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FRACASA MEJOR

Los cuervos brillantes

lunes 06 de abril de 2020, 20:23h

Yo tuve cuervos brillantes que vivían cómodamente arrebujados en el infierno, se elevaban a mi alrededor, a los límites del yo, como Cioran. ¿Vosotros estáis seguros? Os dije que era embarazoso. Los cuervos brillantes me arman con unos papeles pertenecientes a Edgar, sin preocuparme por examinar su contenido. Basta con que me den el aspecto de cuervos serios. Se elevan sin quejarse de nada, ni siquiera cuando les reduzco el sueldo, en lo inmediato y en lo pasajero. Son bondadosos y considerados, discretos y delicados. No sé por qué diablos estoy contando todo esto. Un día llamaron a la puerta, y allí estaba un escritor de asilo. Con calma y naturalidad les pregunté: “¿Estáis dispuestos a venir conmigo?”. Son cuervos de amor, sus admiradores se estiran en el artículo para captar una imagen de su vuelo más complejo.

Todos tienen un corazón elocuente y llamativo. Construyen – maduros ya – un infierno de papeles pensando en una revolución, una peste, una pandemia, un terremoto, impulsivos como niños, oscilan entre la dulzura y la brusquedad, excavando de nuevo en la vida para echar carne en el infierno. Los cuervos son solo cuervos en el Gran Hotel. Si se van se me llenan los ojos de lágrimas. Una colcha ligera disimula la prominencia de mi sueño. Los cuervos brillantes me elevan a otro nivel de experiencias, asienten de manera casi imperceptible, miran sin ver a la pared por encima de mi cabeza. El deseo es levadura para levantar todo un universo. Este mundo está lleno de magos de las finanzas, restauradores de gran fama, científicos, pero escasean los cuervos que nos llenan de ecos. Un cuervo llamado W.C. Fields atravesó un pueblo, descendió una colina, pasó por un trozo de playa, otro pueblo, otra colina, para llegar a mí. “¿Qué quieres de mí? Cuando tengo algo que decir, lo publico. Tu inquisitiva curiosidad me revuelve el estómago”, dije cuando me desperté y el sol era de un primigenio color naranja.

Los cuervos brillantes vienen, para unos visibles, pero para los más, invisibles. Son saludables y agradables, de vez en cuando bruscos, pero sin recámara. Entran y se sientan, buscan la presencia de Dioses superiores como ellos, cuando nos separamos soy una mitad y semejanza de la muerte. Tomaré otra cerveza negra a la salud de los cuervos brillantes, pasaré por el jardín y los veré en medio de las flores. Voy y vengo, lleno de un anhelo cansado y atractivo. Vi enanos de circo lejanos sin prestar atención a discursos trillados, vi una noche afortunada. Si el cuervo Arthur llega y me habla de la gran farsa “¡Imagino a alguien que malgasta su vida acusando a otros!”, me dice. ¡Calla! ¡Calla o huiré de aquí!, exclama Villano Supremo. Los cuervos brillantes hacen que no necesite cables ni alambres. La Palabra está en ellos, la trajeron de cerca de un rosal silvestre donde pensaba tirar mi saco de dormir. Ellos son informantes en cada nuevo ascenso en la escalera de la fama. Ellos pueden hacer el amor con un árbol, sí, lo sé. Ellos alabaron la Creación y se cortaron el pelo en Liverpool.

Los cuervos brillantes se han liberado más allá del sagrado humo y las chispas celestiales y me llevan a una bella región con muchos árboles tras un día de detenerse y seguir, detenerse y seguir. Hubo una vez un cuervo, Pere Gimferrer, que lo único que necesitaba era sol y mar, y sus transgresiones quedaban olvidadas. Volví a leer sus mensajes para estar seguro de que no lo había interpretado mal. ¡Qué terriblemente cierto es eso!, me dije. Los cuervos brillantes están a punto de vivir como seres humanos en estos tiempos en que todo es inquietud, todo es necesidad, todo es frustración. Rezos al aire en la selva azotada. Cuervos que vuelan para decirme que estás preocupada. Tienen un sueño íntimo. ¡Un sueño! En un estado místico que les devuelve a la escritura, pierden el yo y conocen lo que desconocen. Con ellos la arquitectura unitaria lleva bajo el brazo un cartel que vuelve a conseguir la plenitud.

Verdaderamente, ya nada importa nada, salvo los cuervos brillantes. Me ha parecido que mi cara palidece de terror sin ellos. Estaba muy, muy cansado hasta que se estancaron en mi camino. Durante semanas y meses, durante años de hecho, estaba esperando que ocurriera algo en el infierno. Amigos y diablillos afectados quedaron lejos: la verdad es que muchos se encogieron de hombros cuando marcharon y otros quedaron plantados en lugares caprichosos y cristalinos, pero los cuervos brillantes quedaron altos, delgados, sin ojos melancólicos, en un infierno mirado, remirado. Me dicen: “Me gusta tu morada natural”.

Son esos cuervos brillantes los que me recuerdan a diario, y lo repiten con picoteos, como una letanía, que dentro de nuestro ser se halla toda la gama de la existencia.

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