www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Cuando se queman los papeles

jueves 02 de abril de 2020, 20:23h

Según Gómez de la Serna, su amigo (“a racha o las perdidas”, como él lo calificaba), el poeta Juan Ramón Jiménez le pidió una vez que le buscara una pensión cerca de un hospital, pues como era hipocondríaco no podía vivir lejos de un centro de atención médica; “Juan Ramón no soportaba ruido alguno -nos cuenta Gómez de la Serna- y salía por las noches a cazar grillos para no oír su canto que podían matarlo de angustia; Juan Ramón, en fin, llegó a tener tal desesperación por el encierro que acabó dando las conferencias lejos del estrado, de pie, junto a la puerta del aula o del salón, con el público girado hacia él, en previsión de salir chutando si la desesperación le apretaba.”

Entre nosotros, los argentinos, el entrañable poeta y humorista Conrado Nalé Roxlo, no soportaba ni siquiera el encierro de un ascensor. En su departamento, ubicado en un piso quinto, destinaba casi una hora de su tiempo para bajar y subir por la escalera. Ese trastorno de la ansiedad, es demasiado famoso y se lo conoce como “claustrofobia”. Sus síntomas son el miedo o el pánico de quedar prisioneros en espacios limitados y aquellos que la padecen pueden sufrir severos trastornos de ansiedad. Se estima que entre un 8 y un 6 por ciento de la población general padece este síndrome.

Por estos días, debido a esta nueva peste, que se llama Cobid 19, y familiarmente hemos apodado “coronavirus”, el mundo debe, como una suerte de arresto domiciliario (por supuesto, sin la moderna tobillera que controla a tales presos), permanecer encerrados. En tanto que los sitios naturales de la vida cotidiana; esos que alguna vez estuvieron colmados de bullicio y trajín se han convertido en espacios fantasmas, con restricciones masivas que aterran de soledad. ¿Qué sucede entonces con los claustrofóbicos como los respectivos poetas mencionados? No queremos ni imaginarlo.

Se suma a esto el correspondiente freno de la economía, con restaurantes y bares de persianas bajas, calles sin tránsito, escuelas desoladas, sin el entusiasta bullicio de los chicos; en fin, con la imposición de no salir de las cuatro paredes, y tantas otras restricciones por todos lados. Pues han cerrado fábricas, se ha clausurado el turismo y se han prohibido toda clase de reuniones tumultuosas. La respuesta global a esta enfermedad del coronavirus no tiene precedentes. Ciertos políticos empezaron minimizándola y ahora, como Napoleones de entrecasa, buscan como enfrentar a un ejército invisible que ataca de una manera solapada y feroz.

Los actos afectuosos de la amistad, tales como el abrazo y el beso, o estrechar la mano del prójimos han desaparecido y lo aconsejable es la distancia de un metro para dialogar, o para formar parte de una cola donde se compran alimentos, o de un banco para extraer dinero. La virulencia y la duración de la peste son incógnitas que aún no se nos han revelado. Y acaso nadie lo sabe. Ni remotamente. Todos nos preguntamos: ¿Cuándo volverán los hábitos elementales de la vida cotidiana? También ¿cuándo terminará esta estricta decisión de permanecer de puertas adentro y cuándo podremos seguir con nuestras vidas normales? La cuarentena, se argumenta, es la única solución que ha encontrado la humanidad para enfrentar una enfermedad sin vacuna y sin remedio. ¿O con un remedio que quizá pueda resultar peor que la mismísima enfermedad? A eso se suma la precarización de muchísima gente. Personas que viven con hijos en una o dos habitaciones en suburbios o barrios carenciados, o villas de emergencia, para hablar sin eufemismos, que, como en el caso de la Argentina superan cómodamente el número de 4.000. En esos sitios la vida social transcurre en la calle o en las reducidas placitas o potreros que las rodean. ¿Cómo pedirles a esas personas que respeten el encierro en pocos metros cuadrados? Y ahí, quién no lo supone, la claustrofobia hace lo suyo, sin duda.

En el llamado conurbano bonaerense de Buenos Aires, la región más poblada del país, habitan una gran parte de los cuentapropistas y peones golondrinas. Humilde gente que trabaja sin relación de dependencia y vive con su familia su existencia cotidiana. El freno de la economía para estos ciudadanos significa quedarse sin ingresos en un país donde más del 40 por ciento de la ocupación es informal. En la propia Capital, hay departamentos de dos o tres ambientes donde viven hacinadas muchas personas de clase media. El estrés y la depresión de semejante encierro baja las defensas del cuerpo y modifica el equilibrio psicológico.

Los gobiernos han tomado medidas correctas. Todo lo que se puede hacer, obviamente, nadie lo discute; pero, la comprensión inicial del encierro impuesto para lograr el aislamiento puede convertirse en rebeldía en cualquier momento, y el hambre puede ser la punta de cualquier desmadre. La Argentina tiene dos problemas ante este avance (por suerte aún lento del coronavirus). El primero es que el sistema sanitario público está obsoleto y ante tal emergencia será escaso. Los médicos, enfermeros y paramédicos son el único capital de la sanidad pública; capital muy preciado, por cierto. Aunque todos sabemos que carecen de instrumentos modernos e insumos básicos para enfrentar la pandemia. Y, por ende, están mal pagados.

En esta dirección, todos sabemos que no es un problema que afecta solamente a la Argentina. Observamos con preocupación que la mayoría de los países que sufren el contagio vienen con un déficit en la sanidad pública preexistente, descuidado en casi todo el mundo. Y ahora, de golpe, asoman los rigores de esta avalancha y las complejas dificultades de los Estado para aliviarlos. Vemos, también, como los gobernantes sensatos de muchos países hoy empiezan a perder el sueño frente al enfriamiento de las endebles economías, que sumadas al hacinamiento habitacional, en poco han tenido en cuenta la distribución equitativa de la riqueza.

En el caso particular de la Argentina, sin duda el principal problema es que la economía del país ya venía maltrecha y maltratada por una caída del consumo interno y con una deuda externa a un paso del default. De manera que el riesgo que más atemoriza al Gobierno es la instalación de la pandemia en el vasto y frágil conurbano bonaerense. De la deuda exterior ya casi nadie se acuerda. El mundo le debe al mundo más de que el mundo puede pagar. Y, como en el chiste del humorista judío Norman Erlich: “¿Quién está hablando de pagar, che?”

Si nos atenemos a las cifras, observamos que la actividad industrial se contrajo en más del 13 por ciento en los meses de enero y febrero. Varios economistas argentinos sostienen que la caída puede alcanzar al 4 por ciento en el presente año. Ni la crisis financiera mundial de 2008/2009 arrojó estos guarismos. Por lo tanto la Argentina tiene dos problemas ante el avance de la peste. Uno es que el sistema sanitario público es viejo y escaso, como ya lo señalamos; el otro, que los médicos, enfermeros y paramédicos son el único capital de la sanidad pública, pero (como también señalamos) carecen de instrumentos modernos y de los insumos básicos de la medicina.

No queremos ser pesimistas ante el complejo panorama que se presenta, pero nadie tiene una solución concreta. En una situación así todo el mundo toca de oído (Trump, Johnson y Bolsonaro en primer plano). Lo concreto y aterrador es que no hay vacuna todavía, y el ejército invisible avanza silenciosamente. Lo que resta es esperar. Quizá resignada o melancólicamente, como auguran algunos infectólogos, que el mortal virus mute en inofensivo y nos perdone. Lo demás, pura literatura, o una inquietante distopía.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(0)

+
1 comentarios