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ESCRITO AL RASO

Poéticas del confinamiento

martes 31 de marzo de 2020, 20:31h

El virus mutante que asola nuestro país y ha logrado paralizarnos la economía tiene una capacidad insólita: la de haber polarizado a nuestra sociedad. Legiones de “haters” se dedican todo tipo de florituras en las redes sociales a propósito de la gestión del Ejecutivo con respecto al bicho, y se lanzan los unos a los otros maldiciones gitanas: las antiguas rencillas emergen en pandemia, que es donde se fecundan odios y amenazas. El español nunca aprende.

Por muy virus que se sea, no se puede interrumpir la marcha de todo un país. De manera que el pensamiento y la creación le dan rienda suelta a la producción y uno asiste estos días a formas y expresiones artísticas preciosas. Este virus ha hecho del hogar prisión, que es un sitio para meditar y realizarse, tan bueno como cualquier otro. La enfermedad nos ha puesto frente al espejo, lejos del acolchado social que todo lo disimula, contra todo este aburguesamiento del bienestar y la convivencia. Los miedos pertenecen a la imaginación y son libres, por mucha ciencia que haya venido en nuestro auxilio: es entonces, en la oscuridad del retiro involuntario, cuando uno se hace las grandes preguntas. Incluso la epidemia conspira a favor de la meditación, de la que se habla mucho y se ejerce poco. La España de la corrala ha resucitado, y frente a la dureza de la anonimia, llega el puente hacia el otro, si bien a una distancia prudencial. ¿Cómo nos afectará esto a los hábitos del resto de nuestra vida?

Solo se puede ir ya a la compra o a que le curen a uno de coronavirus: de momento el Gobierno no ha prohibido el whisky y otros vicios, aunque el B.O.E. ya nos ha advertido a todos los ciudadanos que nos va a monitorizar, para que no nos movamos de la casa. De manera que nos vamos dejando envolver en las ausencias de los habituales y vamos tomando cada vez más conciencia de nuestro propio cuerpo, que es una forma de conocimiento, aunque sea por decreto gubernamental. La ciudad es como un vaciado en yeso de sí misma, todo muy fantasmagórico y apocalíptico; y ese hueco que hemos dejado se llena con otra realidad –la del vacío humano– y se empiezan a escuchar con más determinación el canto de los pájaros. Todo tan melancólico como transitorio.

En un inventario del confinamiento, podríamos mencionar a presos ilustres como San Juan de la Cruz, fray Luis de León, Quevedo, Diderot o Jovellanos. Ellos hicieron de su celada una obra luminosa. Todos sabían que después de la “oscuridad” llega la luz, pero algunos estamos convencidos de que las temidas “tinieblas” constituyen un mundo mareante y apasionante lleno de oportunidades, una ocasión de plantearse realmente hacia dónde caminamos. Guardaremos este momento en nuestra piel y nuestra memoria, y después ya ninguno seremos los mismos: probablemente, llegado el verano, muchos serán curados. Y no de esta infección, precisamente.

Twitter: @dfarranz

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