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TRIBUNA

Un desafío ante el futuro

martes 07 de abril de 2020, 21:29h

Caminante no hay camino, / se hace camino al andar…”, dicen los espléndidos y perdurables versos de don Antonio Machado. “Al andar se hace camino / Y al volver la vista atrás / Se ve la senda que nunca / Se ha de volver a pisar… / Caminante no hay camino, / sino estelas en la mar. Premonitorio poema, sin duda. Y acaso nunca más actual que ahora. En este momento de la historia contemporánea en que estamos andando sin estelas en la mar ni otear aún cuál será el puerto que nos espera al final de esta tormentosa navegación, sin horizonte, barajando hipótesis y cifras imprecisas. En medio de puras conjeturas, viviendo una pesadilla que nos ha obligado a todos a incursionar por el territorio de lo desconocido; sin demasiada claridad y sin otra opción que seguir avanzando con cautela, haciendo camino al andar y resignados a lo que vendrá y, como dicen don Antonio en otros versos de su poema: “ Golpe a golpe, verso a verso… Cuando el jilguero no puede cantar, / cuando el poeta es un peregrino, / cuando de nada nos sirve rezar…”. Durísimos momentos que no nos impiden asistirnos de la maravillosa poesía. Es más, de la imprescindible belleza de la poesía.

Eso sí, tampoco sin dejar de ser realistas y ver las cosas como son en estos arduos momentos en que un virus le ha impuesto a la vida desafíos definitivamente inéditos; sobre todo en el rígido y estricto asunto de lo social, que de manera implacable condiciona toda forma de convivencia, incluyendo la salud, la política, la economía, la educación y la cultura.

¿Cómo manejar el timón ante una emergencia que genera un shock de oferta y demanda simultáneamente cuando casi no se produce? ¿Cómo planificar y encarar un hipotético día después sabiendo que, por razones obvias, ningún aislamiento generalizado puede durar mucho tiempo sin que la realidad económica se avenga con la necesidad de la salud? Además, como corolario, el otro desafío que es: ¿cómo financiar el incremento del gasto que significa atacar la emergencia y cómo manejar la reversión de esas medidas más adelante?

Los datos revelan la escala del daño causado por la peste, que aumenta los temores de la existencia y de una recesión global a paso perverso. Imaginar este derrumbe solo sirve para enunciar la violenta depresión en la que entró el mundo. Las principales economías le han dedicado a la reactivación una ayuda por el valor de un tercio de su PBI, que tan solo sirve a las empresas para pagar sueldos y para saldar algunos créditos. La declaración impositiva anual, que es casi un acto religioso en Estados Unidos, se postergó tres meses para evitar que las empresas quiebren; también para ayudar a los sectores más desprotegidos de la sociedad. El sistema, todos sabemos, necesita que las empresas, que son las creadoras de riqueza y de empleos, sobrevivan a la crisis sanitaria. Los economistas norteamericanos y europeos pronostican una reactivación después de la calamidad; eso sí, siempre que no haya una ola masiva de quiebras empresarias, que pueden provocar una desocupación espantosa. No es que una mayoría social no puede comprar; es que las empresas no pueden producir. Y sin producción no hay consumo ni qué consumir.

Hay, por otro lado, como previsiblemente sucede, un aumento injustificado de precios, sobre todo en alimentos y artículos de primera necesidad. La crispación y el enfrentamiento por estas razones suele conducir a ninguna parte, venga de donde venga. Es mejor rebobinar y volver al principio, al principio de la película, cuando todos sabíamos que nadie se salvará por su cuenta. Aunque, a decir verdad, nadie sabe con certeza cómo será el mundo que vendrá luego de esta pandemia; pero sí podemos dar por seguras al menos un par de cosas: por un lado, será bastante diferente del que conocíamos y vivíamos hace poco más de un mes; vale decir, más complejo, seguramente más cerrado, con aparatos estatales que tendrán mucha más injerencia y, por eso mismo, vemos una amenaza inquietante a la democracia y a la libertad; por otro lado, los países emergentes serán más pobres y, si no se actúa a tiempo y en forma coordinada, consensuada y pragmática, incluso más desiguales.

Todo depende de las decisiones solidarias que se tomen a nivel internacional. El mudo debe sentar las bases de un nuevo modelo no solo para recuperarnos lo más rápido posible de este desastre, sino también para volver a crecer generando oportunidades para todos los pueblos. La disrupción que se experimenta en todos los planos de nuestra existencia casi no tiene precedente. Al quemarse los hoy viejos papeles, los proyectos, supuestos y previsiones que se habían delineado hasta hace muy poco deberán ser replanteados; tanto en el plano individual como en el familiar y, aún más importante, en el colectivo. De modo que nuestras relaciones interpersonales y sociales mutarán de manera significativa, aunque aún no podemos determinar con precisión de qué manera ni cómo ni cuánto (“Se hace camino al andar”, otra vez Machado”), ya que los contornos de lo que viene son tan imprecisos que nos cuesta siquiera imaginar un escenario inmediato.

Para casi todos, el desasosiego en términos materiales tiende a ser creciente y ecuménico. Antes podíamos confiar en que algún amigo o familiar podría tendernos una mano; pero ahora, casi nadie queda exento de las consecuencias terribles que tiene esta crisis cuyo común denominador consiste en separar lo que a uno le queda para los gastos más elementales, independientemente, claro, de los ahorros y los ingresos que hayamos tenido hasta hace apenas unos días. La incertidumbre es casi absoluta y abarca, como señalamos, múltiples dimensiones.

¿Cuándo recobraremos aquella rutinaria cotidianidad que ahora añoramos? ¿Cuánto tiempo más llevará, por ejemplo, para que podamos volver a trabajar, juntarnos con familiares y amigos, ir a tomar un café o a comer algo afuera, o participar de un partido de fútbol, una obra teatral o una película? En rigor, tampoco sabemos qué extensión ni qué gravedad tendrá la crisis sanitaria. Mucho menos las consecuencias económicas resultantes de esta pandemia.

Vale preguntarse si estará el conjunto de la clase política internacional a la altura de las circunstancias; es decir, si será capaz de enfrentar la cuestión estrictamente sanitaria y, al mismo tiempo, dar una respuesta integral y consistente tanto en materia económica como en términos de seguridad ciudadana, incluyendo el mantenimiento de la paz social. Esto sucede y está repartido en todo el mundo, y a todos nos cabe alguna responsabilidad. ¿Acaso alguien puede rebatir la hipótesis de que solo se trata de un fenómeno transitorio?

Esta descomunal discontinuidad respecto de los valores, las ideas, formas de vida y sociabilidad que teníamos hasta ahora requieren un inapelable reajuste, diríamos casi total de todos los marcos conceptuales y prácticos, sean estos individuales o colectivos. Estamos en un momento donde no podemos suponer que los atributos y aparentes fortalezas que fueron utilizadas con relativo éxito hasta ahora sigan teniendo validez. Las diferencias entre cada país y el mundo se han esfumado. Lo que viene deberá ser rotundamente nuevo. De lo contrario todo se medirá en términos de abismos.

Deberemos pagar un precio demasiado alto por tanto epíteto desbordado, tanta hipocresía, tanta pelea interna por absurdos espacios de poder, tanto desatino en las prioridades de los gasto públicos. Ha llegado la hora de pensar distinto, de pensar en grande. Se trata de una situación de peripecia global sin precedente; pero, para los países subdesarrollados (o emergentes para usar un eufemismo) será peor. Nuestra América venía maltrecha desde hace tiempo y corre el riesgo de quedar, luego de esta terrible peste, prácticamente arrasada. Un desafío ante el futuro. ¿Se hará camino al andar con otro rumbo más humano, o seguiremos cuesta abajo?

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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