www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Manual del mediocre invasor

miércoles 20 de mayo de 2020, 20:25h

La mediocridad es una de esas especies invasoras que se van reproduciendo con una facilidad tan abrumadora como preocupante. El ser mediocre por antonomasia se gusta de serlo y también de parecerlo, es muy propio en personas capaces de cualquier cosa para triunfar. A partir de ahí, y como no podía ser de otra manera, las jerarquías se establecen para que un mediocre líder sea quien destaque frente al resto, es decir, ese alguien que necesita el servicio de lo indispensable. Dicho en román paladino, que otro de su misma especie sea siempre peor que él. La razón no es otra que alimentar la inopia del líder por quienes pudieran ponerle en desventaja para sentirse un mediocre por debajo de sus posibilidades como tal.

Una vez superada la fase de selección, a sus víctimas las convierte en seres de bajísima estopa con la misión de entretenerle y aplaudirle hasta formar una coreografía bien engrasada. El mediocre de altura paga a sus mediocres subordinados para que éstos le alaben el gusto aunque representen el ridículo o la mentira. Se cobra por favores y éstos se rebozan en la inmundicia de sus bajezas con tal de vivir a costa de su medianía más ostentosa. Todo sea por actuar como amanuenses sin oficio intelectual pero con el beneficio de la sopa boba.

Digamos entonces que el mediocre líder, bien arropado por toda su pléyade de infecundos subalternos, dedica su tiempo a impartir ideales de mando. Para él la seguridad de sentirse grande entre los indoctos que le siguen refuerza su ego hasta el punto de extender su ideario más allá de intramuros, cosa que reviste el serio peligro de adocenar a un pueblo muy dado en dedicar las horas del responsorio a cosas tan mundanas como una buena siesta.

El mediocre de postín carece de principios éticos y morales, por lo tanto no lucha por otra causa que no sea la de protegerse a sí mismo y que su tafanario siempre esté a buen recaudo. Teniendo alejado de su entorno a la intelectualidad no sirviente y nada subvencionada, la cosa le funciona, le agranda su mediocridad y asienta su ideario para manejar a su antojo los destinos de la masa inoculada. Fiel a mi verso permitan que esto lo compare con un falso pastor al frente de un rebaño social, mientras que el buen pastor es aquél que apuesta por las emociones sanas, cuida de su rebaño y se estremece ante el amor, la sabiduría y el conocimiento.

El mediocre, por el contrario, menosprecia a quienes educan en libre pensamiento, también a cuantos idealizan proyectos de mejora, a los pensadores de gran cultura, a los maestros en sabiduría. En definitiva, el mediocre necesita rodearse de portavoces que le alaben y que le saquen brillo a su impericia. Lo peor de todo es que sus limitaciones le obligan a intransigir haciendo oídos sordos respecto de aquellos que tienen una visión más periférica de la realidad que la suya propia. Es la obstinación del mediocre y también el Yo de las carencias que cierra el paso a quienes están capacitados. En definitiva, es el ego de quien considera que la rutina es la mejor fórmula de renunciar a pensar. Una sociedad que no piensa es necesaria por su docilidad y entrega a la voluntad del mediocre líder. Es, diría yo, la rusticidad que se expande en beneficio de un poder establecido por dictado de fuerza, que no por libre voluntad popular.

Mientras escribo este artículo me viene al recuerdo aquella exitosa novela de George Orwell “Rebelión en la granja”, una fábula tan satírica como premonitoria sobre el totalitarismo y la distopía. Obras que no envejecen gracias al ingenio de quienes su creatividad permitía evolucionar en el tiempo más allá de un “Sí o un No” fórmula ésta aplicada en la actualidad cuando la mediocridad se instala en nuestra sociedad. Hoy en día los objetivos para quienes deben dar la talla son menos ambiciosos, diría que con ser resultones ya es causa suficiente para mantenerse en el poder. Simple cuestión de aliñar las cuentas y cumplir con la rutina. Y eso es lo que una bien proyectada rutina puede traer causa negativa en el comportamiento social del ser humano, que no es otra que el letargo ideológico, la pereza nacional o el pensamiento único.

Se supone que la libertad y la igualdad deben facilitar la búsqueda de la felicidad o al menos la oportunidad de proyectarse como persona con libertad de ideas; sería muy triste si solo protegiéramos los medios e ignoráramos el fin. Una democracia, cuando funciona como es debido, permite que los hombres y las mujeres se conviertan en personas libres; sin embargo, depende de nosotros, como individuos, si usamos esa oportunidad para alcanzar un propósito, una satisfacción y una amplitud de conocimientos. Tampoco se hace necesario lograr la excelencia para conseguir el antídoto contra la mediocridad; ahora bien, mientras llega eso tan deseable, bienvenidos al reino de la mediocridad invasora.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (17)    No(0)

+

2 comentarios