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POR LIBRE

Malditas ideologías

domingo 19 de abril de 2020, 19:38h

Desde que el homo sapiens dejó al chimpancé colgado en el eslabón perdido, el hombre siempre ha buscado a un ente superior que le guiara por el mundo, que le ayudara a entender su propia existencia. Aún hoy desconocemos de dónde venimos y a dónde vamos. Hawking nos enseñó la foto del Big bang, que en lugar de aclarar nuestro origen nos llevó a preguntarnos cómo era el Universo antes de que la cáscara de nuez estallara y se extendiera hasta el infinito. Antes de que existieran el espacio y el tiempo, la materia y la energía.

Ahora, cerca de 14.000 millones de años después, seguimos confusos. El hombre primitivo adoraba al sol, a las estrellas, incluso, a los animales; luego a Jesucristo, a Mahoma o a Buda. Y el actual es adicto a una suerte de droga que es la ideología y que en buena parte ha ocupado el lugar de la religión. Ahora, para muchos, lo trascendente, lo sobrenatural y lo espiritual está detrás de las siglas de un partido, no en Dios. Es el nuevo fanatismo. Porque el ser humano sigue perdido, aturdido, indefenso. En busca de ser acogido en una tribu, en una secta cualquiera donde sentirse arropado. Los políticos, por eso, inyectan en la población sobredosis de propaganda, ondean las ensangrentadas banderas de su ideología para atrapar a los más incautos, a los más débiles, a los más acomplejados, a “los más vulnerables”, como les define Pedro Sánchez.

Harari lo explica con claridad:”los humanos salen del seno materno como el vidrio fundido sale del horno. Pueden ser retorcidos, estirados y moldeados Esa es la razón por la que en la actualidad puedan ser educados para que se conviertan en cristianos o en budistas, capitalistas o socialistas, belicosos o pacifistas.” Y esa es la razón por la que, en medio de esta tragedia del coronavirus, las malditas ideologías renacen de sus cenizas “para moldear” a los ciudadanos mediante la propaganda. Por eso, los políticos desparraman empatía y se convierten de pronto en nuestros “compatriotas”. Sin querer saber que “el patriotismo es el refugio de los cobardes”, como decía Oscar Wilde.

El fascismo y el comunismo son las dos caras de la misma moneda y las ideologías más perversas. La libertad es su gran enemigo y el Estado, la herramienta para dominar a los ciudadanos, para hacerlos más dependientes del poder político. De ahí, la excitación de Pablo Iglesias que, con astucia y decisión, ha aprovechado la crisis sanitaria para arrinconar al cantamañanas de Pedro Sánchez, tomar el timón del Gobierno y asaltar los cielos ocupando y ensanchando el espacio del todopoderoso Estado. Así, el Gobierno del régimen se muestra dispuesto a pagar los sueldos (desde la renta básica a las pensiones), incautar las grandes empresas, adoctrinar a los niños en los colegios y para terminar, imponer la censura. Los ciudadanos pueden dormir tranquilos: el Estado se ocupa de todo.

Y ese todopoderoso Estado se hará aún más fuerte cuando el virus se haya ido y deje el mundo devastado por la brutal crisis económica que se avecina. Cuando las migajas del poder alimenten a media Humanidad. Pero no hay que rendirse. Entre libertad y seguridad, hay que elegir siempre la libertad. Y entre individuo y Estado, al individuo. Aunque nos quieran “retorcer, moldear o estirar” a su medida. Aunque el coronavirus nos amenace de muerte. Aunque las malditas ideologías hayan apresado a “los más vulnerables”.

Joaquín Vila

Director de EL IMPARCIAL

JOAQUÍN VILA es director de EL IMPARCIAL

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