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FRACASA MEJOR

Bergman, su gran año

lunes 02 de marzo de 2020, 20:11h

A la espera de que vengan tiempos tranquilos conforme voy avanzando en este mundo tan amplio, me pongo a revisionar en dvd un documental que siempre he admirado: Bergman, su gran año, de Jane Magnusson. Siento al verlo una vez más como si fuera yo quien se encuentra inmerso en la vorágine creativa. Ingmar Bergman me trae ideas y no son elementos que desunen. Creo que, de vez en cuando, a Bergman le gustan las habitaciones sombrías. Tiene treinta y nueve años ‒si no recuerdo mal‒, el documental se centra en un año de su carrera, 1957, año en que dirigió obras maestras como El séptimo sello y Fresas salvajes. Normalmente Ingmar Bergman me muestra sus temores, sus debilidades, sus quejas, sus desilusiones (y, como no leerá estas líneas, nunca sabrá que malgasté años antes de que él atravesara grandes paisajes después de dejar Fårö el domingo por la mañana. Soñar, cuando el sueño no es una carretera sucia, llena de polvo, que casi te ahoga). Dormía muy poco y trataba de igual modo de sonreír de oreja a oreja.

Me acuerdo de que tenía, frágil y vigoroso, miedo a la muerte. Llevaba un diario como un copo suspendido en el aire sin atreverse siquiera a mirarse al espejo. Seguramente sin saberlo, hace ahora un viaje nada latoso, y se sienta en mi cuarto. Trae la inteligencia y la severidad máxima del detalle. “Ser felices o infelices nos lleva a escribir de un modo u otro”, recuerdo que decía Natalia Ginzburg. Ingmar Bergman aseguraba llevar “una mala vida”, horrible y malhumorado. “Ya he hecho suficientes comedias. Ha de haber algo más. Nunca más me dejaré intimidar”. Veo de repente a una persona brillante sin interrupción, con un grueso rollo de cinta en el regazo. El documental nos muestra: 1) Un hombre complicado; 2) su compenetración con el cine; 3) su simbiosis; 4) su imagen huraña en los últimos años; 5) su cara oculta al otro lado del confesionario; 6) su angustia existencial; 7) su relación dura con su hermano Dag.

Como los buenos directores cae en un profundo precipicio mientras titilan las estrellas sobre su cabeza: Ingrid Thulin, Bibi Andersson… Su gigantesca obra me arrincona. Brindo por su buen éxito, no puedo pensar en Bergman sin pensar en mí, y lo digo sin paliativos. Es el director más significativo del mundo. Le importaba poco lo que los demás dijeran. Pienso en Ingman Bergman lleno de vivificadora curiosidad. Me dice en mi cuarto, como un caballero conocido, que el cine es como las matemáticas. Me habla ad nauseam de que todos tenemos un niño dentro que nos grita. El catalizador llamado “comprensión” proviene de ser un niño ‒a decir de Bergman‒, “toda mi vida creativa proviene de mi niñez y emocionalmente soy un crío, aunque ya algo ojeroso”. No tiene muchos amigos, pone los platos a un lado y comienza a repasar guiones en el mantel. La muerte se pasea con una capa negra, ataca al mundo en que vivimos. Me enseña a jugar al ajedrez, a saborear galletas y a plantear problemas que mi inconsciente habrá de resolver durante la noche.

Hubo en la vida de Bergman una infinidad de amores y exhibe su vida en sus películas. En la edad que nos ocupa estaba casado por tercera vez y tenía seis hijos. Con un gran sentido de la disciplina era un rey creando su castillo de naipes. El documental de Magnusson nos ofrece además testimonios de quienes lo padecieron o lo trataron, solícitos y protectores. Aparecen Barbra Streisand o Lars Von Trier. Es un trabajo minucioso, con conversaciones y escenas cotidianas. Egoísta, olvidadizo, penoso, constructor, profeta. Su figura se presenta sin dar rodeos, respondiendo directamente.

Sueño, con un sueño que se filtra a través de las aguas verdes, que tiene treinta y nueve años y visita mi casa, observo en mi interior como en una bola de cristal. Ser Ingmar Bergman y que aparezcan pesadas barcazas y veranos con Mónica, y todo se aglomere y se funda huyendo del padre malvado de Fanny y Alexander. “No me dejes descansar”, me grita en un ataque de ira. “No me dejes descansar el día de descanso”, suplica hastiado para prolongar la situación. Las aguas del diluvio se apaciguan y no bajan, no me hundo ni pongo los pies en polvorosa, el mal parece erradicarse vagando con los pies inmóviles por los vastos salones del recuerdo. Cuando llega, me dice que cada imagen nos da una posibilidad para aliviar las injusticias, se ve obligado a confesarme que el teatro de Helsingborg estaba invadido de pulgas marrones y grandes que picaban a los jóvenes, la sangre fresca. Está leyendo Crimen y castigo. “¿Puedo pedirte que me lo prestes cuando lo termines?”. Ser Bergman y que todo suceda a la vez, comience antes de tiempo y toque a su fin sin haber empezado. Venimos y vamos, y miro bien, y ahí sigue, sentado al otro lado de la mesa, con una constancia que aumenta sin cesar. Se entrega a sus pecados capitales predilectos, es un esclavo del trabajo. “Era alguien difícil de adivinar y, tras investigarle, me parece que el único lugar donde encontrarle es en sus películas”, repite Jane Magnusson.

¡Ideas completamente egocéntricas! ¡Ver qué aspecto tiene en el espejo con los ojos cerrados! ¡Tomar posesión del yo trascendental propio a la manera de Novalis! Es una noche hermosísima. Bebo un poco de agua a la salud de Ingmar Bergman y sé que todo se arreglará por sí mismo.

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