Termino de oír, de ver, la misa del domingo que la 2ª de Televisión Española ha emitido bajo el dictamen de la Conferencia Episcopal, de que los fieles no asistamos como siempre hacíamos a los templos el domingo en la Comunidad de Madrid, siguiendo a su vez las instrucciones del Gobierno de España, anunciadas a su vez ayer tarde por la 1ª por parte el Presidente del Gobierno de España.
Asistían en la capilla cuatro monjas el Diacono y el Cardenal de la diócesis Carlos Osoro, el oficiante, una de las monjas acompañaba a la guitara las breves incursiones.
Osoro mostraba un semblante serio y apesadumbrado, igual que ayer nuestro Presidente y digo nuestro porque anteayer era el mío sin serlo, ya que no compartía sus ideas políticas, hoy si lo soy es en parte para sobrevivir a la pandemia hay que actuar todos unidos como una piña y es ese líder es Pedro Sánchez como es el epicentro del que nacieron las consignas - con base científica - del Gobierno.
La eucaristía tan austera y solitaria por la televisión junto a mi mujer la he vivido mientras secaba mis lágrimas recordando un relato de Graham Green, ambientado en el último Papa, las imágenes del filme “La hora final” en aquel submarino nuclear viajando hasta San Francisco en un mundo deshabitado por una guerra nuclear, y finalmente a Benedicto XVI en una entrevista con Vittorio Messori en la que afirmaba el Papa que al final de los tiempos los cristianos seríamos poquísimos, una minoría a punto de extinción, escéptico, intensamente tecnificado.
Aunque pertenezco a la edad del alto riesgo, por un lado estoy prácticamente encerrado en casa casi sin salir desde hace 14 meses por motivos de salud, me impresiona esta situación, siento compasión y pena por los contaminados, me gustaría una prorroga planetaria, pero desconfío de que la condición humana vaya a cambiar por advertencia cósmica que venga.