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LOS JUEGOS OLÍMPICOS DE CHINA

Antonio López Vega
sábado 16 de agosto de 2008, 20:34h
Supongo que son legión los que, como yo, tienen sentimientos encontrados en relación a los Juegos Olímpicos que se celebran estos días en China y que centran la atención del mundo entero, nunca mejor dicho.

En lo deportivo no es difícil no sólo seguir con interés los éxitos de los deportistas que representan a la propia nación, sino emocionarse con las hazañas logradas por los deportistas aunque se sea ajeno a la afición más apasionada. En esta edición, como todo el mundo sabe, los ojos están puestos en el ya legendario plusmarquista mundial Michael Phelps y sus memorables éxitos en el cubo de agua.

Lo ajeno a lo deportivo es donde China despierta un sentimiento ambivalente. Por un lado, hay muchas cosas que admirar del legado histórico y cultural chino. Como los organizadores de la Olimpiada se encargaron de recordar a todo el mundo en la ceremonia inaugural, China ha aportado a la humanidad algunos elementos indispensables como la pólvora, el papel o la tinta. Habitado, aproximadamente, por 1.300 millones de personas y por más de medio centenar de etnias, China alberga una impresionante diversidad cultural. Su escritura, de gran complejidad para las mentes occidentales, está basada en ideogramas que representan sílabas o palabras. La literatura, el arte –sus maravillosas cerámicas, porcelanas o sedas-, la filosofía o la riqueza espiritual y religiosa china, despiertan el interés y la admiración occidental.

Sin embargo, por otro lado, es el régimen político comunista que gobierna el país el que ha despertado el recelo y la denuncia de amplios sectores políticos, sociales, religiosos y culturales. Si bien algunos Jefes de Gobierno occidentales hicieron amago de no acudir a la ceremonia occidental, los intereses en juego son de tal entidad que todo atisbo de denuncia se convirtió en agua de borrajas.

De hecho, el régimen que inauguró en 1949 Mao Zedong y cuyo actual Presidente es Hu Jintao, emprendió en los años 80 importantes reformas económicas que han dado como fruto un impresionante crecimiento económico –una media del 10% desde comienzos de los años 90-, que le han convertido en un protagonista imprescindible del mundo financiero globalizado. Frente a esa magnífica oportunidad de mercado, aún resuena en la conciencia occidental la brutal represión a las protestas en la plaza de Tiannanmen en 1989 y, de vez en vez, surgen voces que recuerdan la persecución a minorías étnicas o religiosas –Monjes Tibetanos u Obispos Católicos, entre otros-, o que condenan la severa política de planificación familiar del régimen chino. Junto a ello, también es cierto el inicio de tímidas reformas políticas, como el reconocimiento en 2007 de derecho a la propiedad privada, o cierta democratización en niveles locales y provinciales. En todo caso, de no ser por esa enorme pujanza china, difícilmente sería entendible la oportunidad que se ha dado al país oriental de organizar estos Juegos, ¿o alguien se imagina una situación similar en la Cuba de Castro o en la Corea del Norte de Kim Jong-il?

En fin, aún quedan unos días para que finalicen estos Juegos Olímpicos en los que las autoridades tienen una estupenda oportunidad para mostrar al mundo lo que quieren que vean de su China y de su futuro. Confiemos que estas sean las Olimpiadas del inicio de las libertades en el país oriental y no otros Juegos para ignominia como los de Berlín en 1936.

Antonio López Vega

Profesor de la UCM

Antonio López Vega es profesor de Historia Contemporánea de la UCM.

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