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Ensayo

Joan Solé: El ascenso de los totalitarismos

domingo 03 de mayo de 2020, 21:36h
Joan Solé: El ascenso de los totalitarismos

Shackleton Books. Barcelona, 2019. 192 páginas. 12,90 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

En El ascenso de los totalitarismos. Política, sociedad y economía en el periodo de entreguerras Joan Solé nos ofrece una obra que todo historiador y politólogo debe consultar. En efecto, el autor expone de una manera dinámica, didáctica y ordenada los rasgos del fascismo italiano, nazismo alemán y estalinismo soviético, reflejando sus elementos comunes pero también sus diferencias. Las tres ideologías se caracterizaron por la vulneración sistemática de los derechos humanos y por el desprecio manifestado hacia la democracia liberal, la gran víctima del periodo 1919-1939, particularmente en Europa.

El término totalitarismo fue “inventado” por el fascismo mussoliniano. En consecuencia, se le revistió de connotaciones positivas, las cuales desaparecieron al término de la Segunda Guerra Mundial. Al respecto, a partir de 1945 la escarapela de totalitario la monopolizó el sistema político y económico soviético.

Con todo ello, tras establecer un cuadro general de características, Joan Solé disecciona de manera individual en qué consistió el fascismo, el nazismo y el estalinismo y, sobre todo, qué factores posibilitaron su ascenso y mantenimiento en el poder. En este sentido, Alemania e Italia compartían revanchismo hacia el Tratado de Versalles: la primera porque entendía que se le había privado de la soberanía nacional; la segunda porque no vio cumplidas sus aspiraciones territoriales, a pesar de formar parte de los vencedores de la contienda bélica.

Como nexo de unión entre ambas naciones observamos dos elementos fundamentales. Por un lado, una suerte de glorificación de la violencia, considerada por Hitler y Mussolini como herramienta legítima con la que perpetrar un cambio político. Por otro lado, una errónea creencia manifestada sobre todo por las clases conservadoras, en función de la cual éstas últimas sostenían puerilmente que tanto fascismo como nazismo podrían resultar de utilidad a la hora de garantizar el orden social: Creían que, después de aplastar a los movimientos de izquierdas, se atenuaría su agresividad y se integrarían con normalidad en el sector derechista” (p. 113). Sin embargo, como la historia ha demostrado, tal pensamiento simplemente allanó y aceleró el acceso de los mencionados dirigentes al poder.

A partir de ese instante, se acabó la democracia en Italia y Alemania, presentando Hitler y Mussolini un proyecto político con el que comulgó buena parte de la población, en particular con el componente expansionista de aquél. Esta idea es fundamental y Joan Solé insiste en ella con acierto a lo largo de la obra. En efecto, ha resultado habitual que tras 1945 muchos de quienes colaboraron con el fascismo y el nazismo, rechazaran cínicamente tal cooperación interesada. En palabras del autor: “En general, la actitud predominante fue aquiescencia y complicidad pasiva, cuando no de resuelta adhesión. El nacionalsocialismo no fue un fenómeno al margen de los alemanes: la mayoría de estos lo aceptó y asumió. Aunque al término de la Segunda Guerra Mundial muy pocos alemanes aceptarían identificarse con los nazis, lo cierto es que el NSDAP gozó de un alto respaldo popular como mínimo hasta el año 1943” (p. 147).

¿Y la URSS? El totalitarismo estalinista tuvo un origen diferente al del fascismo y nazismo. En efecto, sus raíces inmediatas las podemos hallar en el golpe de Estado protagonizado por los bolcheviques en 1917 bajo el liderazgo de Lenin. Éste último también idolatraba la violencia como instrumento de obligatorio uso para implementar el comunismo, ese “paraíso en la tierra” cuyos liberticidios ha reflejado la Historia.

No obstante, con Stalin la violencia llevada a cabo desde el gobierno cobró dimensiones desconocidas hasta entonces, alcanzando tanto a miembros del partido (Trotsky, Bujarin, Zinoviev, Kamenev…) como al resto de la sociedad. La década de los años treinta particularmente, así lo refrendó, observándose una represión tan organizada como la de los nazis, cuyo paradigma fue el gulag.

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