www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Ensayo

David L. Hoffmann: La era de Stalin

lunes 02 de marzo de 2020, 15:58h
David L. Hoffmann: La era de Stalin

Traducción de David Cerdá García. RIALP. Madrid, 2020. 272 páginas, 20 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

El profesor David L. Hoffmann nos presenta una obra mayúscula en la que disecciona a uno de los personajes políticos cuya influencia no se ha limitado al periodo de tiempo en el que dirigió el destino de su país: Iosif Stalin. En efecto, el dictador de origen georgiano cuenta en la actualidad con numerosos adeptos, los cuales enfatizan el progreso que introdujo en la URSS, menospreciando de esta manera las atrocidades que perpetró contra sus compatriotas.

Así, el autor argumenta con rigor la verdadera dimensión y la naturaleza real del comunismo estalinista: la transformación que llevó a cabo se hizo a través de un baño de sangre, deportaciones, ejecuciones y coerción. En consecuencia, significó una de las páginas más negras en la historia de la humanidad, como apunta Hoffmann. De hecho, aunque Kruschev condenó los excesos de Stalin (purgas, culto a la personalidad…) no cuestionó aspectos esenciales de su régimen, tales como la irracional planificación económica o el monopolio del PCUS en la vida política. Esos rasgos llegaron hasta Gorbachov, momento en el cual sí se produjo un verdadero debate sobre el pasado inmediato del país. Asimismo, Stalin creó un modelo de ciudadano dependiente por completo del Estado, de tal manera que la Unión Soviética se convirtió en un modelo de Estado de Bienestar autoritario, aunque (irónicamente) era un Estado de Bienestar que no lograba salvaguardar el bienestar de su pueblo” (p. 99).

David L. Hoffmann se centra en los años en los que Stalin estuvo al frente de la URSS (1928-1953), si bien previamente realiza una rigurosa explicación de las dos etapas antagónicas que le precedieron, esto es, el zarismo y el leninismo. Con relación a la primera, encontramos un imperio ruso que mostraba un notable retraso (industrial, económico, social…) con respecto a las potencias occidentales lo que, simplificando, se tradujo en derrotas militares contundentes (por ejemplo, contra Japón en 1905).

En íntima relación con esta idea, la autocracia zarista cometió la imprudencia de tomar parte en la Primera Guerra Mundial, lo que facilitó el golpe de Estado perpetrado por los bolcheviques bajo el liderazgo de Lenin y la consiguiente guerra civil durante cuyo desarrollo los bolcheviques pusieron en marcha una serie de medidas que, posteriormente, Stalin acentuó: “Para ganar la guerra civil, los comunistas establecieron un aparato estatal centralizado, controles económicos gubernamentales, una nutrida fuerza de policía secreta, la vigilancia generalizada y una red de campos de concentración. Todas estas medidas quedaron institucionalizadas como aspectos permanentes del sistema soviético” (p. 61).

A partir del segundo capítulo, la figura de Stalin se convierte en el eje que vertebra el contenido del libro. La construcción del socialismo en la URSS fue la aspiración que monopolizó el comportamiento del georgiano, vinculando la misma a la industrialización del país. En efecto, para Stalin existía un nexo indisoluble entre desarrollo industrial y seguridad, de tal modo que la ausencia del primero había generado invasiones y debacles militares en el pasado más cercano.

De cara al logro de la aludida finalidad no reparó en medios en forma de persecuciones (de supuestos disidentes), deportaciones (de poblaciones enteras) y prohibiciones (el aborto o la homosexualidad), todo ello envuelto en planes quinquenales de escasa coherencia. Al respecto, las mejoras observadas en los niveles de alfabetización o en el incremento de la producción industrial en ningún caso pueden dejar de lado que la década de los años 30 estuvo marcada por las purgas y el gran terror, dirigidos ambos desde el Estado, facilitando la consolidación de la dictadura personal de Stalin sobre el partido y sobre la nación entera, subraya el profesor Hoffmann (p. 167).

Posteriormente, la propaganda oficial atribuyó en exclusiva a Stalin y al PCUS la victoria en la Segunda Guerra Mundial, sin tener en cuenta lo que realmente había ocurrido durante los años previos en el interior del país: “En realidad, las ejecuciones masivas de inocentes habían debilitado en gran medida la nación en la víspera de la guerra. La purga de mandos militares en particular dejó al ejército en un estado precario e incapaz de enfrentarse a la ofensiva inicial nazi. Pero en los fastos de la victoria, todo esto fue ignorado” (p. 220). Igualmente, al término de la mencionada contienda bélica los rasgos distintivos del estalinismo (colectivización, violencia perpetrada por el Estado y economía planificada) se acentuaron en detrimento de la posibilidad de introducir reformas.

Finalmente, conviene detenerse en la parte final de la obra en la que David L. Hoffmann aborda el rol como superpotencia que la URSS desempeñó a partir de 1945. A través de la presencia del Ejército Rojo y de la manipulación electoral, el comunismo se impuso en el este de Europa. El resultado no fue otro que una serie de Estados títeres que reprodujeron el modelo soviético impulsado por Stalin, con los resultados que comprobamos con precisión al final de los años 80: pobreza, retraso tecnológico y vulneración sistemática de los derechos y libertades de millones de ciudadanos.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios