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TRIBUNA

¿Ni una palabra?

miércoles 01 de abril de 2020, 20:17h

Es posible que me quiten la columna por no haber escrito al día de hoy ni una palabra sobre el coronavirus, pero con la cantidad de gente responsable y preocupada, de los críticos, los gurús, los detractores y los enrabietados , no me quedan argumentos para meter más baza ni para contaros algo especialmente reseñable.

Escribir bien no es tener una cabeza lúcida y eso para mí, que me atrevo a escribir esta columna, es muy importante, por aquello de que siempre –digo- lo- que -pienso, en el caso de la tinta puede adquirir tintes dramáticos. Si el pensar o sentir fuera decir, quizás la lengua estaría en el cerebro o en una de las válvulas del corazón, pero tal vez a lo que esas personas tan francas se refieran es a que digo -lo -que -pienso-, que ya no tiene esa inmediatez de vomitar las ideas y aun así, me sorprende que dicha franqueza cuele con tanta frecuencia sus cantadas justo encima del pastel. Andaré con sumo cuidado y procuraré no decir más allá de lo que imagino.

Estaremos encerrados, sí, en casa, durante varias semanas. ¿A quién acudir, normas sanitarias aparte, para saber lo que nos pasa?

Se me ocurren tipos un tanto estrafalarios como los ermitaños, fareros, astronautas, pastores, exploradores/as, monjas y presos. Démosles un repaso.

El ermitaño es voluntario, no se lleva al retiro a su familia y no depende de las tecnologías, así que desechado por completo. Al farero ya le han automatizado todo el sistema precisamente para evitar la terrible soledad en la frontera del mar y la tierra y ya no vive en la torre del faro. Me parece que tampoco. De astronautas, desde 2001 (S. Kubrick), nos hacemos a la idea de lo que hacen cuando se quitan el traje espacial, pero acaban padeciendo una relación muy rara con la máquina-madre y al final de la película explotan o se los come la galaxia... o se vuelven ministros y a saber cómo se las apañan.

El pastoreo sí que debe ser un oficio o profesión hermosa aunque muy muy duro, a merced de las inclemencias del tiempo y las migraciones de los animales y aislados de todo lo mundano. Pero no se les encierra, sino al contrario y aquí hablamos de una sola mascota y unos pocos minutos de paseo por un descampado con latas.

A los exploradores, el gusano de la aventura o del descubrimiento les desborda al aislamiento que le haya sido impuesto y como los navegantes solitarios, antes de convertirse en náufragos, se lo toman como un merecido descanso, siempre con el termo en la mano e inmunes al desencanto (Quadra-Salcedo) pues viven en el horizonte y no en apartamentos renacuajos.

En Las órdenes religiosas de clausura se aísla a los individuos durante años, que la idea de Dios es muy fuerte, renunciando en silencio a todo con sumo cuidado, pues sin vicios, sexo y pecados la vida se hace tan larga que pudieran transformarse en sectas y ellos en sectarios. No me gusta implicar a Dios sino es necesario. Mejor dejarlo.

Me quedaban, ¡eh aquí!, como última ocurrencia los presos de las cárceles y por demás aquellos/as en régimen de aislamiento, confinados. Presos/as que no tienen proximidad ni contacto directo con el resto, pero que cuentan en su celda con lo básico: cama, aseo y comidas que les pasan por una estrecha trampilla. Ni platillos de metal chirriantes con una pasta vomitiva blanca que se deparrama entre ratas y cucarachas, ni sonidos ambiente de palizas, ni lamentos, cerrojos y goterones, nada de eso. Incluso reciben visitas tras el cristal de un megáfono que les mantiene a un metro de distancia.

Podrían ser influencers de gran impacto mediático, porque sabrían orientarnos en los primeros días de encierro, de cómo lo combaten, cómo lo sobrellevaban; la comprensión hacia quienes les tratan con respeto o el recelo y el odio al sistema y a sus vigilantes; ¿qué les es realmente imprescindible, qué les dan, qué les niegan; cómo aguantan, cómo intentan saltarse algunas normas?...imaginemos.

Enciendes la tele (tu ordenado)r a las 8´30 h. de la mañana y después de un temblequeo de rayas y puntitos y de una imagen en blanco y negro del fichado con un número en el pecho, se corta la imagen y aparece Chipi (utilizo su apodo), el preso de 57 años, medianamente afeitado y con la imagen impecable a sus espaldas del cuarto de Vincent Van Gogh; el del camastro, la mesa, la silla, el ventanuco reticulado, y todo todo muy aseado.

¡Callar por favor que empieza!, ordenas a tu familia.

Pasada la media hora, se oye el timbre dentro de la pantalla, que la luz de la celda parpadea y ya os dais por enterados que la sesión de hoy ha terminado. Otra vez se queda la imagen en rayas y cambia el programa.

Parece mentira que con la vida de excesos y delitos que ha debido cometer ese individuo que está en el módulo de máxima seguridad, emane de su charla una paz y una clarividencia exquisitas y que pueda servirnos de tanta guía y consuelo a los que ahora estamos enclaustrados, que no penados.

¡Ni siquiera hemos parpadeado!

Nos miramos, tiramos de las comisuras de la boca hacia abajo al tiempo que cabeceamos, símbolo inequívoco de ¡vaya, vaya!, y nos decimos ¡qué pasada!.

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