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TRIBUNA

Cerrado por temporal

miércoles 08 de abril de 2020, 20:11h

Así reza el letrero anunciador expuesto en una tienda de chinos. No hay duda de la astucia que atesoran estos fenómenos de la República Popular China. Los que cohabitan entre españoles no solo se fumigaron sino que echaron el cierre de sus negocios y se esfumaron antes que nosotros. Fueron advertidos, sabían la manera de actuar mientras aquí los gestores públicos seguían pelando la pava. A día de hoy, al menos en Madrid, ni uno solo de ellos, que se sepa, ha salido de su escondite a comprar pan, ni a por tabaco, ni a por la prensa y mucho menos a pasear al perro. De siempre los chinos han sido muy misteriosos.

Si misteriosos son los chinos no lo son menos quienes han ensayado con el COVID-19. Y digo ensayado porque están vacilando con la humanidad a su antojo, pero tiempo tendremos de teorizar más adelante. Ahora lo que importa es prepararnos para cuando dejemos de estar envasados al vacío y alguien nos desprecinte, será entonces cuando nos expondremos a una intemperie con muchas interrogantes, tantas como conductas individuales. Mientras tanto los chinos, con su férrea marcialidad, abrirán sus negocios el mismo día y a la misma hora como si nada hubiera pasado.

La realidad es la que es y cómo el tiempo pasa del estado líquido al gaseoso o a la inversa, según demanda, resulta que hay quienes creen tenerlo todo controlado. Falso de toda falsedad aunque la expresión sea un pleonasmo, y si no que se lo pregunten a Pedro Sánchez, o mejor no, porque lo de preguntar al jefe del Gobierno es perder el tiempo por aquello de sus insustanciales panegíricos. De manera que cuando se abran las puertas del paraíso de cada hogar, nos encontraremos con un mundo distópico a nuestro alcance. No seremos ni mejores ni peores porque las buenas voluntades individuales van cosidas a la membrana del corazón y si esto no es así, la mayoría de nosotros volveremos a adorar al becerro de oro como principal animal de compañía.

Eso sí, habremos aprendido a ser solidarios desde las ventanas como en su día aprendimos cuales eran los afluentes del río Volga o el nombre de los reyes visigodos pero que a día de hoy esto nos la trae al pairo. Después, esas mismas ventanas que nos han abierto pesadumbres de conciencias, que nos han permitido el asomo de aplausos hacia los que nos cuidan y protegen día y noche, quedarán cerradas para traicionar en privado al más pintado. En efecto, el virus se irá quedando en los bares, en los campos de fútbol, en las grandes rebajas y en las caravanas de carretera. Nos sentiremos especie regresando al mundo de la cerveza y las tapas, a la alegría o a la decepción de la polémica futbolera, al chollo de una camisa de firma por diez euros y por qué no decirlo, a tardar diez horas en hacer 400 kms. al precio récord de la gasolina. Y a partir de ahí, los cuerpos habrán recompuesto su figura después de la reclusión en el purgatorio para soltarnos la melena dispuestos a vivir casi una experiencia religiosa sintiendo que resucito si me tocas, como canta Enrique Iglesias.

Y una vez amortizado el virus volveremos al desprecio y al ninguneo. Volverá la codicia y el correr a empujones; a menoscabar el mérito de otros, a no ceder el asiento a quien lo precisa. A la severidad de nuestras exigencias, a la absolución de nuestras obligaciones, a la supremacía de nuestros derechos, a la indulgencia por nuestros errores, a la conquista de espacio vital de otros. Sí, dejaremos de abrir las ventanas y nos olvidaremos de nuestras caras, de nuestro hermanamiento, de nuestros vínculos afectivos por los cinco minutos diarios. Nos olvidaremos de haber intimado con miradas cómplices, de haber enseñado una parte de nuestro mundo de cuatro paredes, de quedar sin quedar mañana a la misma hora y en el mismo lugar. Si, dejaremos de mirarnos el ombligo olvidando que aquél cordón umbilical es hoy el amarre que nos une como país. Buscaremos el amor en la imperfección, en la trivialidad, en lo insustancial, hasta que un siguiente virus nos obligue a reincidir. Entonces ya será demasiado tarde.

Sin embargo, no todo puede quedar en un simple balance de muertos y contagiados ni en un gráfico de picos, curvas y aplanamientos. No, no me consuela que por un mal administrado virus, un peor gobierno contemple como las estadísticas se han convertido en miles de féretros que aguardan turno para llegar a una gloria más piadosa y menos perversa. Me parece indecente que nuestros mayores se hayan tenido que ir de este mundo a escondidas, como oscuros prófugos de la vida, al igual que tantos sanitarios fallecidos por hacer su trabajo en la precariedad más ignominiosa. Unos y otros convertidos en soldados desconocidos marcados por el dígito de la estadística y sin ninguna aproximación al dolor de sus deudos. Todo se oculta bajo el cendal que enmascara lo que no interesa que se vea.

No, no es perdonable oír decir al ministro de Ciencia que “Los ancianos fallecidos por el COVID-19 habrían muerto mucho antes en otros países” No, y mil veces no. No, no es lícito que un presidente de Gobierno mantenga horas discursivas para presumir que ahora los niños de este país se lavan las manos más que nunca. No, no me consuela oír a la ministra de Trabajo que “Un ERTE es como estar de baja por maternidad” Y lo peor de todo, que el ministro del Interior, Fernando García Marlaska, crea que el Gobierno no tiene “ningún motivo para arrepentirse de nada” En fin, yo me quedo en casa y escribo.

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