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TRIBUNA

A vivir que son dos días

domingo 23 de febrero de 2020, 20:40h
A vivir, que son dos días. Nacemos y a jugar, porque la vida es juego, filosofía de la cigarra que habrá de pagar la pobre hormiga. Se dan becas sin necesidad de que los becarios acrediten buenas notas para de este modo hacerse merecedores de ellas; se apoyan las causas buenas y las malas porque papá Estado es muy liberal y acepta todo lo que a cambio de sus dádivas (los dineros de los ciudadanos) le suponga obtención de los ansiados votos. Alza el ciudadano la voz para argumentar y le cae encima la correspondiente ideología, del género que sea, con tal de que sea ganadora. La ortografía es un rollo, así que hablemos con heterografía. ¿Y la prosodia? Nada más penoso que escuchar a ciertos locutores y locutoras de los medios, que suben, bajan, quiebran y deshacen el ritmo de las frases como si estuvieran jugando al ratón y al gato con ellas, o subiendo y bajando la montaña rusa. Si te quejas de que no se estudia, eres un elitista y un empollón impresentable, y si utilizas la memoria para recordar lo que es, más vale que te calles, porque te etiquetarán de antigualla, pues lo moderno consiste en no recordar, y así todos contentos, toda vez que la memoria del pasado puede resultar muy peligrosa; y cuidadín con el entendimiento, Iñaki, no vayamos a ponernos críticos, mucho mejor la voluntad, los voluntariados donde cada cual hace precisamente eso, su santa voluntad. Por supuesto, cada vez son menos las pruebas de selectividad para nada: se abolen los exámenes, se ingresa en los trabajos por el intonso dedo de Pericles, por “enchufe”, por “manga”, “a dedo”, y así se engorda el reino del precariado. En fin, que el Estado debe subvencionarlo todo, y eso tanto más cuanto más presuma de liberalismo, si bien se trata de un liberalismo con un Papá Estado que paga las facturas. Que buenas son la hermanas estatalinas, qué buenas son, que nos sacan de excursión, o mejor, de insersión.

A la vista de todo eso, ahora que soy terapeuta me encuentro firmemente convencido de un principio logoterapéutico fundamental, del que sin embargo se huye como del coronavirus, a saber, que es el miedo lo que produce la decadencia de la vida. Una y otra vez compruebo que la inmensa generalidad de los seres humanos no soportamos ningún naufragio, y mucho menos un pequeño movimiento de las olas. No un maremoto, no, sino un simple encresparse leve de la mar. No nos han enseñado el arte de la marinería, cosa recia para gente espiritualmente fuerte. Nos han mecido la cuna con cuentos, eso sí, y dado demasiados jarabes expectorantes, que al final -por la irónica risa del destino- se han convertido en jarabes de palo. Tanto proteger, mimar y malcriar al niño para luego dejarle delante las puertas de la inclusa a ver si luego puede capear la dureza de un mundo tan cruel.

Así las cosas, vivir sin miedo ni aflicción patológica no es para los cobardes, y cuando decimos cobardes no estamos pensando en matones. Cobardes son quienes se ponen la venda antes de que les llegue la pedrada; cobardes son quienes una vez que el mal les mordió esperan que ningún otro mal vuelva ya a visitarles; cobardes son los fatalistas que huyen el mal metiéndose en males mayores, como si la mancha de la mora con otra más verde se quitara; cobardes son los que, antes de intentar la tarea se dan por derrotados. Y cobardes y todavía más perversos son los terapeutas que, por miedo a que sus pacientes se cansen y dejen ser sus pacientes, les recomiendan que cada vez que salgan a la calle canten el “bésate, bésate mucho, como si fueras esta noche la última vez”. Cobardes son los que ponen herraduras a las puertas de su casa, pues ellos son burros, los que compran números capicua de la lotería y luego, cuando les toca el décimo, cosa muy rara, se lo gastan al rato para comprar al año siguiente otro boleto del mismo número para que esta vez sí que toque, porque la vida es una tómbola.

Tanto miedo se agolpa en su costado, que por doler les duele hasta la realidad. Así que a vivir, que son dos días.
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