www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

FRACASA MEJOR

Elías Moro, infancia y madurez

lunes 09 de marzo de 2020, 19:52h

Los aforismos son textos que tienen repentinas generosidades milagrosas; unas veces son una sola frase envuelta en una ola de perfume, otras un fragmento sobrecargado de una inquietud narrativa llena de autoanálisis y valor, que se embarca en una búsqueda filosófica. El dragón de la realidad no ha conseguido tragarse a los aforismos, no son escasos y reúnen las visiones llenas de fuerza de los autores. Aunque parece un género sencillo no lo es tanto y en ocasiones es una torre que no tiene ventana desde la que mirar, con miedo a desaparecer.

Separando el grano de la paja, desechando los discursos excesivamente líricos o las floraciones románticas, encontramos a uno de los grandes, Elías Moro (Madrid 1959). Pronto apreciamos que su último libro, escapa del abismo fangoso de la mala literatura. No parece indeciso en este punto de su obra a pesar de titular su libro Lo inseguro, sobre la escritura (Apeadero de Aforistas). El lector se preguntará qué va a encontrarse en esta nueva entrega. Nada más singular que un autor que se mancha de sí mismo, que enhebra la aguja de la escritura versátil a sabiendas de que la finalidad es impresionar profundamente.

Elías Moro reside en Mérida desde 1982. Entre otros ha publicado los libros de poesía Contrabando, Casi humanos (Bestiario) o Palos de ciego, y los de aforismos Morerías y Algo que perder. En los últimos años se ha dedicado casi exclusivamente al género aforístico. Los mejores aforismos se levantan temprano, no se sienten débiles ni perdidos. ¿Qué es lo más característico de los aforismos de Moro? Su carácter polifacético, sus aforismos son como los de un viajero que escribe sobre desplazamientos y se salva gracias a los viajes. Cada viaje fuerza a escribir cosas distintas que le hacen desplegarse hacia nuevos universos. El aforismo sentado en el sillón tapizado de piel de la madurez seduce más que el aforismo intranquilo que acaba teniendo los ojos cubiertos por velos.

En los aforismos de Elías Moro, a través de una voz potente, nos topamos con una sensación de fuerza y de invulnerabilidad. Hay párrafos perfectos, llenos de obsesiones, ideas con un plan previo sin desconocer que en literatura se empieza por tener algo entre manos y entonces se escribe como en una única isla permanente en la que se acumulan experiencias vitales de lo que se dejó atrás, de las heridas. Aprender a escribir un buen aforismo lleva su tiempo. La técnica del aforismo es a veces intuitiva, se aprende sin prisa alguna. En los aforismos del autor que nos ocupa, se nos dice que el poema es una tumba a la que vamos sin aburrirnos nunca (“El poema es la tumba del poeta, esa que visitamos, muchas veces por casualidad, sin ni siquiera haber conocido a quien allí mora”).

Lo primero que sorprende de Lo inseguro son las palabras que definen a la poesía hablando en voz alta, tranquila y convincentemente; son como píldoras de verdad recubiertas de una capa inocua: “La poesía es un árbol que da flor, fruto, sombra bajo la que cobijarse”; “Será la poesía la que explique el mundo alguna vez. Si es que tiene explicación”; “La poesía no se escribe con certezas sino escarbando en las heridas”; “La poesía, ese enemigo de la prisa”. Busca no repetirse de una forma insistente, quiere tentar al fracaso al estilo de Julio Ramón Ribeyro, quien tituló La tentación del fracaso, uno de sus libros, comunicándose con los lectores como presos a los que manda mensajes en papeles doblados en forma de flecha, lanzados de una ventana a otra: “Con el poema de ayer, estuve tentado al fracaso, con este de hoy constato una vez más mi irrefrenable caída en ambos extremos, lo mismo en la tentación que en fracaso, de igual miserable manera en la una como en el otro”. Detrás de buena parte de los aforismos se intuye lo que no se ha escrito.

Elías Moro nos habla del poema como arquitecto lleno de creatividad: “El poeta construye su casa con palabras, un frágil andamiaje sobre tablones, ligero palafito sobre las aguas a merced siempre de maremotos y seísmos, cueva ignota taponada por la nieve y las ventiscas”. Como decía Faulkner: “Cuando se para el reloj vuelve el tiempo a la vida”. La vida para Elías Moro es una sonrisa que nos trae un mundo individual (“Tu sonrisa es el poema que aún me falta por escribir”), cada verso una cicatriz ingenua, real y sincera (“El poema es una cicatriz en curso: si sigue sangrando no está acabado”), la literatura una lengua desconocida (“En la vida de todo hombre hay un poema cualquiera que está escrito para él, que habla de él. Aunque sea en una lengua que ni conoce ni comprende”).

Es Elías Moro un ávido lector, un autor claro cuyas palabras leemos corriendo tras ellas, tratando de cazarlas para hallar un buen refugio y de esa manera ganarnos una protección literaria. El libro, amplio y palpitante, posee muchos matices, Pessoa trae un tablero de ajedrez donde nos esperan siempre problemas a resolver, hojas oxidadas, crujidos que nos limitan, niños en pantalón corto alejados, flotando fácilmente en el espacio de la soledad, preguntándose por el sentido de la vida. En toda infancia, caben muchas infancias. Como admitía Alejandra Pizarnik, la maestra de las poetas con línea alarmada y curiosa: “Recuerdo las negras mañanas de sol / cuando era niña / es decir ayer / es decir hace siglos”. Como un castor en torno de un árbol caído puede moverse quien sepa mirar en la concepción de la poesía de Elías Moro. “Nosotros, como árboles en la penumbra esperando a iluminarse, solo somos los pasivos receptores y amanuenses de su belleza”.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.