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Diarios

Henri-Frédéric Amiel: Diario íntimo

domingo 26 de abril de 2020, 21:01h
Henri-Frédéric Amiel: Diario íntimo

Edición completa según el manuscrito original, Traducción y prólogo de Clara Campoamor. Introducción de Bernard Bouvier, Renacimiento. Sevilla, 2019, 792 páginas. 29, 90 €.

Por Francisco Estévez

El presente volumen que roza las ochocientas páginas pone de nuevo en circulación la selección más amplia del Diario íntimo de Henri-Frédéric Amiel (1821-1881) que se dispone en español. La descomunal amplitud del proyecto del ginebrino, básicamente compendiar toda su vida, hace que sea complicado incluso preparar la edición de uno sólo de los treinta y cinco años que tenazmente redactó. Resulta esta reedición de aquella traducida por Clara Campoamor y compendiada antes por Bernard Bouvier del que también aquí se incluye su clásica introducción y notas. Los Fragmentos de un diario íntimo se publicaron en 1884 y se ampliaron en posteriores ediciones.

Ya habían aparecido diarios de semejante cariz como los románticos de Lord Byron o el privado de Samuel Pepys, pero, sin duda, fue el gran calado de la inspección y la tenaz observación de Amiel las que dieron patente de corso al género. Además, el desplazamiento del eje estructural del diario, de lo externo a lo interno, sin cortapisa alguna, siquiera la propia vergüenza fue también fundamental. Este acento íntimo subraya la atención en la psicología del propio autor, el diario queda pues volcado hacia el interior del individuo y no tan abierto a la sociedad. A su vez permanece sujeto a un tipo de franqueza fuerte o de su simulación que conecta rápidamente con la simpatía lectora, la colección de secretos inconfesables y la curiosidad morbosa del lector.

La influencia de la escritura de los Fragmentos de un diario íntimo fue fulminante y en España de todo punto decisiva. Galdós asimiló a la perfección y con todas sus consecuencias narrativas aquella entrada celebérrima con que Amiel cambió un paradigma de visión al completo: “Todo paisaje es un estado del alma, y el que lee en ambos queda maravillado de encontrar en cada detalle la semejanza […] El alma de la naturaleza es adivinada por el poeta, mientras que el sabio no sabe más que acumular los materiales para su demostración”. Un primerizo Unamuno utilizó el patrón galdosiano en sus artículos de prensa pero sin la profundidad del canario, aminorando el calado psicológico. Tanto Baroja como Antonio Machado, Azorín, el propio Unamuno... generalizaron el uso del paisaje “como” estado del alma en España.

Pero ya antes Galdós incluso había quitado la comparación y fue más extremo en el uso. En cualquier caso los Fragmentos del diario íntimo de Amiel como conviene seguir llamando en puridad al texto a falta de su improbable y dificultosa edición, dejaron camino expedito una exploración nueva posibilitando por ejemplo, que mucho después Kafka expresará su misteriosa mentalidad en sus Diarios (1910-1923) o que el mismo Miguel de Unamuno expusiera su crisis espiritual en sus cuadernos íntimos.

Gregorio Marañón se ocupó de los diarios en Amiel. Un estudio sobre la timidez (1932) donde acusaba la introversión del autor a “una vida sin relieve, una biografía gris”. Sin embargo, las páginas editadas resultan a la postre un estudio delicado del yo con apasionamiento pormenorizado. La observación sin pestañeo de Amiel, como es sabido, avizora todas las esquinas del alma humana. Fijo atención aquí, por ejemplo, a las dificultades del escritor cuando observa su carrea literaria: “Siempre reservo lo importante, lo grande, lo grave, y en tanto quiero liquidar la bagatela, lo lindo, lo precioso. Seguro de mi atracción por las cosas vastas y profundas, me detengo en sus contrarias para no perjudicarlas”.

O las sospechas por la pervivencia y utilidad de su obra también reflejadas por el genial hermeneuta hugonote cuando se pregunta aquello de “¿Durará mi nombre un día más que yo y significará algo para alguien?". Por otro lado, una simple visita al dentista le conduce a una antológica reflexión sobre la fe a la que pone punta con el recuerdo del único momento en que los monjes trapenses rompen su voto de silencio, que es para recordarse a su vez entre ellos: “Hay que morir hermano”.

Se pueden espigar con sumo aprovechamiento multitud de entradas de los cientos de pensamientos que aquí se aprietan de Amiel, sobre la concepción de la mujer, sobre la religión, sobre la vida interior, el arte, la carrera literaria, etc., observados bajo la lupa inmisericorde de su voluntad constante y guiado por una cualidad analítica sublime. Cierta “languidez homicida” le acometía a ráfagas conduciéndolo a la reclusión en la escritura, es decir, la perfecta antinomia del escritor actual, volcado en las redes sociales.

Buena síntesis icónica de la vivencia de Amiel, pudiera ser la entrada del 22 de junio de 1869 donde la observación de una mosca muerta sobre una página de un libro conduce irremisiblemente al análisis del sentido de la vida que, fiel a la religión, entiende como un préstamo. La reflexión final: “Mi mosca sería un alma anónima”. El avance que supuso este biógrafo impenitente de sí mismo y su vigencia hoy día le renuevan como el clásico que es. En suma, y por decirlo rápido, en estas páginas queda el reflejo de un espíritu “que se pasó la vida estudiándose a sí mismo”.

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