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FRACASA MEJOR

El lector pandémico (III)

lunes 18 de mayo de 2020, 20:16h
I. Los buitres pronuncian “¡Ah!” ante la menor señal de una aventura. Me despierto con este titular de la OMS: “Este virus puede convertirse en otro virus endémico en nuestras comunidades y no desaparecer nunca”. El silencio, queridos lectores, lucha por una espiritualidad honesta. La desescalada no es responsable y la pandemia tiene fuerza suficiente como para desarrollarse a pesar del mundo burgués. La vida diaria son manos enfrentándose a problemas que antes no existían. Manos sacrificando el espíritu bohemio. Manos empujando la puerta de hierro. Manos con una carga estruendosa. Manos con crueles cadenas. Las tardes están atrapadas en todo tipo de miserias. A los buitres, lo que pudieran encontrar ridículo, solo les parece humano. Escribo serenamente, con lucidez, aunque el Covid sigue vivo en las tertulias, las tapas y las terrazas. Ya no hay aplausos humildes ni seguros. Los buitres observan a los “runners” en la pseudonormalidad, les gusta tener la ilusión de lo nunca-vivido-hasta-este-entonces. El silencio de la calle toca al infinito sin sueño ni reposo, es un silencio exageradamente tímido. El escritor vive en el interior de una cueva que protege su obra de la destrucción universal.

II. Soy un mar de dudas sin sentir ni pensar. La egolatría de ser oído es querer encontrarse en un agujero lanzando paladas de tierra sobre el hombro. Descubrimos con sorpresa que algo no va bien. Yo hoy debería estar recitando en la Librería Cervantes con un público que me sonriera, con esa sonrisa que se dedica a los niños que están impacientes por saber o cenando en un restaurante, desaliñado o no, con cabello desgreñado o no, sin encontrarme sinceramente angustiado. En estos tiempos extraños damos pasos cortos por la casa, pasos para no ir a trabajar como de costumbre, pasos que tienen que esperar para pasear en la salida establecida. El gran viaje lo hacemos desde la ventana. Hoy debería estar tomando algo con amigos y no sobreviviendo al confinamiento o fregando los platos y apilándolos sobre una bayeta para que escurran. Debería estar en los cafés, en La Corte sobre todo, en Oviedo, donde ya no se corren las cortinas de la ventana. Estamos temblorosos y sin escribir columnas sobre nuestra única esperanza. Me acuerdo, no obstante, de libros inesperados que despiertan algunas noches de modo misterioso mientras duermo para almacenar en mi subconsciente las cosas que quiero. No escribo para cerrar los puños y dejar sin sentido a quien corresponda. Las sombras: unas están intranquilas, otras presas, otras añorantes.

III. Cioran no quiere disfrutar la naturalidad. El sufrimiento no ansía visualmente la paz. Las experiencias son un ápice de una pirámide invertida, cuya base hay que transformarla de arriba a abajo.

IV. Aunque sigamos con los ojos cerrados, algo brilla entre los párpados al escuchar el eco. Nos hace lograr ser nosotros mismos. Decimos: “Elvis” y repite “Elvis”, “Elvis”, “Elvis”. Hemos comprado pintura para volver a pintar todas las ventanas, que ya se han descolorido, y a la calle General Dávila le gritamos: “Soy el rey del mundo” y el eco ocupado representando nuestros sueños, nos devuelve retenido como experiencia nada fea: “undo”, “undo”, “undo”. Nos acordamos tras un paseo de 20 h a 21 h, permitido por Sanidad, de Bioy Casares y lo gritamos a las aguas del Sardinero y el eco, sin ser un intruso, nos dice expansivo: “ares”, “ares”, “ares”. Probamos con otras palabras a la manera de la mexicana Valeria Luiselli en su novela Desierto sonoro. Somos de esas personas que tienden a considerarse más listas que nadie y como arbolillo de metro y medio que se arranca de la tierra con raíces, arrancamos al eco la palabra “Estrellas”: “ellas”, “ellas”, “ellas”, “ellas”. “Periódico de la tarde”: “arde”, “arde”, “arde”, “arde”, “arde”. Tú gritaste: “Norman Foster”. Gritaste “Norman Foster” sin verte nerviosa, como desafiando al eco y durante unas décimas de segundo, éste literalmente respondió: “oster”, “oster”, “ter”, “ter”, “ter”. ¿Por qué aterrarnos? ¿Qué eco cae sin que nadie lo escuche? El eco nos hace tener la necesidad de ser espectadores sin poder conocer todos los datos de la cuestión, nunca podremos resolver el acertijo del eco. “Vacuna”: “una”, “una”, “una”, “una”, “una”, “una”. En la calle subjetivamente triste decimos por primera vez: “Basta”, “Mentiras”, “Artificial”, “Saxofón”, “Memphis”, “Autocrítico”, “Bombilla”, “Ronquidos”, “Nietzsche”, “Kant”, “Miau”, “Cheque”, “Vosotros”, “Timbrazos”, “Venga”, “Endiosar”, “Bebé”, “Planeta”. Comenzamos a entender al eco, pero no lo entendemos del todo.

V. El deseo acecha el alma en cada pormenor.

VI. Aquí sentado escribiendo para hacer un trato contigo, García Lorca. En alguna parte suena una sirena. Es una sirena, que viene a por mí. Cada vez más cerca. La habitación está llena de polvo. El polvo cuelga en el aire, formando finas líneas verticales. “Es inútil buscar el recodo / donde la noche olvida su viaje”, decías. Me resbalo. Me tambaleo. Te silbo.

VII. La belleza es el propósito de evolucionar, buscar las sensaciones intransmisibles. El vocabulario sigue pasando, siempre pasando, pasará siempre siguiendo y la puerta que da a este aspecto no está cerrada. Sonaron pasos en alguna parte, la llave giró en la cerradura. De algún modo buceaste el pozo infinito de la literatura con tu pijama de franela. Eres tan valiente. Estando lejos de ti se oyen ladridos, gruñidos y rugidos, y duran un buen rato. Canté por raíles oxidados que atravesaban una selva de hierbajos. Y ahora el niño solo te canta a ti y soy alguien al margen.

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