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TRIBUNA

Pactos de la Zarzuela

sábado 02 de mayo de 2020, 20:46h

La gravedad de la situación que vivimos requiere un marco más representativo de la nación. El Parlamento lo es y a él se ha vuelto tras intentar escorarlo. Es el altavoz de los criterios nacionales. La cara del pueblo. Los debates muestran, sin embargo, que no hay unidad de criterio ante la tragedia que nos embarga. Se ha intentado reproducir los denominados Pactos de la Moncloa (1977), con los que se condujo la acción política de España en momentos también cruciales de su historia. La división de tendencias, la incertidumbre reinante y la poca credibilidad mutua de los partidos indican que no están a la altura fundacional de aquellos años. Se pretende reunir ahora a representantes democráticos en unas comisiones de reconstrucción. Y esta palabra, compuesta, nos retrotrae al fundamento: la construcción del Estado. ¿Hay que volver a construirlo?

Conociendo el perfil del Gobierno, la convocatoria parece un brindis al sol. Un modo de ganar tiempo y seguir resbalando con reuniones sobre una mancha de aceite que se extiende día a día. El presidente hace lo mismo con los independentistas catalanes que lo sostienen por un hilo en la Moncloa. La preocupación es evidente. Se criticaba el bipartidismo del PSOE y el PP en la alternancia de poder político durante cuarenta años. El actual presidente consiguió fragmentar a lo que denominan derecha en otras dos escisiones partidistas: VOX y Ciudadanos. Fue su gran finta en período de investiduras frustradas (2016) y gobiernos cortos (2016, 2018, 2019) que debilitaron el prestigio de la política. Le ayudó el fino olfato, o la información filtrada, de felino en tensión de asalto a la presa descuidada. El PP ya era un animal herido y autofágico. En plena segunda presidencia de Mariano Rajoy (2016-2018), uno de sus ministros intentó derrocarlo con ayuda de una empresa notable del Ibex 35. Y el socialista saltó sin pensarlo sobre el botín inesperado. Propuso una moción de censura contra Rajoy y la ganó (junio de 2018). Se hizo de este modo con la presidencia de España. Fue su tercer y nuevo gran triunfo tras haber recuperado —el segundo— la secretaría general del PSOE (2017) después de haberla obtenido (2014) y abandonado (2016) para dar otro giro sagaz de contumacia entre agrupaciones socialistas de base. Intentó repetir el amago por la izquierda para debilitarla recuperando un manojo suficiente de votos antes perdidos con el trasiego de primarias y renuncias. La escisión comunista en dos o tres secesiones también lo benefició, con Podemos como estandarte de una tan nueva como ya antigua revolución en marcha (Spanish revolution). Obtuvo en el filo de la tensión los necesarios apoyos de agrupaciones medianas, menores o residuales y formó una mayoría de gobierno (2019) tan atípica como su propio afán de poder sin contraparte. Es su último triunfo hasta este momento. Pretendidamente histórico. Reta al pasado rompiendo un tabú que minaba la historia de España desde 1936. Hoy la gobierna un frente político de independentistas, republicanos añorantes y grupos hasta ayer pistola y metralleta en mano. Casi todos ellos reconvertidos en demócratas de conveniencia. Y la mayoría contrarios a la Constitución y al Derecho que los faculta como señorías de Estado. Difícil consenso.

Tal el contexto subyacente de los pactos y comisiones que pretenden reconstruir la democracia española sobre las cenizas de un crematorio nacional y el empleo otra vez desencajado. Entre el luto, el tejido empresarial y económico arruinado, la población confinada y vigilada, ciertos ministros decretando leyes casi de tapadillo y un paro que puede convertirse en algarada inquietante.

España parece un laboratorio de la globalización frustrada por el Covid-19. Se revuelve intentando una salida airosa de la tragedia. Y viendo el hueco fúnebre que cada día abre su entraña a pesar del formalismo progresista del que presume, agita la cabeza desorientada. No acierta a concitar esfuerzos y a convertir, como en otras épocas precarias, la necesidad en fuerza creadora, la desgracia en heroica fortaleza. Y héroes hay, devorados en pleno transcurso del drama: enfermeros, médicos, militares, grupos caritativos, gente espontánea que ayuda y consuela, anónimos laborales.

Se confunde el Gobierno con el Estado. El bipartidismo de antes es hoy polarización reciclada de las dos, si no ya tres Españas. Falla la respiración entre ciudadanos y representantes. El presidente trastoca la comunicación en propaganda y mercado electoral. Pretende suplir con su estatura e imagen mediática —medios que él, como presidente, domeña y subvenciona— la talla de Estado. Hábil para la asamblea, bambalinas de partido, desgaje de comisiones, mesas de incesante diálogo rotativo, carece —eso transmite— de aptitud de gobierno. Dice y desdice lo dicho. Afirma y niega lo afirmado, o viceversa. Promete y amaga. Y tiempos difíciles requieren dotes especiales.

Esta carencia se traduce en falta de credibilidad ante el resto de Europa. El norte continental no se fía. España quiere más dinero por la trastienda de la deuda que no logra revertir. Ha empeñado la economía. Ha vendido su sombra. Le queda el potencial de consumo y servicios, incrementado cada cinco o seis meses en setenta u ochenta millones de turistas. La nación más poblada de Europa durante casi medio año. Unos ciento veinte millones de consumidores. Y tiene una situación estratégica en el concierto geopolítico, con un resabio de historia internacional aún envidiable.

En tal coyuntura sí reaparece la finta y el quiebro avispado. Europa, América y China dominan o regentan los principales bienes productivos de España. Nos tienen a crédito y con intereses cada día más solemnes. Es lo que podemos seguir vendiendo y avalando: un consumo desmedido, un gasto que reporte más beneficios al prestamista. Un agujero negro que se transforme en blanco y blanqueo de capitales. Y en eso estamos, estuvimos. Por eso solicitamos bonos que no podemos pagar, disimulos de subvenciones, balones de oxígeno, respiraderos. Resoplamos.

A este reclamo acuden los acreedores internacionales. El objetivo es que Europa nos avale frente al resto del mundo. Si nosotros no pagamos directamente, sí con el resoplido, y que nos embarguen. La cuestión es disponer de dinero por vía de urgencia. Al fin y al cabo, solicitamos parte del rédito por el alquiler de España.

Me resultó curioso un artículo reciente de George Soros en un periódico importante de Madrid. Pretende convencer a Europa de emitir eurobonos para compensar el desequilibrio económico entre el norte y el sur. Hace unas semanas, el periodista argentino Nicolás Morás (plataforma Libertad y Equidad) se hizo eco en el canal TLV1 de una llamada de Soros al presidente argentino Alberto Fernández. De ella, y según esta información, se desprende una oferta multimillonaria de dólares a cambio de ciertos requisitos. El préstamo le permitiría a Argentina, entre otras prebendas, postergar y rebajar la deuda a largo plazo, tener aranceles especiales de compra en el mercado internacional y convertirse en la farmacia, centro energético, digital y de enseñanza telemática de América del Sur. Propone, a cambio, contravenir la imagen presidencial de Brasil, decretar el aborto y crear una red de clínicas para ello, ampliar, ¡curioso!, los plazos de confinamiento por la pandemia viral, una reforma educativa adaptada a las redes telemáticas (mano de futura obra barata) y transformar el sistema energético con energía renovable. Además, y he aquí la sorpresa, crear una red de plantas industriales de la farmacéutica Grifols. Esta compañía internacional con sede originaria en Cataluña se dedica principalmente a hemoderivados y a plasma contra el coronavirus. En 2019, Soros invirtió en ella, según Nicolás Morás, treinta y ocho millones de dólares. Tal vez sea casualidad, pero un laboratorio Grifols figura asociado a las siglas SIGRE de la fundación Open Sociaty —título que recuerda a Henri Bergson y Karl Popper— de Soros. Y aquí aparece también un laboratorio denominado Intrapharma, asimismo catalán. Hace poco saltó a primer plano informativo una firma coincidente con este nombre como intermediaria en la gestión y compra de material sanitario por parte del Gobierno español.

Sirva esto como ejemplo de la tensión y cruce financiero de los grandes grupos (lobbies) de presión mediática, política y tecnocientífica sobre países deficitarios como el nuestro.

Dada la situación, el marco de encuentro entre agrupaciones parlamentarias debiera ser el más representativo de España, la jefatura de Estado, no solo el Gobierno, además bicéfalo, y la oposición parlamentaria, dividida, fragmentada, en casos residual, y ahora mermada y distribuida entre escaños vacíos por prevención ante el contagio. Y el jefe del Estado español es el Rey. Su presencia otorga al anunciado objetivo de reconstrucción nacional otro soporte e imagen. Refuerza además el vínculo existente entre la Nación y el Estado, como consta en la Constitución.

Asistimos actualmente, y ante la fingida, hipócrita crisis de la globalización, a un intento de escindir las naciones de su cohesión como estados. Se promueve en su lugar, inducidos por el deterioro del sistema ecológico, el término glocalización. En esto coincide hasta el comunismo, que da un giro estratégico a su pretensión internacional con conceptos como comunismo patrimonial, el de China, por ejemplo. Conseguida la escisión, estas naciones recaban título de Estado o pasan a depender, como nuevas colonias mercantiles, de otras potencias políticas.

Debiera aprovecharse también esta iniciativa para reforzar la integración de España en la Unión Europea. Y vendría bien confirmar oficialmente la adhesión española a la resolución, no vinculante, pero rogatoria, del 19 de septiembre de 2019 del Parlamento Europeo (2019/2819 RSP) sobre la importancia de la memoria histórica europea para el futuro de Europa. En ella se “Condena toda manifestación y propaganda de ideologías totalitarias como el nazismo y el estalinismo, en la Unión”. Si pedimos dinero, seamos también consecuentes con las disposiciones de quienes lo prestan.

Zarzuela hoy, por tanto, como fue Moncloa, ayer, sede de pactos para reconducir la economía, el tejido empresarial, el empleo, la orientación y consolidación política del futuro de España. Este futuro es hoy presente europeo al que hemos contribuido millones de españoles con nuestro trabajo, emigración, esfuerzo y ahorros. Y está en peligro por razones conocidas. El Rey debiera abrir las puertas de la Zarzuela, por lo menos, al inicio de los pactos de reconstrucción nacional. Y si no in situ, sí presidiendo su apertura en el Parlamento. Es norma no entreverar su figura en asuntos de política gubernamental. Cierto. Lo que ahora se pretende atañe, sin embargo, a la reconstrucción nacional. Y ello implica también al jefe del Estado, al menos como garantía y “símbolo de su unidad y permanencia”, en cuya virtud “arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones”, y además “asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales” (Título II, Artículo 56. 1 de la Constitución). Su presencia contribuirá al crédito de España. Basta con que el presidente del Gobierno lo invite a presidir los pactos. Una deferencia.

Antonio Domínguez Rey

Catedrático, escritor y crítico literario

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