Hace una semana aproximadamente fue noticia en todo el mundo que una mujer perdonó a su pareja de 28 años, por una discusión que se les fue de las manos, sobre todo a las de él que nerviosas apretaron el gatillo de la pistola que llevaba apuntando hacia ella. En este caso se podría decir sin temor a equivocarme que el amor y la muerte siempre van de la mano. El amor es un infarto provocado. Un corazón con el agujero de una bala. Un derramamiento de sangre poco oxigenada en la que ahogarse.
Los hechos ocurrieron en Brasil en agosto del año pasado. Ella tiene 25 años y en su declaración al juez reconoció que discutieron y que le provocó para que todo se desencadenase en lo que ya todos sabemos. Jugar a la ruleta rusa en solitario siempre es peligroso. Desde Rusia con amor. La otra parte de la pareja siempre es un agente secreto para nosotros. En ese desasosiego “Pessoano” nos gusta rendirnos a los románticos zombis.
La mujer brasileña en su declaración también dijo que él hasta ese momento nunca había sido violento con ella y que siempre la había tratado muy bien y que ya había pagado el “error” que había cometido. El fiscal durante el juicio explicó que la noche anterior a que ocurrieran los hechos, él la había amenazado con matarla y después suicidarse. Qué importante es siempre el orden de los factores.
Él fue condenado el 28 de enero a 7 años de prisión domiciliaria, cinco por intento de homicidio, y dos por posesión ilegal de arma. No tenía antecedentes penales. Desde agosto de 2019 está detenido y pasó todo este tiempo en prisión preventiva.
Los disparos le dieron en la cabeza, en el brazo izquierdo y en la espalda. El fiscal también destacó que la relación se basaba en unos celos enfermizos y en la violencia, y que la mujer tuvo una suerte increíble de acabar viva. Aunque yo prefiero decir que en ella comenzó una nueva muerte. Estamos muertos otra vez como canta el gran Iván Ferreiro en una de sus últimas canciones con Los Piratas.
Cuando el juez anunció la sentencia por la que él no iría a la cárcel, ella aplaudió efusivamente. El fiscal no recuerda haber visto nada igual. Ella declaró que había tenido varias relaciones en su vida antes de conocer al que no quería que tuviera nunca ninguna otra, y que sin duda, éste, era el que mejor la había tratado nunca. Algunos ya sabíamos que el amor era ciego y asesino. No querer ver tu muerte o como matas al amor. Cuando la persona que mejor te ha tratado ha querido acabar contigo, las demás quedan en un limbo, aburrido como siempre lo es, un lugar en donde nunca pasa nada, donde se ve la vida pasar.
Tras la sentencia, ella pidió al juez poder acercarse hasta su agresor y éste se lo concedió. Él iba esposado, el amor no había podido huir y seguía en su cárcel, ella se abalanzó sobre él y le abrazó y le besó en los labios con el ímpetu con el que antiguamente esperaban las mujeres a encontrarse con sus hombres cuando éstos se dedicaban a las labores del mar. Ese beso sabía a pólvora guardada en una flor. Un capullo siempre tiene lo que se merece.
Ella ya avisó durante el juicio que quería casarse y vivir con él, el resto de su vida. Aunque tendría que haber dicho, que el resto de vida que él decida que tenga. También se advierte un sentido agradecimiento de sus palabras, al haber fallado en su cometido, él le ha dado una segunda oportunidad para aprovechar aún más el amor que se tienen. Y es que como bien se sabe, lo que no te mata te hace más fuerte.