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ORIENT EXPRESS

Memoria de Juana de Arco

domingo 03 de mayo de 2020, 20:17h

El próximo 16 de mayo se cumplen 100 años de la canonización de Santa Juana de Arco (circa 1412-1431) por el Papa Benedicto XV. Si siempre es una buena ocasión para recordar a una santa, este siglo casi cumplido nos permite recordarla doblemente. Por si fuera poco, resulta que es francesa y los lectores de esta columna ya saben que, si se trata de la Dulce Francia, cuya lengua aprendí de mi madre toda ocasión me parece propicia para la celebración y el recuerdo.

Después de la bellísima catequesis que Benedicto XVI le dedicó a la Doncella de Orleans en su audiencia general del 26 de enero de 2011 -la editorial Ciudad Nueva la publicó felizmente en el libro “Maestros y místicas medievales” que recopila las catequesis del Papa emérito sobre ese periodo- es difícil escribir sobre esta santa que “había comprendido que el amor abarca toda la realidad de Dios y del hombre, del cielo y de la tierra, de la Iglesia y del mundo”.

Nacida en la Edad Media, en un tiempo en que había, como recuerda Benedicto XVI, un Papa, dos antipapas, y “continuas guerras fratricidas entre los pueblos cristianos de Europa, la más dramática de las cuales fue la interminable Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra”, sospecho que a Juana la hubiesen considerado una fracasada en nuestro tiempo. Analfabeta, religiosa, devota y virgen, guerrera con las armas en la mano -imagínensela ahí luchando contra los ingleses en la defensa de Orleans- para algunos (incluso para muchos) sería una mujer alienada, sometida, manipulada. Ella decía que “Nuestro Señor debe ser el primer servido”. En un tiempo en que el “yo” es la única instancia de justificación y conocimiento -así nos va, naturalmente- la Doncella no parece de otra época, sino de otro planeta.

Sin embargo, creo que precisamente por eso debemos hacer memoria y recordarla, es decir, traerla de nuevo al corazón con toda su vida: la oración, la evangelización entre los soldados, los combates y su muerte en la hoguera como consecuencia de un proceso contra ella que finalmente fue anulado. No hay Paraíso sin Calvario. Dios exige mucho, pero paga mejor que nadie y no falla nunca.

Ahora bien, a Juana no la llamó Cristo para encerrarse, sino para salir al campo de batalla y, como dice de nuevo el Papa, “comprometerse en persona por la liberación de su pueblo”. Esto suena algo impopular en nuestros días. Comprometerse por el medio ambiente, los animales o la humanidad nos resulta encomiable -y a mí también me lo parece, claro está-pero eso de comprometerse por nuestro pueblo suena un poco raro. Queda mejor decir que es por “la humanidad” y evitarnos sospechas.

Sin embargo, no amamos en abstracto, sino en concreto: en un tiempo y en un espacio, es decir, en la Historia. Fue en un determinado lugar y en un determinado momento que Cristo salvó al mundo. Los monjes benedictinos que hicieron Europa se apegaban al lugar donde se alzaban sus monasterios como echan las raíces los árboles y, salvo causas muy justificadas, muchos no dejaban el monasterio en el que ingresaban. Recuerdo la abadía de Pannonhalma, en mi añorada Hungría. Los benedictinos llevan siglos cultivando esas tierras y rezando por la humanidad desde su abadía, es decir, desde lo concreto. Ojalá nos comprometiésemos más con nuestro pueblo y menos con abstracciones que, en realidad, comprometen bien poco.

Juana de Arco es uno de los rostros más luminosos de Francia. No creo que eso menoscabe ni un ápice la universalidad de su figura y su ejemplo. Para aspirar a la santidad, no hay por qué aborrecer la tierra que a uno lo vio nacer ni el pueblo que lo acogió ni la lengua que aprendió ni la comunidad a la que se pertenece. Ahí está Santa Juana de Arco, la Pucelle d'Orléans, con su armadura, luchando por la liberación de su pueblo.

Esta columna celebra el próximo centenario de su canonización.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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