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AL PASO

Diálogo sobre el federalismo español y el Estado autonómico

martes 03 de marzo de 2020, 20:02h

En la presentación reciente de mi libro Pensamiento federal español y otros estudios autonómicos, en la Fundación Giménez Abad de Zaragoza, aprovecho algunas sugerencias de Roberto Blanco y Paloma Biglino para volver sobre determinados aspectos del Estado Autonómico, que creo no han perdido actualidad.

Así la contraposición entre Estado autonómico y Estado federal suele llevarse a veces a extremos inconvenientes. Muchos hemos propuesto que el Estado autonómico debía evolucionar según patrones federales, como querían Solé y Trujillo, cuyas ideas se estudian en el libro presentado; pero también que el Estado federal, cuya aceptación explícita tiene ventajas, se le reconozca o no en una Constitución reformada, debe tener en cuenta rasgos que el Estado autonómico ha mostrado merecía la pena conservar. Conviene en definitiva asumir el patrón funcional, que recomendaba la profesora Biglino, como perspectiva de análisis. Al final el criterio de legitimación de los resultados vale y al Estado autonómico puede salvarle su capacidad para afrontar los riesgos y problemas que una forma política descentralizada y sobre el terreno lleva a cabo, y que el Estado centralista trata con instrumentos más toscos y menos apropiados. Es discutible que las crisis independentistas en España muestren la incapacidad del modelo descentralizado constitucional para resolver los problemas de identidad, aunque ciertamente las grietas de las formas constitucionales federalizantes -Reino Unido, Bélgica, Italia- amenazan no sólo a España. Lo que no puede es pensarse que la descentralización estimula las pulsiones centrífugas del Estado. Ya hace mucho tiempo que un gran estudioso del federalismo, me refiero al profesor Watts, observó que los Estados que más fácilmente implosionan no son los Estados federales. Y podemos pensar que de no ser por el Estado autonómico, los problemas territoriales se habrían presentado con una urgencia y una gravedad infinitamente superiores a los que han adquirido en nuestra forma política actual.De lo que no hay duda es de la razón que tenía la observación del profesor García de Enterría, y que Francisco Rubio compartía, de que la suerte de la democracia española dependía del arreglo autonómico.

Las referencias que hizo el profesor Blanco al pensamiento político americano, cifradas en El Federalista, que él conoce como nadie en España, me dieron pie para insistir en la ductilidad y riqueza del federalismo, como patrón de organización del Estado-“gobierno dividido y compartido”-, pero también como forma política moderada y compleja. La moderación de Estado federal resalta la importancia de la renuncia y el pacto en él, pues la base de esta forma política es un acuerdo por el que, de un lado, el centro o la Federación renuncia a la imposición de quien es políticamente más fuerte en el ejercicio del poder; y, de otra, las partes lo hacen a la independencia presente o futura, ejerciendo la autodeterminación. A cambio la Federación disfruta de la lealtad de las partes; y estas del reconocimiento de su autogobierno, el derecho a participar en el gobierno de la Federación y la garantía de su identidad.

Una forma política tan compleja y delicada solo puede mantenerse, sobre la convicción del diálogo entre el todo y las partes y si se conviene en la disposición a aceptar que las disputas territoriales se presenten como controversias jurídicas, y no identitarias o existenciales, a resolver por una instancia jurisdiccional, se llame tribunal supremo o tribunal constitucional, que actúa como poder moderador, evitando o controlando los excesos. Así la necesaria afirmación del Estado federal como forma política moderada, esto es, como verdadero Estado de derecho: en el que ni la Federación ni sus integrantes territoriales actuarán fuera de sus competencias, y en el que se acepta que las diferencias sobre las respectivas atribuciones se resolverán jurisdiccionalmente.

Finalmente dediqué mi intervención a resaltar el juego de la idea de nación en el orden constitucional. Destacando, primero, la importancia del arreglo implícito entre nacionalismos de la Constitución, que Francisco Rubio había descubierto, entre otros arreglos o pactos, como base espiritual de la Constitución de 1978. Se trataba de la composición entre un nacionalismo modernizador español, que veía la ocasión constituyente como la oportunidad de afirmar la democracia en España, y unos nacionalismos no soberanistas que renunciaban a la independencia a cambio del autogobierno y el reconocimiento de la identidad de las nacionalidades o naciones de las que se presentaban como valedores. En segundo lugar, pretendía sacar punta a la utilización de la idea de nación para entender cabalmente la condición democrática de la soberanía en la Constitución española, según la fórmula del artículo 1º de la misma: “ la soberanía nacional reside en el pueblo español del que emanan los poderes del Estado”. La referencia nacional a la soberanía tiene una carga legitimatoria relevante. La soberanía de la que dispone el pueblo es la nacional. El pueblo, esto es el cuerpo electoral, o sea, los ciudadanos o la parte viva de la nación, expresa la voluntad de esa comunidad o persona moral total que integran asimismo las generaciones pasadas y las generaciones futuras. La voluntad de la nación no la establece el pueblo, hay que pensar, dilapidando el patrimonio material o espiritual heredado de las generaciones pasadas, aunque la historia debe ser una referencia para la configuración política de la comunidad. Pero la condición nacional de la soberanía no obliga a vivir bajo el peso de los muertos, del mismo modo que la relación de la generación viva con las futuras no puede negar la libertad de los ciudadanos para decidir, aunque la integración en la nación exija una decisión responsable, pensando en lo que se deja a los que están por venir, como se entiende perfectamente desde el pensamiento de la sostenibilidad y la ecología.

Como puede ver el lector, una vez más, la Fundación Giménez Abad propició, conforme a su vocación, una ocasión para meditar sobre los problemas constitucionales de nuestra democracia.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    11715 | pico menor - 04/03/2020 @ 09:05:36 (GMT+1)
    En definitiva federalismo identitario más que funcional (con probable final feliz confederal) con el que pagar (más) precio político por las mentiras de nacionalistas y plurinacionales en una España autonómica que ya cercena derechos inalienables de una parte de la ciudadanía de los habitantes de las regiones bilingües que, en democracia, vive de hecho en las catacumbas. Creo más apropiado denunciar que el alocado sistema descentralizado español se sustenta en el reciclaje en basura de la historia de España (no solo de la etapa de Franco), en tres plebiscitos autonómicos (fraudulentos) de la Segunda República blanqueados por la Disposición Transitoria Segunda de la CE y que el federalismo no va a conseguir la lealtad constitucional de los independentistas

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