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TRIBUNA

La Calle de la Verdad

martes 05 de mayo de 2020, 20:56h

Entro en la sacramental con las cenizas de mi padre y el bestia del sepulturero me suelta: ¿Traes el bote? Como llevo la urna entre las manos, y el tipo me apremia para empezar la inhumación, le contesto preguntándole por el capellán. A lo que me resopla contrariado: Ah, que este tiene cura; entonces hay que esperar. Y mientras se aleja todavía le murmura a un colega: Pues ponte con eso hasta que venga ‘el charlas’.

Lamentable. Ni el enterrador conoce ya la dignidad de su oficio. La culpa es mía por llegar antes de tiempo. Salgo al parterre del aparcamiento y aguardo en un rincón ajardinado, junto a un banco y una estatua de la virgen: Dale una vuelta a esto, virgencita, te lo ruego, que es a uno de tus hijos al que traigo. Y al rato llega un coche, y el tarugo de antes me pasa por delante y señalándolo me dice: Ya está aquí el sacerdote.

¿Es usted Jorge?, me pregunta el clérigo. Nos presentamos, dirige una mirada a la urna y me pide que le siga hasta la capilla umbría y recogida, donde le espero mientras se viste la casulla. Luego hablamos un poco de mi padre, depositamos sus restos mortales sobre el altar e iniciamos el rito de sepelio. Y el buen pastor ruega por el alma de mi padre. Y por él da lectura a una carta de San Pablo a los de Corintia, la de los dos mares, lumbrera de toda Grecia. Y por su alma rezamos juntos la oración favorita de mi padre como a él le habría gustado, como solía hacerlo: muy lentamente, saboreando el fraseo, atento al latido de cada palabra. Que así rezaba las siete peticiones del Padre Nuestro. Puliendo cada verbo con el sobrio entusiasmo de un viejo artesano, hasta que esa oración raíz recibía en sus labios el secreto transparente de una vida nueva.

Cuando terminamos, el cura abre los portones que dan al camposanto. Nos despedimos y salgo a la dura luz del sol, donde me esperan tres enterradores a los que sigo en silencio hasta el columbario previsto, y a los que en silencio observo mientras refugian la urna. Cuando sellan el nicho me quedo frío mirando la piedra, pensando en esas coplas de Jorge Manrique que mi padre se sabía de memoria. Entonces el de la carretilla elevadora, el tarugo, me dice que ya hemos terminado, que el marmolista vendrá más tarde y me indica vagamente la salida. Yo echo un vistazo al laberinto y otro de los sepultureros, el más veterano, le replica: Si nosotros también vamos para allá, hombre; ande, adelántese conmigo. Y sigo su andar manso y algo cojo, entre los patios del antiguo cementerio, hasta una puerta de chapa que da al aparcamiento.

Al salir hago ademán de regresar a la entrada para agradecerle al sacerdote la liturgia. Pero el hombre ya está recibiendo al siguiente cortejo. Así que entro en el coche, me quito la mascarilla y hago un par de llamadas. A mi madre, confinada en su casa por el maldito virus que se ha llevado a mi padre. Y a mi hermano, que recluido en Londres me da ánimos y le quita yerro al toque berlanguiano del enterrador. Luego arranco y me deslizo por la ciudad despejada, vacía. En la radio ponen las declaraciones un párroco famoso que reclama el Premio Princesa de Asturias para el Gobierno por su gestión del coronavirus, y a los fieles que piden volver a las misas les sugiere que se hagan voluntarios, que apoquinen y repartan comida y medicinas. ¡Como si lo cortés quitase lo valiente!

En fin. Quizá tenga razón. A lo mejor mi padre no ha fallecido por la negligencia criminal del Gobierno, y puede que el contraejemplo del enterrador tarugo no guarde relación alguna con la doctrina de esos curas o ‘charlas’ de postureo, padres sin ángel, que pasan el cepillo en el areópago socioliberal para llenar el bote. ¡Quién soy yo para criticar a un mensajero de la Iglesia! Además, todos somos instrumentos de la misma providencia.

Apago la radio y sigo conduciendo. La Historia ha entrado en tribulación. Pero nada tengo que reprocharle a la vida y la desesperanza es para los hombres sin el atributo de la fe. Dios me puso en las manos de un padre, y ahora le ha puesto a él en las mías. Ha concluido el último acto por su cuidado como miembro de la comunidad creyente. Sus cenizas con sentido escuchan ya la voz de Roma desde la misma sacramental donde sepultaron a Gustavo Adolfo Bécquer hace ciento cincuenta años. En la Calle de la Verdad sin número.

© Sergio Casesmeiro Roger. Tinta sobre papel (Londres, abril 2020)

Jorge Casesmeiro Roger

Licenciado en Pedagogía y en Periodismo

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