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TRIBUNA

El virus “Leninista”

miércoles 29 de abril de 2020, 20:37h
Actualizado el: 29/04/2020 20:44h
(El 150 aniversario del nacimiento de Lenin)

Hace pocos días se cumplieron 150 años desde el nacimiento de Lenin, el gran revolucionario ruso, quien del “Fantasma del Comunismo” de Marx, que vagaba por Europa en aquellos tiempos, hizo una realidad en la sexta parte terrestre del planeta que ocupaba el Imperio del Zar.

El “fantasma” hecho realidad empezó a propagarse como un verdadero virus por todo el mundo. Los más afectados fueron los países “viejos” – como sabemos el virus primeramente ataca a los organismos de más edad – unos imperios centenarios, con los regímenes estables y prósperos, pero muy vulnerables a las
traicioneras “proteínas” de la libertad y de la igualdad.

El virus “leninista” arrasaba el planeta. Causó dos guerras sanguinarias, unos imperios enteros caídos: el ruso, austro-húngaro, otomano, británico, francés, alemán, italiano y el japonés. A veces se mutaba: en un virus “fascista”, luego “nazi”, pero, una vez combatidos estos dos por la humanidad libre y democrática, el virus original, el “leninista”, seguía haciendo estragos en la tierra.

Una verdadera pandemia, con cientos de millones de víctimas, en todos los países y continentes a donde había llegado y quedado. Rusia (la Unión Soviética); todo el centro europeo: Polonia, Hungría, Rumania, Bulgaria, Checoslovaquia, la mitad de Alemania (Alemania Oriental), Albania, Yugoslavia; en Asía: China, Vietnam, Camboya, Laos, Corea; en África: Congo, Angola, Etiopía, Mozambique y los contaminados en partete, como Tanzania, Somalia, Sudan, Ghana y Guinea; en el continente americano: Cuba, Nicaragua, Venezuela; en Oriente Medio: Egipto, Siria y algunos infectados, pero no caídos definitivamente.

El virus “leninista” era una verdadera plaga, arrasó medio mundo y se manifestaba siempre con los mismos síntomas: millones de muertos, terror, miseria y desigualdades humanas jamás vistas hasta entonces. Pero los médicos “democráticos” declararon una guerra a este virus tan virulento, una guerra “fría” y el virus, debilitado por su propia agresividad y las bajas temperaturas, tuvo que ceder, y muchos países se recuperaron de esta grave enfermedad, rehabilitaron sus “anticuerpos” democráticos, y, finalmente, el virus “leninista” casi desapareció, quedándose como un residuo, como un recuerdo de lo que fue y con el que hay que seguir luchando, en países como Cuba, Corea del Norte y Venezuela.

Y, de repente, este virus “leninista” empezó a brotar de nuevo, en Europa, en un país, que ya había sufrido su nefasta aparición, pero fue erradicado y parecía que estaba inmune. Pero resultó que no, que la inmunidad no era eterna, las defensas han bajado, los anticuerpos “democráticos” se debilitaron y el virus empezó a tomar fuerza. Y le ayudó y sigue ayudando el otro virus, el auténtico, el biológico que, curiosamente, había venido de un país comunista-capitalista (otra rara mutación del “leninismo”), arrasando con la misma crueldad que su hermano mayor ideológico, el “leninista”. Este país, como ya lo ha adivinado lector, se llama España.

Y si no tomamos medidas urgentes contra este rebrote del “leninismo” en nuestro país; si no quitamos las máscaras a los farsantes que intentan reavivar aquel fantasma centenario que ya había demostrado su mortífera realidad; si no nos lavamos las manos y los oídos al leer y escuchar las venenosas mentiras que nos intentan meter en las cabezas; si no creamos unos fuertes anticuerpos democráticos para combatir este virus “leninista”, las consecuencias para la sociedad y para cada uno, independientemente de sus creencias ideológicas, religiosas o políticas, serán mucho más graves y dañinas que las que puede producir el propio “coronavirus”. El autor de estas líneas nació en la “Meca” del comunismo mundial, en la Unión Soviética, donde estaba exiliado su padre, un destacado comunista español, después de la derrota de la República. El padre procedía de una familia acomodada, burguesa, y le habían contagiado aquel virus romántico del comunismo-redentor. Consciente de las injusticias y de las desigualdades de la España en los años 20-30 (del siglo pasado) se apuntó al comunismo, pensando que era el mejor sistema para solucionar los problemas sociales.

Durante 38 años en el “paraíso” comunista comprendió muchas cosas. Y, al volver a España, después de la muerte de Franco, en las primeras elecciones democráticas postfranquistas no votó al Partido Comunista (a los suyos), ni al Partido Socialista, sino a la UCD de Adolfo Suarez, promotor de la democracia en España. Con esta postura, el viejo comunista, que había vivido media vida fuera de su patria, quiso demostrar su reconocimiento al progreso económico y social que logró España durante el régimen franquista, contra el cual él había luchado con tanto fervor idealista. Mi padre apostó por la reconciliación entre los españoles y por la construcción de una verdadera democracia en su patria que había sufrido la peor de las guerras que existen, la “civil”.

Y cuando el hijo, quien también ha conocido el socialismo-comunismo real, ahora es un testigo de como algunos, no pocos, intentan de nuevo sembrar la discordia entre los españoles. Reavivan los odios y siembran las malas pasiones. Observando todo esto, el hijo del comunista Cimorra, no puede dejar de levantar su voz contra esta gente. Callarse sería traicionar el legado de su padre y de sus propios principios democráticos.

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