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DESDE ULTRAMAR

Semana Santa… resguardados

jueves 09 de abril de 2020, 21:04h

Nuestra inclaustración cuasi monástica, convirtiéndonos en recoletos y cartujos de balcón, no es gratuita. Quien más y quien menos. Sucede en ambos hemisferios donde amablemente usted me lee. Algunos ya no contamos los días faltantes para nuestra feliz exclaustración. Y nos repetimos: nadie sabe lo que tiene, hasta que lo ve perdido. Este confinamiento tiene su aquel, pero después de todo nunca es sencillo.

Días de guardar como está mandado, hoy además, ordenado por las autoridades en tantas partes del mundo. Transcurre una atípica Semana Mayor que estos días de Jueves y Viernes Santo tendrá su cénit sin conmemoraciones otrora abarrotadas, que hoy son ceremonias litúrgicas efectuadas en el silencio y el recogimiento de los templos y la inmaterialidad de las transmisiones a distancia. La de 2020 será una Semana Santa extraña, pero no por ello mística. Solo será peculiar. Pasamos de una vida extramuros a una recoleta de intramuros en un santiamén.

Para muchos nos supone estar en cuarentena, una que sabemos por decretos y avisos cuándo inició, pero aún no nos dibuja con certeza cuándo terminará. No es un panorama halagüeño y sí algo ya sombrío. Inevitablemente. Mientras tanto la pasamos, la sobrellevamos, nos animamos, atendemos asuntos en casa, nos inventamos el día con día para aligerar la reclusión y deseamos que el malestar del coronavirus no nos alcance. Eso en tanto asumimos medidas de contención y prevención que están a nuestro alcance. El “quédate en casa” se ha convertido en el undécimo mandamiento, que disputa su lugar y se multiplica en medios masivos de comunicación.

El golpe certero del coronavirus a nuestra existencia como Humanidad, es innegable, brutal, indeleble. Por mucho que el paso del tiempo nos lo borrase un poco o lo aminore. Para ser una simple invención, ha dejado una impronta profunda. Para ser una pasada, un arma biológica, ha sido ya más que solo eso, cuando padecemos sus consecuencias y con creces, infortunadamente. Claro que, por el efecto bumerán, golpeó fuerte a sus presuntos perpetradores, esos que los dedos de Pekín señalan con firmeza, flamígeros, con prontitud y sin retirar acusación alguna. Por el contrario, la sostiene.

Mientras transcurren los días, va uno oyendo el desfile de cifras lúgubres, mortales y económicas, sí, y las segundas que son aquellas que no restituyen a los caídos ni nos los devuelven. Números, sin embargo, que alertan lo que nos dejará esta pandemia, que va de los 25 a 195 millones de puestos de trabajo perdidos a nivel mundial, según la OIT, a la caída de entre el 12 al 30% del comercio mundial, con especial impacto en las Américas, con su estela de recesión, de golpe al PIB mundial rozando el 9% en su caída; que ya luego cada país masticará lo que le toque conforme a su realidad económica y que suma las pérdidas inmediatas en materia turística para todos, y ese es un rubro sensible para España y para México, países que apuestan al turismo como un ingreso inmediato y sostenido. Una Semana Santa sin nazarenos y playa es un horizonte desolador para nuestras economías. La titular de la Cepal, la muy competente embajadora mexicana Alicia Bárcena, lo describió así: “esto (lo resultante) se va a parecer mucho a una economía de guerra”.

Se necesitará una suerte de gigantesca labor en dos direcciones, interna e internacional, para revertir los terribles efectos económicos generados y conciliar los intereses de todos los países. Menuda tarea que no se antoja sencilla, cuando el coronavirus nos pilló en un mundo desigual, asaz proteccionista, bombardeando los precios del petróleo y rondando recesión. Ceder todos se prefigura complicado y desde luego, que no lo olvide nadie, si los gobiernos extendieran ayudas, serán solo eso: paliativos, no restituidores del status quo previo. Eso sería imposible. Para que nadie se llame ni sorprendido ni engañado. Habría algo a recibir, de haberlo, y va que chuta.

Los costos médicos son tremendos. Nos advierten del tamaño del problema y de los desafíos que implica. Esta pandemia y la compleja solución requerida en sus efectos para el caso mexicano, nos pilla, sí, con un sistema sanitario endeble, pero con infraestructura. Una que no responderá mejor si finalmente se desbocan los casos de urgencia. Paliará pero no de la mejor manera. Una que no es más porque los gobiernos priistas, sobre todo, la desmantelaron y anquilosaron para servirse de ella sustituyéndola con servicios privados a su nombre. Se robaron el dinero, inauguraron hospitales que no equiparon, saquearon el Seguro Social como instituto, todo para favorecer intereses de sus más destacados politicastros. Para que luego no derramen lágrimas de cocodrilo ni se hagan las víctimas.

Tenemos pues, un amplio sistema hospitalario público, decaído al truncarse en sexenios pasados para primar con halo de corrupción priista sobre todo, servicios privados sustitutos. Incluido el control de las medicinas en manos de cuatro gatos favorecidos por esos gobiernos. Y nos pesca hoy sancochado además con un gran empresariado deudor de impuestos con la friolera de 50 mil millones de pesos –a la par de ser sí, generadores de grandes dividendos a cambio de sueldos bajos y buscadores y obtenedores de apoyos y deducciones en leyes fiscales a modo– que exigen al gobierno de izquierda que lo apoye con capitales que el propio sector adeuda al gobierno mexicano, a secas. Hay que tener cara.

Así que nuestro confinamiento mexicano es incierto en duración necesaria, aunque hoy no sea enteramente obligatorio; que en México adelanta un contagioso mes de mayo, pese a que la cuarentena oficial terminará el 30 de abril y nos abre por delante una terra incognita, en espera de achatar la curva de contagios y decesos, de que podamos afrontarlo de la mejor manera posible y con una economía que, como las latinoamericanas, no puede sostenerse demasiado tiempo enclaustrada, detenida o semidetenida, como hasta hoy. Nuestro viacrucis también será más largo que el de este fin de Cuaresma.

Post scríptum: la renuncia de Sanders a la carrera presidencial yanqui, le deja más sencillo el camino a Trump para reelegirse. Claro, falta mucho trecho, aún. Apartarse, no es una buena noticia para el mundo. Eso sí: no puede ser socialista Sanders, porque el sistema de su país lo impide, no lo permitiría y una cosa es decirse socialista, si por ver por la sociedad se dice y otras decir zarandajas tildadas de socialismo inexistente en el sujeto, como hacen sus enemigos y otra distan de serlo en el más estricto sentido de la palabra. Biden, más gris que el cemento, necesitará enarbolar una campaña interesante cuando no puede ofrecer logros personales en la política de su país y Trump podrá presumir su desgobierno y su atrabancada y tramposa manera de jugar sucio para imponer al mundo los intereses de EE.UU.. Conque no me vengan a decir que es un buen negociador. Que nadie se equivoque. ¿Desde cuándo a un tramposo se lo llama así? Y que el mundo contenga la respiración, porque a la mejor no acabamos de ver cosas graves y todavía nos falten.

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