Nos encontramos ante una cascada de asuntos que atrapan nuestra atención y merecen puntualizarse. El coronavirus, la muerte de Hosni Mubarak, la consagración de Nadal en el Abierto de Acapulco, la debacle vergonzante de Plácido Domingo, la decrépita imagen de la casta política estadounidense, la pifia del acuerdo yanqui en Afganistán y la muerte de Pérez de Cuéllar, acaparan nuestro interés en la última semana y nuestro afán por expresar una opinión.
Así, dígase que es llamativo observar que a la gente le ha calado más utilizar el vocablo coronavirus que el de COVID-19, que nos suena menos mortífero y acaso medio robotizado, perdiendo mucho en ello. No sé: por ello me quedo con coronavirus, como todo indica que la mayoría, pese a que el pasado 11 de febrero la OMS ha informado que mutaba, aunque fuera su nombre, por el otro, menos propenso a despertar suspicacias y temores, supongo.
No entro en especulaciones de si se trata de una guerra bacteriológica o no, pero es verdad que no pasa desapercibido que sean China e Irán las principales muestras de su desarrollo y expansión. Siempre serán lamentables las muertes causadas y desde luego, tal y como advierte la OMS, no se puede ni bajar la guardia ni minimizar el fenómeno desencadenado. Y ahora que desde Hong Kong se informa de un perro contagiado por un humano, es para pensarlo más. Desanima saber lo tardado de conseguir una posible cura. El reconocimiento oficial de su llegada a México el 28 de febrero nos pilla un tanto escépticos y curtidos por la mala pasada de la influenza de 2009. Ver Milán cerrado o que el Louvre cancele su operación casi casi a cal y a canto, ante el temor de sus empleados a contagiarse, es una historia pesarosa que los mexicanos ya vivimos entonces con el respectivo deterioro de nuestra economía ese año. Fatal. Y mucho que lo lamentamos. La ventaja para nosotros en México, sigue siendo que esta vez no ha brotado la peste aquí, y ya nos coge algo precavidos, que no sé si preparados. También hay que decirlo. Cuando he visto que la gente ha lanzado una cumbia dedicada al mortal virus, me digo que todo va normal. No tenemos remedio. Pero sépalo: se mantiene la alerta y eso es positivo.
Lo que sí es verdad es que la avalancha de actos y actividades a cancelar en la agenda mundial puede ser sumamente perjudicial para la economía. La cereza del pastel puede serlo remover los JJ.OO. de Tokio 2020. La logística aconsejaría no hacerlo. La sanidad, sí. Máxime que estamos ante un virus completamente impredecible y desconocido, como advierte la OMS. No hay precedentes de remover la justa olímpica ya con todo montado y no sería una buena señal. La inminente Expo Universal que tome su parte y en Dubái están que no duermen.
Cambio de tercio. La muerte de Hosni Mubarak, el derrocado y faraónico expresidente egipcio, ha pasado un poco sin pena ni gloria y amerita retomarse. Heredero de Sadat honrando su legado de paz con Israel, conciliador, sabedor de su juego, un verdadero encantador de serpientes en el Oriente Medio, líder carismático donde lo hubiera, Mubarak, eternizado en el trono cual faraón nilótico, no leyó a tiempo el devenir de la Historia, no supo retirarse y me atrevo a señalar que ha muerto casi en el olvido, pasando al basurero de la Historia con más pena que gloria en un desazonado final y no como acaso merecía hacerlo a la posteridad, en mejores condiciones.
Cosa contraria sucede con Rafael Nadal, que se alzó indiscutiblemente triunfante por tercera vez con el precioso premio Guaje de Plata –pedazo de pieza artesanal del estado mexicano de Guerrero– y portando un sombrero de mariachi, al triunfar en el Abierto de tenis de Acapulco. Nadal entusiasma, ha apuntalado la edición mexicana y ha contribuido a que sea un referente; cosa que a Acapulco le ha venido siempre estupendo, pues adereza su fama mundial de ser un gran centro turístico. Quienes amamos la ciudad que hermanó a Filipinas con España por la vía de la Nao de China, solo podemos reconocérselo al tenista al desplegar allí sus dotes deportivas a toda prueba. Su entrega y sencillez las reconocemos.
En contraste, resulta triste y vergonzoso lo que apunta para ser el rotundo desenlace con sabor a acabamiento de una carrera sublime, en medio de un escándalo que crece como una bola de nieve y acalla el aplauso más entusiasta: la de Plácido Domingo. ¿Merecía semejante exhibición? ¿fue o no mano larga? ¿sí o no? Nadie se disculpa de lo que no hizo. Puede separarse sus cualidades, aptitudes y prodigiosa voz, que lo es sin duda, de las acusaciones por acosador, pero parece que la mancha a su nombre será indeleble. Una mácula mayúscula tristemente pasmosa y bien ganada. Inmerecida para su público, fieles seguidores por décadas. Para México quedará el recuerdo del hombre que se movilizó para conseguir fondos y ayudas a damnificados del terremoto de 1985 en que murieron sus parientes y que su nombre lo luce el auditorio del Conservatorio Nacional de Música en Ciudad de México, donde estudió. Me gustaría que se preservara su nombre, por los buenos tiempos y si aquí no se elevase una voz, denunciándolo. Una lástima que se queda en medio de semejante trance. No lo necesitaba, como estoy cierto que tampoco haberse aprovechado de su posición, lo que fue una gran torpeza. Se rumoran venganzas, pero los hechos parecen ser ciertos.
Amodorrado y estólido miro los resultados de las elecciones primarias demócratas yanquis. Lo reitero: si gana Sanders y lidiara contra Trump, nada más veremos al decrépito rostro de la casta política yanqui. Que por mucho que Sanders se llame socialista con ese satanizado vocablo, no lo será en ese país, pues el sistema y el modelo económico impiden que lo sea. Así que lo demás es verborrea y pose. No será ni Marx ni Lenin. En cuanto a Trump, para el planeta sería una desgracia que lo reeligieran. Así que aún teniendo amplias posibilidades de conseguirlo, cruzo los dedos para que lo derroten. Se ve complicado. Que el mundo no espere más de quien gane a Trump –incluido Biden si se consolidara– y si acaso, solo la satisfacción de esa derrota. Bostezos, ya le digo.
En tanto, no es óbice lo anterior para que Trump nos quiera vender cual charlatán del Viejo Oeste con sus milagrientas pócimas o embaucador ungüento, un oscuro acuerdo con los talibanes, mientras presume de que habló con su líder. Más pinta para ser una pifia enorme, cuando nos cuentea que pone fin a una guerra iniciada por su país. O sea que su país la inicia y la termina. Mira qué listo nos salió. Afganistán, esa inmanejable tierra, invento del siglo XIX como bisagra entre Rusia y la India británica, ha visto en los talibanes, por retrógrados que sean, un foco de resistencia contra todos los invasores. La opacidad del acuerdo conlleva saber que no es una desocupación total y que está bajo amenaza de incumplimiento yanqui. Es cosa de abrir un mapa y ver la posición geoestratégica del lugar: a medio camino de todos en el centro de Asia. Quien se lo queda, en este caso ocupado ilegalmente por Estados Unidos, domina rutas clave y la droga que no ha disminuido con la ocupación yanqui, antes bien, fomentada. Pifias de un discurso antidrogas que predican en América Latina. No, Afganistán es presa difícil de soltar.
Y hablando de América Latina, cabe manifestar un sentido pésame por la muerte de Javier Pérez de Cuéllar. Único hispanohablante que presidió la ONU, gozando de gran prestigio, acaso más fuera que dentro de Perú, su tierra natal, a la que intentó en las urnas gobernar sin éxito, pese a sus credenciales internacionales. Mesurado, certero, su mente se echará de menos.