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TRIBUNA

Agapito Maestre sobre don José Ortega y Gasset

miércoles 12 de febrero de 2020, 20:45h

Cuatrocientas setenta y cinco páginas de gran formato no se escriben todos los días, y menos aún con el rigor y el entusiasmo con que éstas se hallan escritas. Su autor, el catedrático universitario expulsado de su cátedra por la burocracia académica española, Agapito Maestre, ve también en don José Ortega y Gasset el referente heroico y lúcido que a él le hubiera gustado ser, por lo que se siente su discípulo. Al profesor Maestre le duele, por lo mismo, la indiferencia e incluso el trato vejatorio con que determinados intelectuales han difamado a su amado maestro. El profesor Maestre, así las cosas, no ha tenido más remedio que disparar contra esa hostilidad que a cualquier persona desinteresada le parece aberrante. Comulgo con el sufrimiento del autor del libro Ortega y Gasset. El gran maestro. Porque a mí mismo, de siempre aficionado a Ortega, se me cae la cara de vergüenza cuando se niega el pan y la sal a nuestro prócer. ¿A quién se conoce fuera de España más que a Ortega y Gasset y a Miguel de Unamuno? Yo he estudiado fuera de España y puedo decir que a nadie. ¿Quién ha podido escribir mejor que Ortega, excelente cultista del idioma? ¿Quién ha liberado a España como Ortega del tomismo y del oscurantismo en que se hallaba sumergida la filosofía hasta él? Cinco personajes como Ortega, y a España no la hubiera conocido “ni la madre que la parió”, como por otros motivos dijo un vate saltimbanqui.

¿Por qué, pues, ese resentimiento antiorteguiano tan clara y rotundamente desenmascaro por Agapito Maestre? Sólo se me ocurre un motivo: por las posiciones políticas abrazadas por Ortega, y por sus errores y retractaciones, desde luego infinitamente menores y menos graves que las de sus coetáneos. ¿Quién acertó totalmente sobre España antes, durante y después de la guerra civil? Por otra parte, los errores de Ortega valen por lo general mucho más que los aciertos de sus politicantes enemigos ramplones. Con ser muchos, se me antojan pocos los mandobles de este libro, Ortega y Gasset. El gran maestro, perfecta y amenamente legible hasta el punto de casi no poder dejarlo caer de las manos. He aquí un simple ejemplo de narrativa primorosa: “Ortega no torea de salón. Mira el albero del suelo de la plaza antes de que lo pisotee el toro con sus pezuñas y piensa cómo enfrentarse a ese mítico animal. Su pensamiento imagina la faena, pero la realidad se impone. Sale al ruedo y recibe a porta gaiola al morlaco. Sólo lleva una franela en sus manos para pasarse el peligro, la tragedia, por la cintura. Pudiera decirse que sale a pecho descubierto a conquistar lo real. A vivir peligrosamente. A pensar sin red. A escribir de verdad”[1]. Ortega “logra casi lo imposible: que la metáfora no muera arruinada por el tiempo”[2]. Hermoso.

Pensándolo mejor, a mí no me importa que algunos pongan a Ortega en entredicho, con tal que entre lo dicho y lo dicho no se deslicen demasiadas tonterías indecibles; por lo mismo, tampoco me preocupa que esté di-famado, o sea, dicho en amplitud de ambientes, lo que significa ser comentado y decir expansivamente sobre él; antes al contrario, lo que a mí me indigna sobremanera es que el decir sobre él (el femi de donde fama procede) sea un decir malfamador. Contra la mala fama del mal/decir Ortega tuvo la dignidad de mantener erguido su silencio y su independencia en todas las dimensiones como un caballero.

Como católico, yo hubiera dado cualquier cosa por colaborar con gente tan bien dispuesta como injustamente denostada en ese ámbito, pues todavía me conmueve su extraña lucidez respetuosa: “El catolicismo español está pagando deudas que no son suyas, sino del catolicismo español. Nunca he comprendido cómo falta en España un núcleo de católicos entusiastas resueltos a liberar el catolicismo de todas las protuberancias, lacras y rémoras exclusivamente españolas que en aquél se han alojado y deforman su claro perfil. Este núcleo de católicos podía dar cima a una noble y magnífica España. Pues tal como hoy están las cosas, mutuamente se dañan: el catolicismo va lastrado con vicios españoles, y viceversa, los vicios españoles se amparan y fortifican con frecuencia tras una máscara insincera de catolicismo. Como yo no creo que España pueda salir a la alta mar de la historia si no ayudan con entusiasmo y pureza a la maniobra los católicos nacionales, deploro sobremanera la ausencia de ese enérgico fermento en nuestra Iglesia oficial. Y el caso es que el catolicismo significa hoy, dondequiera, una fuerza de vanguardia, donde combaten mentes clarísimas, plenamente actuales y creadoras. Señor, ¿por qué no ha de acaecer lo mismo en nuestro país? ¿Por qué en España ha de ser admisible que muchas gentes usen el título de católicos como una patente que les excusa de refinar su intelecto y su sensibilidad, y los convierte en rémora y estorbo para todo perfeccionamiento nacional? Se trata de construir España, de pulirla y dotarla magníficamente para el inmediato porvenir. Y es preciso que los católicos sientan el orgullo de su catolicismo y sepan hacer de él lo que fue en otras horas: un instrumento exquisito, rico de todas las gracias y destrezas actuales, apto para poner a España ‘en forma’ ante la vida presente”. Eso es para mí tan básico, como irrelevante el pretendido cientifismo de la ciencia hiperdemostrativa que no comparto, y que en boca de Ortega se manifiesta así: “La fides quaerens intellectum de san Anselmo es el lema más fértil que se ha inventado y el que más agudamente define la mente del hombre. La fe que siente su propia plenitud en forma de enorme sed de intelecto; he ahí la audacia admirable del catolicismo. la fe no se contenta consigo misma; exige pruebas de la existencia de Dios, pruebas racionales, por a más b. No es una fe holgazana, no exonera la fatiga intelectual, nonos da la ciencia, sino que, al revés, la exige”.

Por a más b no, maestro. Pesde a ello, si a mí se me desaparece Ortega, no por eso voy a querer a su costa a mi otro gran amor, don Miguel de Unamuno, cuya argumentativa va por otros derroteros. En este mundo, decía Unamuno, hay que escoger entre el amor que es dolor o el que es dicha. El hombre es más hombre cuanta más capacidad tiene para la congoja. A veces se trata de elegir entre lo que da más dicha con el menor esfuerzo, o lograr mayor amor con menor dicha. “El amor crece en la medida en que renuncia y sufre. Es más fuerte cuanto más trágico es, cuanto más va contra las leyes del destino. Los amantes intuyen que hay otro mundo en que sólo hay libertad del amor: no hay barreras. El amor se hace más fuerte cuando no se puede realizar en este mundo. Si el amor ni puede realizarse aquí en la tierra, entra en un ámbito insondable. Sólo los amores desgraciados son fecundos en frutos del espíritu. Entonces la esterilidad temporal se convierte en fecundidad eterna”.

En fin, una recensión no debe ser demasiado larga, pero para quien desee sufrir con el doctor Agapito Maestre y con él resucitar, y disfrutar y dejarse enriquecer, le recomiendo este magnífico libro suyo que es de ensayo y de investigación Ortega y Gasset. El gran maestro. De tan grande maestro, tan grande libro.


[1] Maestre, A: Ortega y Gasset. El gran maestro. Ed. Almuzara, Madrid, p. 49.

[2][2] Ibi, p. 63.

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