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TRIBUNA

Mala y aguada leche

jueves 19 de marzo de 2020, 20:27h

Mi hijita recién nacida es espantosamente humana. Por lo demás es una niñita muy guapa y sensible. Tanto que la oscuridad le aturde y el agua le hincha. Le cuesta mucho beberla pero yo insisto en hidratarla. Su madre solo quiere darle el pecho y yo sigo en lo mío a su espalda. Así nadie pierde, quizás mi hijita, que ya tendrá tiempo de elegir lo que prefiere.

Yo siempre tengo sed. Duermo con una botella grande de agua situada en el suelo del lado de mi cama. Me repugna tener tan cerca esos senos lechosos, empalagosos, babeados por una boca tierna y desdentada. No puedo dormir, pero no por los llantos de mi acuática niñita. Sirena a la fuerza del amor de padre. Lo que no me deja pegar ojo es imaginar esos montículos hinchados de ese asqueroso líquido blancuzco. Yo nunca miro cuando lo hace, ese momento suelo aprovecharlo para rellenar mi botella. Sé que ella, cansada y vacía se dormirá pronto y podré así salvar a mi hijita y saciar su sed.

Noto como se le hincha su tripita, como va entrando el agua en su organismo formando un río. Por fin empieza a expulsar esa leche maldita por sus tiernas comisuras. Qué placer.

Mi mujer es creyente y por eso hoy bautizamos a nuestra pequeña niña. A mí es un acto que tampoco me molesta. Además, el agua es el líquido que reina en este acontecimiento.

El cura nos pide que nos acerquemos a él con nuestra hijita. La sujeta en sus brazos y la acerca a la pila bautismal. La niña está incómoda, no está acostumbrada a estar en esas manos, se retuerce nerviosa, pelea por zafarse de ese hombre desconocido para ella. La niñita ha conseguido su objetivo y ha caído en la pila boca abajo. El agua le entra como si fuera una ventosa. La bebe de manera nerviosa, como si entre sus partículas se escondiese el aire que parece que busca a bocanadas.

Cuando la recogió su madre ya había muerto. Lo único en lo que podía pensar era en que a partir de esta noche ya nunca más necesitaría aquella botella junto a mi cama.

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