor, Peridis, -estos últimos también académicos de la entidad, al igual que el artista y personas cercanas a su vida- se fueron desgranando importantes momentos de la vida de esta gran figura de las artes españolas, momentos decisivos en su trayectoria, pero también, otros, emotivos, e incluso, simpáticos.

Cuando a Alcorlo “le tocó Roma” –refiere a este diario Carmen, su mujer, retratada insistentemente por Alcorlo durante su vida en común-, el pintor vivía en el seno de una familia obrera en un pequeño ático en las inmediaciones de la Plaza de las Cortes de Madrid. Allí no disponía de espacio suficiente para desarrollar su capacidad artística. Por eso, su distinción como becario para estudiar dos años en la capital del Arte clásico supuso un hito decisivo en su formación, como artista y como persona.

En Roma coincidieron con Alcorlo el mismo Rafael Moneo, aparte de otras figuras del las artes clásicas, entonces prometedores estudiantes de alguna de las ramas consideradas entonces principales: Pintura, Arquitectura, Escultura o Música; por ejemplo, el pintor Antonio Zarco, algo mayor que él, con el que le unió una relación casi fraternal. Por Roma también pasaron, entre otros -siendo director don Joaquín Valverde “Don Joaquín”-, el arquitecto Dionisio Hernández Gil (Cáceres, 1934-Bilbao 1939), los escultores Francisco Toledo (1928-2004) y Francisco López (1932-2017), así como los pintores Agustín de Celis (1932) e Isabel Quintanilla (1938-2017).

Antes de ir a Roma, los jóvenes pintores pasaban buena parte de sus jornadas en la carrera de Bellas Artes yendo a dibujar al Casón del Buen Retiro. Pero, una vez en Roma, de golpe disponían de “todo un universo” para pintar. Porque Roma, hacia los años sesenta, aunque había perdido buena parte de su influencia, seguía siendo el referente clásico de primer orden para las Bellas Artes.

Allí, en Roma –relatan los componentes de esa amena tertulia en que pronto se convirtió la presentación de la exposición Universo Alcorlo- los estudiantes (algunos de los cuales se trasladaban a la Academia con sus esposas, incluso hijos) tuvieron que lidiar con lo que, allí, en la tertulia, Alcorlo, Moneo y Peris calificaron como “el paisanaje”: los servicios de la Academia, como la restauración, estaban entonces arrendados a distintos profesionales del lugar, de los que se sospechaba que no invertían todo el dinero a ellos confiado en satisfacer las necesidades de los pensionados. Intentar que sí lo hicieran ocupaba buena parte del empeño diario de los jóvenes artistas, que con frecuencia tenían que recurrir a una inocente picaresca. Pese a ello, la Academia de Roma siempre conservó su “lustre”, en parte gracias a los buenos oficios de Gaspare, una especie de Vittorio de Sica -en cuanto a su porte y sus modales,- que lo mismo hacía de mayordomo, que de chófer, contribuyendo así a que la Academia pareciera “que tenía mucho”, cuando en realidad no tenía tanto. Alcorlo le está agradecido a este personaje, porque le llevó en coche a pueblecitos cercanos a Roma donde pudo pintar.

Lo cierto es que la Real Academia de San Fernando había institucionalizado la beca de estancia en Roma en 1746, labor que ya no quedó interrumpida más que durante los años de la Guerra Civil española, aunque también durante este sórdido período acogió, extraoficialmente, a artista. La Academia Española de Bellas Artes en Roma se había creado en 1876, tras la restauración borbónica, e instalado en el convento de San Pietro in Motorio, construido a instancia de los Reyes Católicos, donde sigue radicada; sin embargo, su inauguración no llegó hasta 1881. Actualmente depende del Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación. Alberga en su sede un destacado monumento, el Tempietto donde se cree que fue crucificado San Pedro, obra del arquitecto Donato Bramante (ca. 1502-1510). Este templete ha sido fuente permanente de inspiración para los artistas que han pasado por Roma. Ya lo fue del pintor José de Rivera (1591-1652), que lo introdujo en dos de sus Inmaculadas…

Del modo hasta ahora expuesto fueron los presentadores de la exposición, convirtiéndose en improvisados tertulianos de lo que fue la Academia de Roma cuando ellos la conocieron por primera vez, refiriendo una y otra anécdota, siempre ricamente aderezada de precisa información artística. Quien aquí suscribe, que tuvo el honor de pernoctar dos noches en la Academia en 2008, por ofrecer allí un recital de canto, conoció un ambiente algo distinto (en la actualidad los pensionados alcanzan la treintena y se han incluido otras facetas artísticas (como la Fotografía, la Gastronomía, la Moda, Arte y Nuevas Tecnologías, incluso la Performance…); algunas de sus instalaciones se han ido quedando obsoletas, pero el lugar sigue destilando historia, buen gusto y magia. La magia que le invade a alguien que sabe que sus muros han acogido a artistas de la talla de Eduardo Rosales, Joaquín Sorolla.., y el mismo Alcorlo.

Manuel Alcorlo era uno de los artistas de los que más se esperaba cuando llegó a Roma, y no defraudó. Con el Trastevere a sus pies y divisando una de las principales colinas de Roma, Alcorlo encontró un entorno ideal para desarrollar sus capacidades, sin olvidar lo que para un español suponía ir a Roma en los sesenta, en pleno franquismo, en cuanto a libertad personal y artística.

Alcorlo dejó constancia de los inolvidables momentos de creación artística al aire libre en uno de los cuadros que se presentan en esta exposición. En él pinta a sus amigos: Moneo, con su segunda mujer, Belén Feduchi, hija del arquitecto Luis Feduchi (ambos habían hecho coincidir su estancia en la Academia con su luna de miel) a la derecha de la composición, incluyéndose él –su sombra, en realidad- en el margen inferior derecho del cuadro (es Carmen, la mujer del pintor, quien me indica la identidad de los personajes).

Carmen, que lleva con Manuel Alcorlo “toda la vida”, que también estudió Bellas Artes y pinta, junto con Manuel, en un precioso estudio desde donde se divisa todo Madrid, me insta a que lea un párrafo que ha escrito sobre Manuel en el catálogo de la exposición: “Conocí a Manuel hace más de 50 años. En un viaje a París con Paco García de Paredes, Alicia y Pepa Ríos, con motivo del 85 aniversario de Picasso…Alicita me contaba de Alcorlo, cómo transformaba con su personalidad, sus discursos y su violín cualquier espacio y lo llenaba de magia. Estaba segura de que me iba a llevar muy bien con él".

Sí, Manuel Alcorlo también es músico; siempre ha tocado el violín. Preguntado por esta afición durante la rueda de prensa, confiesa: “La emoción que la Música produce ayuda a la creación, por ejemplo, escuchando a Bach” En relación con la Música, uno de los presentadores –no recuerdo si Moneo o Peridis- aprovecha para recordar un curso que Alcorlo impartió a jóvenes pintores en esa sede, en la Academia de Madrid: -“Alcorlo iba corrigiendo el trabajo de los chicos, mientras, a la vez, paseaba y tocaba su violín por la sala…” Y es que, conforme uno va conociendo datos de su personalidad y los va comparando con su obra, comprueba que la relación para él entre ambas realidades, la Música y la Pintura, es total y que Manuel Alcorlo es, en efecto, un artista para quien el Arte es una fiesta.

Que el Arte, y más concretamente la pintura, es para Alcorlo un motivo de permanente regocijo queda patente en sus cuadros de temática circense o en el intenso colorido de muchos de sus retratos, en especial los de niños (de su hija Paloma, de sus dos nietos, de la hija de Paco Toledo…), o de las vistas desde su estudio, donde nos muestra un Madrid con tejados de intenso rojo; o en muchos de sus retratos de Carmen, que, a juzgar por las veces que ha sido retratada por él y por todo el arte que ambos comparten, es también su musa indiscutible.

Alcorlo es un artista plástico de completa versatilidad. Ante todo, es un extraordinario dibujante - base de cualquier buen pintor-, que domina con igual maestría el óleo, la acuarela, el aguafuerte, la tinta china, el grabado…

A la pregunta de con qué estilo o técnica se identifica más, el maestro responde que el grabado y el aguafuerte son las técnicas que más le han gustado, y añade: -“Me habría gustado ser un pintor del Renacimiento.” En cuanto a su pintor preferido, responde sin dudar: -“Goya… Goya es a la Pintura como Bach es a la Música” .

Otro aspecto que ha influido en Alcorlo han sido sus viajes: prácticamente todos los viajes de cierta entidad en su vida (a Canarias, a Galicia, a Normandía, a Japón…) han dado lugar a una colección de cuadros; es más: a un nuevo registro, a una nueva estética.

Además, Alcorlo ha sido siempre un insaciable, y agudo, observador de la realidad que le rodea. Esta consciencia de la realidad no le impide plasmarla dentro de un universo suyo, muy individual.

Esta forma tan particular de ver el mundo e interactuar en él, sin dejar de ser Manuel Arcorlo, hace que haya que definirlo como un artista poliédrico: pintor figurativo; a veces realista y, a la vez, onírico; artista clásico y, a la vez, artista crítico: con una notable mordacidad, y capacidad de denuncia -a veces satírica- de la sociedad que le rodea.

A la pregunta de cuál ha sido su relación con los escritores clásicos, responde que se identifica, sobre todo, con el Siglo de Oro español (principalmente Cervantes y Quevedo). Alcorlo es famoso por sus ilustraciones de libros: Lazarillo de Tormes, Pinocchio, Coloquio de los Perros…

Arcorlo es un árbol que no ha dejado nunca -aún hoy, con ochenta y cinco años de edad y aquejado de una grave enfermedad- de dar fruto. Lo corrobora su última colección, presentada en esta exposición, donde vemos a un artista que ha evolucionado al minimalismo en sus obras murales, como las hechas a carboncillo, que han supuesto para el pintor un tremendo reto físico -según indica Carmen, su esposa- sin perder ni un ápice de la significación y expresividad que ha caracterizado siempre su trabajo.

Para concluir este brevísimo e incompleto repaso a la vida y obra del artista, quizás sea la siguiente respuesta de Alcorlo, a una de las preguntas planteadas, la que mejor defina al artista: “¿El Arte le elige a usted?” No – responde-. Es el artista el que decide. El artista tiene la última palabra en el Arte. Así es Alcorlo, sencillo en el trato, pero complejo en lo intelectual, afable con las personas, pero alguien de respuestas netas, tajante cuando habla de Arte y de su trabajo.

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