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Memorias

Kamo no Chomei: Pensamientos desde mi cabaña

domingo 05 de abril de 2020, 18:54h
Kamo no Chomei: Pensamientos desde mi cabaña

Traducción de Kazuya Sakai. Prólogo de Natsume Soseki. Errata Naturae. Madrid, 2018. 152 páginas. 16 €.

Por José Pazó Espinosa

De retiros y chozas en tiempos del coronavirus

De repente, el mundo se volvió como una nave espacial rumbo a lo desconocido. Las escotillas se sellaron con los cierres de seguridad, las distintas secciones de la nave se aislaron unas de otras y los humanos, pendientes más que nunca de su respiración, y de los alimentos que se llevaban a la boca, se quedaron expectantes, escuchando lo que los altavoces decían para todos. Y decían, en distintas lenguas, lo mismo:Quedaos donde estéis, no salgáis. Si rompéis esta orden, nos contagiaremos todos, y moriremos. Despareceremos. No seáis egoístas, permaneced donde estáis y seguid las instrucciones”. Y así lo hicieron los pasajeros de la nave. Se quedaron en sus respectivas secciones, esperando a que de cuando en cuando la voz les dijera algo, les comunicara su estado, les diera instrucciones. Esta es la vida de la nave, esta es la vida del coronavirus. Lo que ni la economía, ni el deporte, ni la cultura, y mucho menos la política, han logrado nunca, coordinar toda la nave, los movimientos de todos los humanos, lo ha logrado un pequeño virus invisible, un punto de fuga, un fuera de campo. Ahora, actuamos por la voz, y nos movemos por su gran poder. La causa, por su minúsculo tamaño, no la vemos, nuestros ojos no son capaces. Así que nos basta con no querer verla, ya que su efecto es negativo, ya que de golpe ha definido nuestro futuro por su ausencia.

El coronavirus es un desastre más, y nos ha llevado a un retiro no querido, nos ha forzado a un confinamiento involuntario. Nosotros, que dedicamos parte de nuestra vida a ver fotos o leer sobre lugares remotos, que soñamos con retiros sanadores y tranquilos, sin ruido, sin contaminación, sin gente que nos interrumpa o invada nuestro espacio, que adoramos a Thoreau por su búsqueda de lo simple y puro, de repente nos vemos empujados a ese escenario, pero no en el marco paradisíaco, alpino o lacustre de esas fotos o esos relatos, sino en la banal cotidianidad de nuestra casa, entre sus desgastadas paredes.

En la nave, cada uno nos hemos convertido en un asceta y muchos en místicos. Sin ser giróvagos, girovagamos en torno a nuestras ideas, a nuestras rutinas, a nuestros pensamientos y a nuestras preocupaciones. Y en torno a la nada, ya que, con un poco de suerte, abrazamos su vacío casi budista, su paradoja juanista o teresiana. En mi pequeño jardín madrileño, de cinco metros por cinco, tengo un arce que planté hace dos años. Tras este tiempo, de ser una pequeña planta de un pie de altura ha pasado a ser un cachorrito de metro y medio. Ahora, ajeno al coronavirus, despliega unas hojas verdes, suaves y delicadas, que se mecen con la brisa. Esta mañana, aprovechando un rayo de sol, salí y me tumbé en el suelo, de forma que mi cabeza estaba bajo la bola de sus hojas, que caían en cascada sobre mi cara. Era como estar en un bosque de arces, en un domo verde tan grande o tan pequeño como mis sensaciones y mi cerebro quisiera. Fue, en cierta manera, una puesta en práctica de uno de los principios del arte japonés, por el que un pequeño fragmento de algo es capaz de replicar el todo enorme al que pertenece.

En los siglos XII y XIII, vivió en Japón un hombre simple o complejo, como queramos considerarlo. Su nombre era Chomei, Kamo no Chomei, aunque también se le conoce por Kikudayu y el nombre con el que firmó el libro que le ha dado la inmortalidad es Ren’in. Me refiero a Pensamientos desde mi cabaña, Hojoki en japonés. Chomei fue poeta, músico, y desempeñó algún cargo oficial, pero en un momento de su vida decidió retirarse y convertirse en ermitaño. Su cambio fue paulatino, e incluyó el paso a la pobreza, la pérdida de la casa que había heredado de sus padres, y sus retiros posteriores. Acabó en una choza en las montañas de Kioto que él mismo construyó con tablones y bisagras. Se jactaba de poder desmontarla, cargarla en un carro y llevarla adonde quisiera.

Pensamientos desde mi cabaña es un texto muy breve, 36 páginas en la edición de Errata Naturae. El primer párrafo es uno de esos inicios memorables, comparable al de El País de la nieve de Kawabata: “El fluir del río es incesante, pero su agua nunca es la misma. Las burbujas que flotan en un remanso de la corriente ora se desvanecen, ora se forman, pero no por mucho tiempo. Así también en este mundo son los hombres y sus moradas”.

Tras este inicio, los primeros siete brevísimos capítulos del libro se dedican a los desastres acaecidos en su vida en Kioto: fuegos, terremotos, hambrunas… En el octavo, cuenta como, tras perder la casa familiar decidió hacerse él mismo una casa. Se la construyó junto a un río, pero allí vivía con la incertidumbre de las inundaciones y de los bandidos, aunque con la esperanza de salir de esa situación. Ya pasados los cincuenta y perdida la esperanza, decidió abandonar esa morada e irse a la ladera del monte Ohara, en el norte de Kioto. Allí vivió sin casa hasta que pasados los sesenta se construyó él mismo una choza “algo no muy distinto al refugio que el viajero errante se hace para pasar la noche, o una imitación del viejo gusano de seda que hila su último capullo”. Y luego añade con cierto humor: “Así que, a medida que, de año en año, mi vida declinaba, mis moradas se iban haciendo más pequeñas”.

La describe realmente como algo diminuto: “Apenas tenía tres metros de largo y no llegaba a dos de alto”. Luego, cuenta como añadió dos porches, uno para sentarse y otro para las ofrendas, y construyó un pequeño escritorio junto a una ventana, una estantería para sus libros, y un hogar para calentarse en invierno. Dos cajas para almacenar sus instrumentos de música y sus pocas pertenencias, y una pequeña presa cerca para almacenar agua que traía por un caño de bambú.

En su cabaña, observaba las glicinas en primavera, escuchaba el cuco en verano, las cigarras en otoño y disfrutaba del silencio de la nieve en el invierno. Leía, oraba, holgazaneaba, cocinaba, y no obedecía ningún precepto. Su pequeña morada era la morada de su ser, no de otro.

De vez en cuando, recordaba a sus amigos o le parecía que oía las voces de sus padres. Lo hacía sin pesar, disfrutando del recuerdo. En un momento se pregunta: “¿Cómo hacer de uno mismo su sirviente?”. Y él mismo se responde:Si hay algo que hacer, me sirvo de mi cuerpo”, en una disociación sorprendente para nuestros días, puesto que reclama el cuerpo como un medio, no un fin.

Comenta también: “Desde que me aparté del mundo no siento rencor ni temores. Me he abandonado al azar. No cuido de mi vida ni temo a la muerte. Mi existencia es una nube errante”. La nube errante, este concepto tan japonés, pero a la vez tan humano, tan querido por los seres errabundos y dados a vivir en el otro lado de la mirada. Ya cerca del final, escribe: “Si no hay serenidad en la mente, de nada sirven las bestias de carga ni las joyas, y ningún placer podrán procurar los palacios o los pabellones. Esta cabaña solitaria con una habitación es el lugar más acogedor que puedo imaginar”. Antes de despedirse, se pregunta si no estará loco. Y responde con toda franqueza: “Mi corazón no supo contestar”.

Estos días, la nave sigue avanzando por el espacio. En nuestras secciones, esperamos la voz que nos diga qué hacer, cuál es la próxima indicación, el último dato. El virus está no fuera, sino dentro de la nave. Oímos que en una sección ha habido bajas y que en otra no. Los cierres siguen echados, y las respiraciones se cuentan, en silencio, sin confesarlo. Y, sin saberlo, cada uno estamos en una choza en la ladera de una montaña. Tenemos un poco de espacio, una ventana, algunos libros. Un pequeño árbol que es como un bosque, un caño que va a una presa, y una gota de agua representa la inmensidad. En el fondo, todos podemos plegar la cabaña e irnos a otro sitio. Lo sabemos, pero aquí seguimos. ¿Estaremos locos?

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