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TRIBUNA

Adoro a las pijas de mi ciudad

viernes 28 de febrero de 2020, 20:48h

El canallita en Madrid se mueve por “Serranito”, que no es un montadito de jamón del bueno con un leve aliño de ese oro líquido que es el aceite cuando es de oliva virgen. No hay estreno como el del apetito ante un nuevo estímulo, una fiesta de las papilas gustativas, una jarana que derrite la lengua y que pide que la maten, pues se puede morir de placer. Hay torturas placenteras, eso el canallita lo sabe y las ejerce con sublime destreza.

“Serranito” tampoco es aquí un torero aragonés, que se encierra en El Pilar para medirse a esos dos proyectiles astifinos que no lograron empitonar ni a él ni a su pueblo hace más de doscientos años, cuando las tropas de la ganadería Napoleón, fieras, bravas y de retorcidas intenciones, intentaron hacer caer ese gran ruedo de La Misericordia que es la ciudad de Zaragoza. Todos los sitios de Zaragoza son inexpugnables. No cabe duda de que “Serranito” tiene una connotación taurina evidente, como también lo demuestra que alguien con ese apelativo puso la voz a la sintonía del programa de radio más longevo sobre la actualidad taurina. Lo daba la cadena SER y lo presentaba el gran Manolo Molés, hombre elegante, a pesar de su bigote. El bigote no es serio, pero no lo puede ser algo que a lo que más se parece es a un río de hormigas nerviosas correteando por una piel que se aproxima demasiado a los labios. Una sensibilidad que cosquillea y que por tanto te hace reír. Un canallita solo llevará bigote cuando le dé todo igual y esté en su perfecta razón de dejarse ir por la deriva definitiva hacia el mal gusto.

Nuestro “Serranito”, el del canallita, es la forma cariñosa como llamamos a esa calle donde las chicuelas van a dar uso de sus economías de Ibex35, a dejarse ver por las “boutiques” de las principales marcas, para que estas tiendas exclusivas puedan decir que han sido las elegidas. La pija es fina y elegante y sabe que es rica aunque no haya hecho nada para serlo. Papá es un médico prestigioso, o notario que da fe de ello, banquero o empresario, político o ladrón que actúa como si se dedicase a una de las profesiones ya dichas. Cuando el ladrón es médico se suele dedicar a la cirugía estética y eso explica lo de Leticia Sabater o Belén Esteban. La pija jovencita, que es la que aquí tratamos, no se operará hasta que se vea vieja, cosa que será pronto. Si su padre es dentista, su sonrisa tomará forma de máquina registradora, dientes que catan la moneda dejándola intacta, hablo de la dentadura, claro. A partir de los treinta piensa que ya es momento de destruirse la vida y que mejor manera que empezar por el cuerpo. Pero cuando todavía son ellas en cuerpo y alma, su fragancia de vida regalada, esa brisa de libertad, de dueñas del tiempo, hace de ellas un imán imposible de no magnetizar con el canallita.

Poseen, como dice la canción, la belleza de las cosas simples. Y la simpleza no se puede atrapar, siempre dispersa, inabarcable como sus corazones. El canallita puede amarlas locamente, ponerse como Las Grecas en los bares de su barrio llorando los vinos bebidos, sangre que se derrama por los ojos, el sabor que deja la herida del amor no correspondido. La única cicatriz que le quedará a ella es la que forma su bolso cuando lo cierra. El canallita sabe que el amor no es intercambiable por el dinero, que la única transacción sería a través del hurto. Pero el canallita nunca roba, como bien saben las chicas de barrio que se dejan atracar levantando ostensiblemente las manos en cuanto los ven aparecer por el bar. Porque amar es dejarse robar el alma mientras el cuerpo aguante. Eso la pija y el canallita bien lo saben.

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