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TRIBUNA

La hermana Norah con presencia propia (su merecido reconocimiento)

lunes 27 de enero de 2020, 19:59h

A pesar de que ya en épocas remotas Homero afirmaba que es inmenso el poder de las palabras, quizá no todo el mundo puede encontrar las que corresponden para expresar algo tan simple como la gratitud. No es lo más sencillo, por supuesto. Mi recordado amigo, el escritor Álvaro Mutis, señalaba que “cuando la gratitud es tan absoluta las palabras sobran”. Una gran verdad, pero cómo expresar mi gratitud sin recurrir a ellas. Trataré de ser lo menos palabrero posible. Se me ocurre ahora que la gratitud es como un sentimiento de aprecio y valoración por las acciones que otros hacen en favor nuestro. Implica, por consiguiente, una suerte de deuda moral con quienes nos hacen bien o nos ayudan a mejorarnos, y a ser lo que somos. Sin embargo, tener una deuda no significa hacer un cálculo para redimirla, sino elevar la estima hacia aquellos benefactores y estar abiertos a la posibilidad de corresponder por el beneficio recibido. En mi caso -o en este caso en especial- no queda otro remedio que recurrir a las palabras.

Empezaré por referir mi profunda gratitud hacia los Borges (me refiero a doña Leonor, la madre y a los hermanos Norah y Jorge Luis, y también a los hijos de Norah, el escritor Miguel de Torre y su hermano Luis; amistad que se sigue prolongando ahora en Félix de Torre, bisnieto de doña Leonor y nieto de Norah). Mi relación empezó a mediado de los años sesenta, época en que yo colaboraba con el enjundioso y predispuesto marchand Franz Van Riel en su galería de la calle Florida, cuando se presentó una exposición de Norah. Esto hizo que tomara contacto con los Borges y ayudara en el colgado de los cuadros.

Doña Leonor Acevedo era la que ordenaba la ubicación de las obras en la sala con la correspondiente aprobación de Norah. Por consiguiente, mi relación empezó primero por la jefa de la familia y luego por la artista. Dos mujeres asombrosas. Doña Leonor era una criolla argentina deliciosa, estremecedoramente sensible, aunque de carácter firme y contundente; Norah, una artista lúcida y rigurosa, tímida y reconcentrada. No mucho después me relacioné con el poeta, del que fui colaborador desde 1974 hasta el último día en Buenos Aires, el 28 de noviembre de 1985.

Pero vayamos al acontecimiento que nos ocupa. A mediados de diciembre de 2019; es decir hace apenas un mes, se inauguró en el Museo Nacional de Bellas Artes de la ciudad de Buenos Aires una exposición retrospectiva de Norah Borges, muy centrada especialmente en la etapa ultraísta; es decir, durante los años en que nuestra admirable artista plástica fue la ilustradora principal de la vanguardia española. La exhibición, con el título “Norah Borges, una mujer en la vanguardia” reúne más de 200 obras y documentos, otorgándole un interés excepcional. Allí se analiza toda la vida artística de nuestra pintora a través de obras de distintas épocas, provenientes de 28 colecciones públicas y privadas, y enlaza los mundos que vivió desde su período de formación en Europa; complementada, además, por documentación personal y bibliográfica que la ubican especialmente en el escenario de los años 1920 y 1930.

Norah estuvo casada con el crítico y poeta español Guillermo de Torre y es una rara excepción dentro de la historia del arte argentino, debido a que su presencia en las décadas de auge de las vanguardias internacionales le permitió estar cerca e ilustrar a creadores de la relevancia de Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Gabriela Mistral, y a los jóvenes poetas de renovación de España y de la Argentina, y establecer un diálogo plástico con los movimientos artísticos de esos años. Casi sin imaginarlo, Norah fue la más atrevida artífice del vanguardismo, y luego, sin proponérselo, se fue convirtiendo en una artista al margen de todas las modas que durante casi un siglo transitó por la historia del arte. Esta trayectoria puede considerarse excepcional en el medio plástico español e hispanoamericano.

Así, fue dejando su rastro indeleble, aunque, como suele suceder, su obra, de manera inexplicable, se encuentra tímidamente representada en las colecciones públicas nacionales. Esta secreta, dilatada y riquísima labor le permitió experimentar, con el correspondiente rigor y originalidad, en diversas técnicas plásticas, todas ellas marcadas por la sencillez, la levedad y la sutileza; acaso la misma discreción que adoptó en su vida privada, siempre al margen, evitando el centro de la escena. Podemos decir, que se contentaba con ser la hermana del famoso escritor.

Sin embargo, indiscutiblemente, nuestra artista nunca dejó de volar con sus propias alas y esta exposición lo confirma. Compañera inseparable de su hermano en la gesta vanguardista europea; en casi todas las revistas con las que Jorge Luis Borges colaboró (Baleares, Tableros, Grecia, Ultra, Reflector, Manometre, Formisci) puede encontrarse algún grabado o dibujo de Norah. Ya de regreso a su patria, hacia mediado de la década de 1920, iba a compartir la página única de los dos números de la revista mural Prisma; será luego la más consecuente colaboradora plástica de Proa (primera, segunda y tercera época) y ambos se cruzarán muchas veces en las páginas de la fundacional publicación Martín Fierro. Agreguemos que los dos primeros libros de Jorge Luis, Fervor de Buenos Aires y Luna de enfrente (1923 y 1925), tienen tapa de su hermana Norah (“Bueno, una cuestión de clan familiar, califiquemos de alguna manera”, me comentó Borges risueño. “Aunque su obra plástica es imponente y se destaca por sí misma”). Esa portada, sin embargo, junto con el grabado que acompaña al poema en prosa “Rusia”, publicado en la revista Grecia, son las únicas ilustraciones propiamente dichas que ella realiza en esa época para textos de su hermano, ya que el resto son elaboraciones plásticas.

También Norah ilustró libros de Rafael Alberti, León Felipe, Silvina y Victoria Ocampo, Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar, Marcial Tamayo y de quien esto escribe. En 1987, cuando reapareció la revista Proa en su tercera época, Norah nos honró con la ilustración de la portada, y en 1996 se le dedicó un número monográfico donde escribieron los poetas León Benarós y Ricardo Molinari, los críticos de arte Patricia Artundo, Alfredo Pellettieri, Ana Martínez Quijano, May Lorenzo Alcalá y el ensayista José Edmundo Clemente, entre otros.

Norah Borges pintó y dibujó desde siempre hasta que, ya entrada en los noventa años, el pulso empezó a fallarle. Pintaba, no obstante, todos los días con la luz natural de la mañana. “Sólo los domingos no toco mis lápices ni mis pinceles”, se disculpaba agregando que a veces tardaba meses en terminar un óleo; eso sí, una vez listo, lo mostraba a la familia y a algunas amigas; luego lo ponía aparte sobre una tarima, con otras pinturas, en espera de algún toque de perfección o de que algún interesado se lo comprara.

Su arte abarcó todas las formas plásticas. Si hacemos otro poco de historia vemos que en 1934 diseñó el vestuario para Égloga de Plácida y Vitoriano, de Juan del Enzina, representada en Santander por el Grupo Teatral La Barraca, dirigido por García Lorca. En 1967, ideó la escenografía y los figurines de Las falsas confidencias, de Marivaux, bajo la dirección de la célebre actriz Luisa Vehil, representada en un cine ya desaparecido de nuestra avenida Santa Fe. Como decoradora arregló, durante algunas temporadas, las vidrieras de las grandes tiendas Harrodʼs. No fue todo, pintó frescos, realizó collages, hizo tapices (bordados con lanas o con aplicaciones de telas, y también combinados), y realizó a la acuarela dos dibujos animados, para lo cual estudió expresamente la técnica (estos cartoons eran muy breves; durarían apenas tres o cuatro minutos, pero en ellos sobresalía el encanto de su mensaje y de sus formas plásticas). También decoró al óleo varios biombos de madera de tres paneles, ¿que vaya a saber quién atesora, si es que todavía existen?

Norah Borges fue una notable retratista, aunque solo dibujaba los rostros que para ella eran “interesantes” o “sutiles”, cuyos rasgos iba buscando siempre, como rastreándolos, por la calle, en un té o en un tranvía. Los materiales usados podían ser un lápiz común o una carbonilla, una goma y una cartulina blanca que cortaba en línea recta con una tijera, sin ningún trazado previo, por supuesto. Cuando una amiga rica le propuso retratar en un stand a gente famosa que estuviera de paso por el Plaza Hotel, la rebelde Norah rechazó la oferta porque no podía saber de antemano si esas caras iban a “decirle algo”. ¡Qué notable contraste con ciertos pintores que se interesan por cualquier personaje meramente famoso que se les ponga a tiro para cobrar un honorario!

Nuestra maravillosa creadora dibujó, además, algunos ex libris (“Solamente para mi esposo Miguel”, recordaría mucho después). Llegó a pintar, inclusive un abecedario y un santoral (este último a mi pedido, para ilustrar un volumen de Silvina Ocampo con prólogo de su hermano). Tampoco dejó de realizar tarjetas de felicitación para las fiestas y ornamentaciones publicitarias de editoriales a las que estuvo ligada su familia o algún amigo (colecciones La Esfinge y Juventud Argentina, 1941) y revistas, sin saber, seguramente, que estaba haciendo “publicidad”. Encuadernó de manera artesanal algunos libros (hay uno expuesto en la exposición).

Los seguidores de Norah Borges no ignoran, por supuesto, que ilustró muchísimos libros (tapas e interiores); esa dilatada lista está en Norah Borges: la vanguardia enmascarada, un precioso volumen de May Lorenzo Alcalá. Pero también ilustró otros títulos, que quedaron inéditos. Digamos, para concluir, que a nuestra artista le interesaban todas las artes visuales, salvo la escultura, que, como observa su hijo Miguel de Torre, excluye principalmente a Henry Moore, que al parecer no le llamaba demasiado la atención.

Hay algo más, a Norah le interesó también la arquitectura; sobre todo las casas de Buenos Aires con alegorías de yeso; esto es con columnas como el cuerno de la abundancia, sirenas y Las casas blancas de Le Corbusier que, recordaba, le fue presentado por Victoria Ocampo. No era melómana y, como a su hermano, no la entusiasmaba demasiado la música, pero confesaba el placer que le producía escuchar a Mozart o a Debussy. El clavecín, el laúd, el clavicordio y la espineta más bien le interesaban como aditamentos plásticos para sus pinturas. Alguna vez me confesó que las estridencias operísticas le parecían risibles. Un rasgo para destacar es que el acorde de una guitarra y la voz de Carlos Gardel (en Mis flores negras, o en Sus ojos se cerraron, por ejemplo) y la estridente voz de Edith Piaf, entonando Les feuilles mortes, podían emocionarla hondamente, inclusive hasta las lágrimas.

Alguna vez –y ahora sí para concluir estas entrañables evocaciones- le oí decir que no necesitaba leer porque entre su marido y su hermano lo habían leído todo; era, sin embargo, una gran lectora y hasta el último día (como me consta) le leyó en inglés a su hermano un texto de Kipling. Ambos, Norah y Jorge Luis, también eran devotos de Eça de Queiroz, y con una de sus novelas se produjo una vez un equívoco muy divertido, que cuenta Miguel: “Para cierta revista le preguntaron a mi madre qué libros se leían en su casa cuando ellos eran chicos, y ella, confundiendo los títulos, nombró La gloria de don Ramiro en vez de La ilustre casa de Ramires. Cuando tío Georgie se enteró, se molestó mucho con que alguien pudiera pensar que en su casa tuvieran cabida los libros de Larreta…, pero, qué le vamos a hacer, para molestia de él a mi madre le gustaba también La gloria de don Ramiro, especialmente el final, cuando aparece Santa Rosa de Lima”. Y sigue relatando Miguel de Torre: “En Ginebra había leído casi exclusivamente en francés: Cartas desde mi molino, Juan Cristóbal, La Cartuja de Parma, El gran Meaulnes, Pablo y Virginia, Las cuevas del Vaticano, Bouvard y Pécuchet, Viaje al centro de la Tierra, Ramuntcho y El pescador de Islandia, Felipe Derblay, Petit Bob, El lirio rojo, El conde de Montecristo, La Atlántida, El fantasma de la Ópera, El misterio del cuarto amarillo y El perfume de la dama de negro… Después, El diablo en el cuerpo, El baile del conde de Orgel, La sinfonía pastoral, Los Thibault, Los niños terribles, Los hombres de buena voluntad… Algunos de estos libros los conservó siempre en sus contados estantes, encuadernados en media tela azul, con las iniciales N. B. T. en el lomo”.

Me complace evocar estos “momentos memorables con la familia Borges”; en este caso, especialmente con Norah. Va en ellos la forma más sincera de mi gratitud. Por fin se ha hecho justicia y el nombre de nuestra artista cobra actualidad (y acaso la eternidad merecida). En buena hora.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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