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ORIENT EXPRESS

El supremacismo catalanista

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 16 de febrero de 2020, 19:49h

Anna Erra, alcaldesa nacionalista de Vic por el partido Junts per Catalunya, pidió esta semana en el Parlamento de Cataluña a los «catalanes autóctonos» que hablen en catalán a «cualquier persona que por su aspecto físico o su nombre no parece catalana». Después se disculpó por haberlo dicho. Con sus palabras, Erra había desbaratado los esfuerzos de los nacionalistas catalanes por fingir diversidad, tolerancia y talante democrático. Por mucho que lo intenten, siempre terminan apareciendo comunicaciones de Ada Colau en todas las lenguas posibles salvo en español, o denuncias de la estigmatización de sus hablantes en anuncios como aquel que se difundió a finales del año pasado en el cual los acosadores y maltratadores hablaban la lengua de Cervantes. Al final, aparece Anna Erra y revela el verdadero rostro de los nacionalistas.

En realidad, los nacionalistas catalanes siempre han tratado de integrar a los extranjeros en su red clientelar con la única condición de que abrazasen el ideario nacionalista y contribuyesen a diluir la identidad española del imaginario social en Cataluña. Desde el uso del hiyab hasta el catarismo, todo se ve con buenos ojos salvo lo que se exprese en español o haga referencia al resto de España. Ya dijo Oriol Junqueras que «los catalanes tienen más proximidad genética con los franceses que con los españoles». En Paeria de Balaguer se promocionó la celebración del Día Internacional del Hiyab apoyando a la Asociación de Jóvenes Musulmanes de las Tierras de Lérida Chabab Al Amal. Así, el racismo de los nacionalistas catalanes no es antiárabe ni xenófobo ni islamófobo, sino directamente antiespañol.

Este racismo -que es más bien un supremacismo en algunos casos- hunde sus raíces en los orígenes del nacionalismo catalán. En efecto, Jordi Pujol no fue el primero en escribir textos como éste que data de 1976: «El hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido [...], es generalmente un hombre poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y que vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido un poco amplio de comunidad. A menudo da pruebas de una excelente madera humana, pero de entrada constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España. Ya lo he dicho antes: es un hombre destruido y anárquico. Si por la fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, destruiría Cataluña. Introduciría en ella su mentalidad anárquica y pobrísima, es decir su falta de mentalidad». Antes que él, como estudió Francisco Caja en «La raza catalana. El núcleo doctrinal del catalanismo» (Encuentro, 2009), algunos de los grandes teóricos del catalanismo habían recibido la influencia del cientificismo y el racismo que asolaban nuestro continente en el siglo XIX y los comienzos del XX.

Así, no debe sorprender que Quim Torra escribiese de los hablantes de español que eran «carroñeros, víboras, hienas. Bestias con forma humana, sin embargo, que destilan odio. Un odio perturbado, nauseabundo, como de dentadura postiza con moho, contra todo lo que representa la lengua. Están aquí, entre nosotros. Les repugna cualquier expresión de catalanidad. Es una fobia enfermiza. Hay algo freudiano en estas bestias. O un pequeño bache en su cadena de ADN. ¡Pobres individuos!».

Lo que sí debe preocuparnos es la comprensión (cuando no la abierta benevolencia) de tantos políticos, periodistas y, en general, «intelectuales», frente a este discurso racista y supremacista que se está imponiendo desde hace mucho tiempo en Cataluña. Todas las disculpas son aceptadas. Todas las excusas se difunden y, si no hay excusas, no faltan ni las justificaciones ni las explicaciones. Cada vez que revelan su verdadera cara, hay una legión de amigos dispuestos a ponerles de nuevo la máscara de tolerantes.

Mientras tanto, los nacionalistas siguen con el adoctrinamiento en los colegios, los medios y las industrias culturales. Continúan alimentando la ficción de que Cataluña es una nación y de que el proyecto de los nacionalistas es democrático, tolerante e «inclusivo». Para los nacionalistas catalanes, todos son bienvenidos a Cataluña, salvo el resto de los españoles.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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