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DESDE ULTRAMAR

23 de abril. De Libros

viernes 24 de abril de 2020, 20:18h

23 de abril: Día Internacional del Libro. Siempre es oportuno exaltar el libro, redescubrirlo, reposicionarlo y si hace falta, defenderlo. Supone la oportunidad de circulación de ideas, la plasmación del pensamiento humano puesto que es la concentración de su saber y de su sentir. Hago votos para que el apabullante dato del número de ejemplares vendidos se acompañe de aquel relativo al número de leídos. Que no siempre es lo mismo ni empatan, por muy afamado que sea su autor, insondables los lectores reales y aunque las cintillas de lustrosos colores colocadas alrededor de cada pieza, así lo indiquen, pregonando el éxito rotundo.

Sí, me incomoda el libro electrónico. Lo sigo prefiriendo de papel, con los bellos estampados, los aterciopelados, encuadernaciones notables o el cuché paloma, si se puede. Con letra legible y contenido fastuoso, salpicado de firuletes o embriagantes como el celofán que los retractila; o con el original e irrepetible diseño de sus portadas, tan cuidado cuando se esmeran a veces en conseguirlo, como sucede con el contenido, empalmando, haciendo en suma de la obra una ocasión sensacional cuando cae en nuestras manos. ¿A que sí?

Contaré a usted dos anécdotas con los libros. La primera me sucedió en Sevilla, estando en la biblioteca de la importantísima Escuela de Estudios Hispano-Americanos. Una mañana de invierno –sí, descubrí asombrado que Sevilla los tiene– me apersoné tiritando en aquella sin pasar antes al Archivo General de Indias, cual era mi costumbre cuando visitaba la capital hispalense muy temprano. Iba buscando la obra de Lourdes Díaz-Trechuelo, sabiendo de ella en mi clase impartida por la dra. doña Rosario Márquez, quien la citó. Quedé sorprendido por lo extensa y rica que resultaba al constatarlo en el ordenador tecleando su nombre y comprendí la trayectoria e importancia de esta filipinista española. Escogí el ejemplar requerido para mi estudios doctorales en la Universidad de Huelva –hoy dirigida por mi profesora doña María Antonia Peña Guerrero– y anotando la colocación, acudí al bibliotecario para obtenerlo.

Al llegar ante él, estaba delante de mí ya formada una señora menuda, regordeta, entrada en años solicitando una pieza. Pidió que le fuera proporcionada no cualquiera, sino una determinada edición, demandándola con tal detalle, con denodada precisión describiéndosela, casi, casi necesitando aquella que poseía el filo de oro, tal cubierta, de Lourdes Díaz-Trechuelo, eso sí. Llamó mi atención la precisión con la cual formuló su solicitud. Y ¡mira qué coincidencia! estaba buscando a la misma autora que yo pediría casi de inmediato. Atendida la modesta usuaria, fue mi turno y ambos pasamos a las mesas de lectura a esperar que nos acercaran los libros rastreados. No me aguanté la curiosidad, me acerqué a ella con sigilo y le pregunté si conocía a Díaz-Trechuelo. Me dijo ojiplática: ¡claro, si soy yo! Pues fue un simpático y muy grato el encuentro. Me dijo muy afable que si un día me pasaba por Córdoba, la visitara en su casa. Me extendió su teléfono. Fue muy amable. No portaba ese día mi cámara –un crimen sin duda, no hacerlo en mi adorada Hispalis, desde luego– pero estoy cierto que de habérsela pedido juntos, a esa fotografía gustosa la habría admitido. No pudo ser.

Otra. Para mí siempre es encomiable leer el Quijote a partes, por fragmentos, cada 23 de abril, si se torna hacerlo en un acto simbólico multitudinario acorde a este fecha, ribeteada con su doble efemérides coincidente de las muertes de Cervantes y Shakespeare. El premio Cervantes además, me parece una iniciativa generosa y loable. Ya luego puedo contarle una experiencia non grata: haberme perdido de leer un pasaje de la universal novela cervantina durante mi breve estancia en el espléndido Círculo de Bellas Artes de Madrid, que mira a la emblemática y cantada calle de Alcalá –verbigracia, en Las Leandras– también en aquella primavera de 2005. Acudí a la magnificente Sala de Columnas del renombrado sitio para sumarme a la lectura quijotesca convocada cada año. Así, me dije, sería parte de tan peculiar costumbre que me había ilusionado tanto como me entusiasmaba pensar que servidorito atravesando el Atlántico, tuviera tan buena suerte de poderla efectuar en la mismísima España.

Quedaban por pasar muchas personas antes de que fuera mi ansiada oportunidad y la fila no avanzaba, sencillamente porque se acercaban funcionarios y famosos a leer su parte, recién llegados a quienes se permitía sin más, incorporarse sin hacer fila, antesala, pues, entremetiéndose y postergando el momento. Tal vez con cita, pero ¿todos? Cosas del renombre y la fama, ya se sabe. Más de una hora y media sin avanzar. Fue decepcionante. Sí sucede y se lo reafirmo. Por alguna razón que no recuerdo, yo debía de retirarme esa noche, así que me quedé con las ganas. Ya habrá ocasión algún día. Eso sí, la pena fue poco duradera merced a que nada más salir a la acerca tenía casi frente a mí el esplendoroso edificio Metrópolis –mi favorito en la Villa y Corte– ubicado en el madrilenísimo entronque de Alcalá y Gran Vía. Como me encanta, lo cito de pasada, por no dejar.

Pues a otra cosa, mariposa. ¿Qué el 23 de abril dejó ser el día oficioso del idioma español? Pues mucho que lo lamento. Con lo agradable que es el mes de abril. A mí me parece extraño el criterio del Instituto Cervantes de conmemorarlo cercano al solsticio de verano. No me agrada. No le hallo la cuadratura al círculo. Con lo bien que sienta regalándose libros con una rosa coincidiendo con esta remarcada fecha.

Y todo lo expresado que no sea óbice para refrendar que el placer de hablar el idioma que nos une a tantos paga cualquier incidente o sinsabor, compensados por encuentros fortuitos y gratos como el que les comenté en la primera historia aludida en esta entrega abrileña.

Yo soy de a quienes agrada conmemorar como día del idioma esta jornada del 23 de abril. Y un libro lo cojo cualquier día para regodearme cuando su lectura es ágil, aleccionadora, enriquecedora, cuajada de vocablos nuevos que dibujen contornos firmes y definidos de arquetipos y pergeñen elucubradas frases lapidarias que, provocadoras, bosquejen posicionamientos, planteamientos, retadoras manifestaciones y conceptos universales y asequibles al entendimiento; muy aparte de sus autores, que suelen ser lo que menos veo cuando los leo. Salvo a los priistas ¡ja! que evado deliberadamente pues dicen ser escritores y son una pifia, ya lo sabe, con su nulo aporte en estas lides y en gobernar. No lo olvide.

Aunque la cuarentena en México no me ha dejado mucho tiempo para hojear algo, tomó de aquí y de allá, mientras brinco de un texto a otro, en tanto lo repaso desgajando algunas líneas para no caer en la abulia y cual pasatiempo regalón sin engolosinarme. Nada en especial y un poco a lo que caiga. Mas la circunstancia es propicia y afortunada para recordarnos el placer de tener algún volumen para repasarlo, cual uno de los satisfactores que aderezan la existencia y engrosan nuestros saberes, porque en ellos yacen lecciones de toda índole, paramentando nuestro horizonte. Así que nunca perdamos el regusto por leer.

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