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MENÚ DE POBRE

Vendo mascarillas baratas para feos y tartajas

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 28 de febrero de 2020, 20:47h

Lo contó Valle y Ramón, Umbral y Cela, Carrere y Répide, todos ellos gala e ingenio permanente de Madrid: “De Lavapiés para abajo había unos locales o comedores atroces donde la escudilla y la cuchara de hojalata estaban sujetas a la mesa con una cadena”. Al coronavirus se le teme por arriba, barrio de Salamanca, pero por abajo, lupanares de la poetambre cervantina y la pobreza rasa, se le desea por si puede limpiar la plaza de bichos. Lo explicaba un chiste viejo: “Ese no tiene piojos porque se los comen las garrapatas”. La España chillona, exagerada y eterna gusta en vomitar a la hora de la comida imágenes con farmacias sin mascarillas, cuando todo el mundo quiere la suya, y a quien más puede beneficiar la moda es a feos y tartajas, a charlatanes y periodistas de la insidia, a infames varios por halitosis moral, la peor de todas, esa obsesión por la máscara cuando el virus se sospecha y presiente, porque aquí la alarma siempre ha sido, del Siglo de Oro en adelante, el pan nuestro y candeal de la mañana.

La España esdrújula, entre la desgracia y la sonrisa, pide mascarilla barata para que la escudilla no se vaya. Los primeros profetas la ven útil para la cocaína, todos esos que esnifan por el naso quilo y medio, también para los adictos a fumarse despacio y escépticos un pitillote de negro mal liado, con sorpresa o sin ella, mientras dibujan en la mesa un mapa, uña marisquera y mojada en tinto, de aeropuertos por los que puede viajar el gremlin. La zambra española pide mascarillas, los de la bata blanca están sin existencias, hay camioneros o repartidores a quienes se la piden por la ventanilla en los semáforos, el país espabilado quiere taparse el morro cuanto antes, para así dormir y soñar mejor. Todos necesitamos un placebo: taparse media jeta puede ser un enorme beneficio para la otra media España. Las manos de las marquesas ya arrastran joyas, pecas, edemas y mascarillas; el lumpen pobre nunca ha visto un chollo mayor, ir embozado por la calle es la bula para evitar el trullo y la jaula. En los colegios, sin rebozo, dan mascarillas a los niños que antes y en otro tiempo les suministraban aceite de hígado de bacalao, criaturas asquerositas y dengues. Las voces desatentadas, repletas de picos y fallos a lo Millán Astray, repiten por antena que no vayan a las farmacias, plís, que están saturadas y no hay mascarillas, plís.

Lateros de la Plaza Real en Barna, abarroteros de la Barceloneta, dejan latas viejas de Mahou para vender mascarillas con gomita apretada o floja. Los directivos de postín acaban todos en el Casino de Torrelodones a jugarse lo colorao entre mascarillas blancas, suaves como masajes, esas que al ponerlas cierras los ojos como un gato. Los gorrillas de las costas, Mazarrón o Benidorm, andan con su mascarilla color chocolate ya tintada en blanco con aerosol, al mejor postor, porque nadie se la prueba en la calle, está visto, y el canje es seguro, lo importante es tenerla sobre la mesita, como Cela tenía una loncha de jamón por si le daba la tos, o bajo la almohada, metal nocturno, pistola contra el peor virus de la humanidad que puede llegar sin subir la persiana, en plan caco. Ay, mi mascarilla, barato la vendo, cien euros y ajustable, llega hasta la lápida y el columbario, si la friegas una vez a la semana puede llegar a eterna. Las comicantas, actrices parlanchinas del teatro de la vida, las venden junto a las farolas rotas del anochecer y, sí, en los restaurantes más caros, entre comistrajeo y extravagancias, se deja en un platito de oro junto a la mesa, como antes se hacía con el mondadientes, en plan lujazo.

El virus nos pasará por el esmeril pero los labios, fuente primera del placer, fase anal freudiana o no sé cuántos, agradecen la caricia, mitad tela y mitad goma, de una careta por la que se enhebra el mal, toda Asia pasa por el ojo de la aguja, toda Europa sufre la puntada mientras Trump reza por la tele y le colocan la suya como cenotafio, hasta en las presentes revoluciones agrícolas de tractores hay quien se la pone por encima del pantalón, casi cinturón de castidad, donde puede leerse: “Sánchez, paga el plátano, porque más barato no lo vendo”. Ay, las Españas, el miedo es libre y vuelve a ser el gran negocio, los periódicos regalarán hojita blanca para hacernos la mascarilla plegable como promoción y allá en el súper compraremos lo que sea si nos dan una buena caja con esas matasuegras. Somos entrefinos, educados y redichos, delicados y correctos, y a la menor corriente de aire, cómo no, hay que ponerse la manta, cuando desde siempre los que fueron a cuerpo, sin usar abrigos, jamás pescaron catarro alguno. La mascarilla, no te olvides, Maripili, si viajas. Hay que comprar un par, son caras pero el finde podemos presumir de otra manera distinta a la semana. Mascarilla para la vida, como algunos tenemos guantes sólo para la escritura, porque a veces la felicidad es modesta y parca: consiste en que el otro no te contagie.

Diego Medrano

Escritor

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