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TRIBUNA

La Europa repugnante

sábado 28 de marzo de 2020, 20:27h

Repugnante. La repugnancia es una sensación física de asco ante la visión, el olor o el sabor de algo, capaz de producirnos el vómito. Es un asco hondo y primario, anterior a toda consideración racional. Ésa es, justamente, la distancia entre la civilización racional y utilitaria de los países a la vanguardia de su asquerosa ultramodernidad y la civilización, siquiera residualmente vital y sustantiva, de otros países que se sumaron, aunque tarde, alegremente al modelo ultramoderno, pero que conservan en su cuerpo social más hondo una vida sustancial que es la que les lleva al asco. Asco que alcanza también a sus propios gestores, entregados sin resistencia a la luminosa Europa tecno-económica.

“Asquerosa ultramodernidad” he querido escribir, alineándome indudablemente con los menesterosos y viejos países del sur de Europa, cuyas supersticiones y prejuicios todavía efectivos – dirán – les impiden entender los cálculos que aconsejan el sacrificio masivo de los viejos. Pobres mediterráneos supersticiosos y moralizantes, dirán con desdén los propagadores de la eutanasia que hoy nos aconsejan en masa.

La repugnancia es, en general, contradicción entre términos, aversión a consentir o hacer algo, incompatibilidad entre atributos o cualidades de una misma cosa. Es la última relación entre la Nueva Europa surgida de la matriz utilitaria y liberal, comercial y productiva, y la Vieja Europa tradicional y arruinada. Ante la petición de auxilio los utilitaristas abstractos, profetas de la eutanasia, exigen la revisión del déficit de los demandantes de auxilio. Se admite en las unidades de cuidados intensivos a personas viejas y enfermas, se nos acusa. Acaso debieran disfrutarlas los jóvenes y sanos. Es preciso dejar caer el lastre económico que los viejos suponen. Ante esta sugerencia se desata en nuestros vecinos portugueses una honorable y sagrada repugnancia. Desgraciadamente no se ha revuelto el estómago de ninguno de nuestros representantes, muy preocupados – al parecer – porque semejantes actitudes despierten no sé qué populismos.

No cabe duda de que la repugnancia es mutua. Basta observar el desdén con el que se dan consejos técnicos, tan evidentes para una subjetividad racional-utilitaria. Ha bastado una situación de cierta severidad para que se hayan trasladado al primer plano las divergencias elementales y primarias, cubiertas hasta hoy por formalismos vacíos e intereses banales. Ya sabemos qué podemos esperar unos de otros en circunstancias dolorosas. Sabemos que son mutuamente repugnantes los principios de lo que unos y otros entendemos por civilización. Hace tiempo que se difundió la asombrosa reducción de la felicidad humana al placer – casi etológico – y la idea consiguiente de utilizar el dinero como unidad de medida del placer asociado a una mercancía, idea que podría considerarse estrafalaria, si no fuera el fundamento único de la visión dominante del mundo. Los despojos de Jeremy Bentham, que tiene su cabeza momificada entre los pies de su esqueleto, sentado en los pasillos del University College londinense, dan idea de la mórbida egolatría y del sentido de la trascendencia del padre fundador. Sea como fuere, hay una línea directa entre esta consideración racionalista utilitaria hoy dominante y la posición según la cual la vejez doliente y molesta, que no aporta placer y resulta onerosa – ya sea para los fondos públicos, ya para la riqueza privada – ha de ser suprimida. Que el coste sea público o privado introduce una diferencia despreciable.

Francisco Ayala formulaba con precisión la contradicción entre ambos modos de civilización – de la que nace finalmente tan elemental repugnancia –. De un lado el imperialismo comercial de la Nueva Europa que somete a los pueblos que domina a un trato puramente técnico: “El criterio racional de que es tipificación el comerciante consiente transigir, regatear, retroceder etc… pues en su cálculo no entra el núcleo de la personalidad, sino tan sólo valores mensurables, no se compromete nunca a fondo, y todos sus actos son a beneficio de inventario”. La falla de esta dominación mercantil podría encontrarse “en esa actitud prescindente y fría, que liga a los hombres en estructuras técnico-organizatorias, y los adiestra en manejos técnico materiales, pero no los incorpora en una comunidad de cultura, de manera que, siendo capaces de una solidaridad de intereses, no lo son en igual medida en una solidaridad de destino”.

Del lado de la Vieja Europa se encontraba, justamente, la defensa de una “solidaridad de destino” fundada en una constitución “tanto o más espiritual que material”. Es la Vieja Europa cuyos vestigios históricos padecen hoy la mayor incidencia de un virus que se llevará por delante a sus viejos y enfermos.

No hay repugnancia mayor que la escondida en esa histórica contradicción entre la Vieja y la Nueva Europa. Y quien alerta de populismo ante el asco nacido de las entrañas históricas de Europa es simplemente un necio o, aunque imposte el gesto de rechazo, está ya del lado de la visión del mundo de aquel viejo técnico cuya cabeza momificada yace en los pasillos de la universidad londinense.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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