www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

EN LA FRONTERA

Unir nuestras voces al cielo

domingo 29 de marzo de 2020, 21:08h

FRANCISCO caminaba el viernes muy despacio en la Plaza de San Pedro. Solo y bajo la lluvia romana nos pedía “unir nuestras voces al cielo” en esa oración pronunciada por el Pontífice en una plaza acostumbrada a acoger a miles de fieles, con el Cristo que salvó a Roma de la peste negra junto a la Virgen de la Salud, icono de la imagen custodiada en la Basílica de Santa María la Mayor.

Después de oír el Evangelio de san Marcos, el Papa, un hombre que hoy está triste, nos recuerda que “densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; nos encontramos asustados y perdidos”.

FRANCISCO compara la tragedia del coronavirus con la tormenta en la que los discípulos, en medio del mar de Galilea, estuvieron a punto de perecer, como nos decía el Evangelio de san Marcos. Una tempestad que “desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades”.

Ha sido impresionante escuchar al Papa que nos ha mostrado esa soledad, al tiempo que nos ha dicho que hay salida, que hay esperanza “siempre que la humanidad asuma este tiempo de prueba como un momento de elección, de búsqueda de lo esencial, que es el amor y la solidaridad de los santos de la puerta de al lado”. FRANCISCO ha querido recordar a los médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo.

Este viernes, más que nunca, he visto en FRANCISCO al padre que llora por sus hijos. Que reza por sus hijos, que implora por sus hijos. Una oración que el Papa termina invocando la bendición del Señor: “Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta”.

Después. este Papa reza ante el Cristo de la Peste traído a la Plaza de San Pedro desde la Iglesia de San Marcelo y ante la Virgen de la Salud, para pasar a la Basílica de San Pedro y orar de rodillas ante la custodia que tiene la Sagrada Forma, el Santísimo. Una oración de rodillas, en una silencio conmovedor, tras el cual FRANCISCO imparte la bendición Urbi et Orbi.

La Plaza sigue vacía, pero los corazones de todo el mundo católico están llenos de esperanza, porque junto al Papa hemos unido nuestras voces al cielo.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (2)    No(0)

+

0 comentarios