Por cuestiones profesionales, he atravesado Madrid en coche y caminando en tres o cuatro ocasiones. En una pandemia tan asesina y silenciosa como el coronavirus, la labor periodística resulta esencial para que la gente sepa qué pasa, qué debe hacer, cómo regatear al bicho invisible que circula a su antojo por el aire, ahora más limpio que nunca. La ciudad no aparece tan fantasmagórica como algunos dicen. Sí resulta extraña la quietud, la desnudez de las calles. No huele a guerra, sino a paz. Se siente un sosiego que Antonio López podría perpetuar en un gran lienzo, pintar la obra definitiva de esta ciudad con la precisa cadencia de su pincel. Plagiando una novela de Haruki Murakami, el cuadro debería titularse “Madrid blues”. Porque, como cuando Eric Clapton pellizca las cuerdas de su guitarra, la melancolía suena con toda su intensidad en medio del silencio de las calles desérticas.
No, no es fantasmagórica la ciudad. Es otra. Es la quietud frente al bullicio. El horizonte que se prolonga hasta el infinito sin el muro de la multitud, sin la cortina de humo del tráfico. En medio del esqueleto de fachadas de unas casas que parecen vacías cuando están más llenas que nunca. Una calma que solo se rompe a las 8 de la tarde cuando la gente se asoma a la calle para aplaudir a los médicos que salvan vidas mientras el virus se embosca en los jirones de sus batas para asesinarlos.
Esa gente que se atrinchera en su casa para salvarse de la muerte. Que se mira como nunca se había mirado, que descubre lo mucho que se ama o lo mucho que se odia al convivir las 24 horas entre cuatro paredes. Que se une o se separa para siempre. Que se arruga por el miedo, un monstruo casi tan dañino como la propia enfermedad que amenaza con colarse bajo la puerta. Y es que, ya nada ni nadie será igual después de esta cruel batalla.
Pronto celebraremos la desaparición del maldito coronavirus. Recuperaremos la ciudad para abrazar y besar a nuestros hijos, padres, hermanos, amantes o amigos a los que ahora no podemos ver. Para hacer tantas cosas que están prohibidas. Pero algunos siempre añoraremos la melancolía y belleza de una ciudad en calma. Del blues de Madrid que nunca compondrá Eric Clapton, ni escribirá Haruki Murakami, ni pintará Antonio López. Cuando la gente vuelva a ocuparlo todo. Cuando nadie tenga el sosiego para poder pensar qué hacer o a dónde ir, engullidos por la marabunta que nos arrastra por las calles. Sacudidos por la agitación que nos impide pararnos a contemplar una de las ciudades más hermosas del mundo. Pero con la alegría de volver a vivir. Para bien o para mal. Como siempre. O como nunca.