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TRIBUNA

Gistau y yo

miércoles 12 de febrero de 2020, 20:49h

El último artículo que escribí para El Imparcial fue el domingo pasado, el mismo día que David Gistau pasó a ser eterno.

No deja de ser curioso que utilizara para escribirlo una noticia en que una mujer perdonaba a su pareja por haber intentado matarla tras haberle disparado hasta en cinco ocasiones. Lo titulé: “Te disparé para que me quisieras más” y hoy me llevo ese titular a lo personal y como cada vez que golpeo una de estas teclas de mi viejo ordenador es un acto de amor hacia las personas que han hecho que no pueda hacer otra cosa que no sea escribir.

Uno escribe porque es evidente que se siente solo y necesita compartir un mundo, el propio, sin que nadie le interrumpa. No es una cuestión de egoísmo sino de necesidad de sentirse entendido o de entenderse a uno mismo. Muchas veces uno escribe para ver que siente o qué opinión tiene sobre un determinado tema.

A veces la solución se encuentra entre esos dedos que nerviosos esperan a acariciar esas letras de plástico que saldrán reflejadas en ese espejo informático. Al principio uno solamente lee y cuando el ego le sale por ojos decide que también puede hacer lo mismo que hasta ese momento ejercía de forma pasiva.

Escribir es activar el alma y dejarle fluir. No hay que trabajar la escritura, hay que trabajar el alma. Uno empieza escribiendo relatos cortos que acaban publicados en algún concurso literario. Luego vienen las primeras colaboraciones en revistas digitales haciendo lo mismo pero con una periodicidad definida, hasta que en un momento que nadie entiende alguna persona se fija en ti y te ve cualidades para dar un paso más y empezar a escribir una columna en un periódico digital como éste, o en otros donde escribo sobre mi Real Zaragoza del alma.

Jesús Nieto vio algo en mí que yo tenía guardada en las cajita donde guardo y hago evidente mis cegueras. A Jesús yo le leía antes de conocerle, Umbraliano confeso como servidor y un referente en el que aprender a hacer otro tipo de literatura donde se mezclase lo puramente literario con la parte realista que toda columna debe tener. Jesús Nieto es el presente continuo de nuestra literatura periodística.

También me ayudó mucho Emilio Arnao, otro mago de esta cosa de las palabras cuando se les busca retorcerlas para ver si sueltan algún lingote de oro sobre el que poder soñar. Ambos colaboraban puntualmente en el mismo medio que yo y me dieron una confianza que siempre estará en deuda con ellos.

Es un honor escribir donde el gran jefe indio Anson tiene su gran tienda formada, el tipi de oro, y que fue quién siendo muy joven Gistau le dio la oportunidad de escribir la contraportada en La Razón. Yo ya amaba a Larra, Gómez de la Serna, Camba, Ruano, Alvite, Umbral y ahora a Gistau, muertos muy vivos, zombis de la realidad, son ellos dos los que ahora me han hecho un enfermo, un adicto a este género en el que recibes todo lo que das.

Y todo esto lo he escrito porque no sabía cómo iba a escribir después de que Gistau se haya marchado y si sería capaz de escribir una columna. He tirado de recuerdos, David, y el tuyo será eterno. Siempre serás uno de los nuestros.

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