www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Virulentus I

miércoles 22 de abril de 2020, 20:40h

Durante años me desvié en el trabajo, de un patrón estrictamente humano a combinarlo con los reinos animal, vegetal y mineral o mecánico, creando unos seres más propios de la ficción y el cómic/cyborg, que de los ámbitos artísticos tradicionales, pero en verdad no tanto, porque esas fantasías que se denominan mitológicas son la esencia del Arte que nos ha brindado La Humanidad desde sus orígenes.

La figura más antigua de todas parece ser el hombre-león de Stadel, una pequeña escultura de 29´6 cm., tallada en marfil de mamut y hallada en el año 1939 que para ser ensamblada y restaurada tuvo que esperar al final de la segunda guerra mundial y posterior olvido y ya en 1997/98 mostraba al fin, no el casual y espontáneo ejercicio de habilidad de una talla paleolítica, sino la sobrecogedora capacidad de creación de cosas inexistentes por parte de nuestros ancestros, con un grado de sensibilidad y encaje desconcertantes para datar de hace 40.000 años; que pudo necesitar de unas 400 horas de trabajo del tallista y que seguramente, aventuran los expertos, pasó de mano en mano en infinidad de ocasiones porque se alisaron completamente por el sobeteo hasta las vetas del marfil.

De lo que estamos seguros es de que no fue un capricho ni un ensayo afortunado, aunque tampoco sabemos de qué tipo de ritual pudo formar parte y si lo hacía con la música de una flauta de hueso de buitre (Landesmuseum. 2012.Alemania).

Para entenderlo, Jung habla del inconsciente colectivo y de arquetipos, de una unidad imaginativa universal, de que el homo sapiens y sus parientes, además de desarrollarse sobre claves genéticas, arrastraban, les pese o no, una dimensión mítica anterior que fluía a través del arte, ¿Cómo no imaginar entonces, miles de años después, al dios Pan o la figura de un sátiro?. Fantástico.

Sea así o no, yo había iniciado otra escultura, ésta a tamaño superior al natural, que pretendía convertirse en un cristo gitano, pero las continúas ausencias del amigo bailaor que me posaba y que ya se autocrucificaba en los escenarios, hicieron crecer setas en el sótano y en el barro. Y yo me desesperaba impaciente y mi mente se nublaba, como quizás ocurriera en esa gruta de Stadel, hasta que un enorme pájaro de pesadilla se adueñó de la escultura, cortándole los brazos y encogiendo sus garras sobre otra figura, como las aves de presa, para convertirse en un Íncubus aberrante.

“He de confesarme intrigado por la avidez sexual, capaz de anular en un momento toda nuestra humanidad y convertirnos en elementales lamedores de erotismo”

Eso escribía yo para el catálogo ante un demonio que viola en sueños a sus víctimas para conseguir descendencia sin su permiso, y que cuando terminé de modelar, o bien destruía o bien fundía en bronce para la próxima exposición en Malcesine (Italia), donde Goethe estuvo prisionero, y ello a partes iguales.

Soy escultor y no otra cosa y ¿qué más da que parezca la creación de un alucinado?. Pues a partir de esas dudas y su inmediata convicción de que mis obras no son reflejo de nada, salvo de mi imaginación, el estudio empezó a llenarse de cráneos de facocero, cuernas, murciélagos, insectos, corales y cientos de otras vainas propios de un local de taxidermia.

La rapidez con que alternaba los y las modelos era imparable y yo estaba entusiasmado de modelar y modelar, sin preocuparme de hacia dónde y solo de liberarlas lo antes posible del barro y de mis manos. Me sentía como un Dr. Frankenstein muy elemental, a sabiendas de que La Mitología tradicional ha dado forma a unos mitos tan hermosos y perfectos que dudamos incluso hoy de su existencia, (sirenas que aparecen de vez en cuando, esos enormes pies en la nieve del yeti, el unicornio y el narval o el licántropo.) y yo no quería ser menos que los imagineros de nuestra tierra y todos los escultores del mundo imaginario.

Pero echaba al tiempo de menos en esa mitología clásica, tan ajustada a los cánones formales, lo que otras escarbaban bajo el puro desafío estético, reptando desde la sexualidad creadora hacia simbolismos más profundos y con diferentes escalas y conceptos, como ocurre en las oceánicas y del nuevo mundo, las australes, o las africanas y que sin decirlo determinado autor amigo, que parece convencido de que la radicalidad de Picasso y el arte moderno no son sino un simple juego de prestidigitador sobre un puzzle clásico, que van a recomponer para desmontar El Arte con las piezas cambiadas de, por ejemplo, la negritud ( La Negritud. 1971. L.M. Anson).

Y con esa inquietud pasé centrarme en los grandes temas, maravillas de la mitología, pero que en llegando te das cuenta de que el cielo dantesco es mucho más aburrido que su Infierno y eso mismo te pasa con lo virtuoso y los pecados capitales, o los Cuatro jinetes del Apocalipsis, referencia Bíblica de la que Marvel ha desterrado las imprecisiones para dejarlo tan claro para el cine como el color de sus caballos en La Muerte, La Hambruna, La Guerra y La Peste.

Nuestro mundo global empezaba a vestir con un solo traje y esos terribles jinetes ya no acojonaban y parecían descabalgar frente a sus opuestos, con más suicidios que muertes naturales, más obesos que famélicos, menos lisiados de guerra que por accidentes de tráfico y menos Peste que en Muerte en Venecia, hasta que de repente nos llega “Virulentus” y nos acorrala.

VICTOR OCHOA
https://www.victorochoa.com
https://www.instagram.com/vochoaescultor/

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+

0 comentarios