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FRACASA MEJOR

Javier José Rodríguez Vallejo, raíces permanentes

lunes 27 de abril de 2020, 20:24h

Javier José da dos pasos al café Tim Hortons y no se cae de bruces, es como un pura sangre cargado de lecturas. Es un lugar muy mexicano y muy canadiense. Debajo del Puente de la Joroba, en Saltillo, son las 8.23 de la mañana, la inspiración está quieta, pero todo lo demás, son tentáculos de la gran realidad. Sabe aquello que repetía Adam Zagajewski: “Leer poesía requiere mucha energía. El lector de poesía también es un poeta, un poeta que ha decidido no explicarse”. Al salir del café oye los pájaros cantores en Coahuila y se recrea con la idea del significado del sueño. A las once de la mañana ¡qué tiernos pueden llegar a ser! escribe en el periódico sin dar abasto como un cirujano en el campo de batalla. Le gustan los artículos con metamorfosis de originalidad.

Cada día Javier José acaricia perros en su regazo, lee a Kafka, El pasaje del desaparecido, donde dice: “Cuando el coche, saliendo de las callejuelas oscuras y sordamente resonantes, atravesaba alguna de esas arterias parecidas a plazas enteras, aparecían a ambos lados perspectivas que nadie podía seguir hasta su fin; las aceras estaban llenas de una masa que se movía a pasos diminutos y cuyo canto era más unitario que si se tratase de una sola voz humana”. Él
comprende que la literatura es ir concentrado en sus más obsesivos pensamientos. Tierra y luna, sol y estrellas, Javier sonríe, dibuja a Pessoa olvidándose de todos los ataques y de todas las destrucciones. Cuando en el Libro del desasosiego observa que la anotación con la conciencia de los sentidos es más importante que los sentidos mismos, le suena a tener los ojos cansados de sopor con las lentes de Soares. Ha vuelto a leer a Pessoa y la calle se frunce de luz intensa y pálida. Y el cielo empieza a estar limpio ¿o no?, pero de un azul malo.

Mi amigo me habla de su hija Geraldine, que le trae escrituras alegres en tiempos difíciles, inundadas por su inconsciente. Es enemigo de su yo nocturno, se viste bien y se prepara para no echar miradas al mundo superficial, le gusta la poesía española, sobre todo la de Antonio Gamoneda, su Blues castellano le convierte en buen buscador de tesoros de cualquier museo. Cuando se sienta en el escritorio la perra Khamila se posa elegantemente encima de él. Ella podrá convencerle si está equivocado. “La dignidad humana es el último recurso que tenemos”, exclama Javier mientras convierte todo en alfileres de fantasía.

Estudió posgrado cada sábado volviendo a repetirse que tenía mucha suerte de estar metido en asuntos importantes. Entierra todas las hachas que encuentra para vivir en armonía. Políticamente sabe que todo el mundo hace pedazos a todo el mundo. Me cuenta cosas de Madero y del inicio de la revolución mexicana: “Madero tenía una buena idea del concepto, había estudiado en Francia y en EUA, era un ilustrado y civil. Los intelectuales estaban a favor de Porfirio Díaz. Eran pocos los que estaban de su lado”. La revolución es estar rabioso como un cachorro contra las injusticias. Es arrinconar a las malas artes y que no les quede más remedio que aflojar. “A la muerte de Madero cobró otros tintes más ideológicos y de conveniencia”.

Las raíces hay que conservarlas tratando de que las energías no nos abandonen y esto lo sabe Javier José. Él está dotado de una facilidad verbal extraordinaria. Conoce la historia mexicana y la historia española. Es de hierro e invencible si está despierto y hablando con los suyos, suspira profundamente humanismo. La raíz de la familia le da un gran oído, junto a ella surgen instantes de inspiración, aventuras y viajes. Los detalles comienzan a dar vueltas.

¡Paciencia, paciencia! La dignidad está en la taberna de la esquina entre hurones. La dignidad le hace armarse de valor para salir del atolladero. Walt Whitman le enseña de dónde viene su fuerza, sin la literatura todo carece de lógica y de continuidad, es la que nos da la oportunidad de explicarnos sin andar con pies de plomo. Todos los días es una batalla, un duelo, un enfrentamiento y somos presos de un auténtico pavor. Cada palabra es un eslabón de una cadena invisible.

Tiene una cara parecida a un escritor humilde. Hoy es lunes, y llegan los audios y las fotos de Javier. Hoy es lunes y me habla del tequila de Jalisco, añejado, de su transformación repentina soñando en voz alta. Javier se pierde y reaparece en el jardín diciendo: “Solo mis amigos espectrales e imaginados, solo mis conversaciones resultantes del sueño, tienen una verdadera realidad”. Hay un jardín profundo debajo de su jardín, hay una estatua de Gógol ante la que se quita el sombrero. La realidad es disfrutar nuestras charlas en este soplo oscuro, construir la amistad con las palabras que salen a raudales de la boca. “Ya nacieron cuatro azucenas aquí en mi casa, tu casa”, me dice.

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