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Poesía

César Vallejo: Piedra de estupor

domingo 24 de mayo de 2020, 18:45h
César Vallejo: Piedra de estupor

Edición de Inmaculada Lergo. Renacimiento. Sevilla, 2019. 248 páginas. 11,90 €.

Por Francisco Estévez

La conciencia trágica sobre la que gravita la poesía entera de César Vallejo provoca siempre una profunda huella en la lectura de su obra ya camine ésta sobre vereda andina, haga equilibrios en la vanguardia o pose su legado en la perspectiva humana. Volver a la poesía de César Vallejo es volver al centro mismo del ser. Una nueva sensibilidad, huidiza por entre elipsis constante, despeñada en oscuros símbolos y agonista sintaxis, funda el desarraigo poético del lenguaje.

Por un momento, pensemos en cómo de un modo u otro la Guerra Civil española fue materia artística para el reguero de fatalidades que trazó. Los ejemplos se nos vienen a las manos desde que Robert Capa atrapara en imágenes el dolor de nuestra guerra y George Orwell relatara su espanto. Sin embargo, el lacerante trauma lo cantó César Vallejo, la voz más desgarrada de la poesía en lengua española. Su poemario España, aparta de mí este cáliz (1937) resulta una de las joyas de nuestro patrimonio literario y una de las grandes conjunciones artísticas del siglo XX español. Bastará recordar que la edición prínceps estuvo al elegante cuidado de Manuel Altolaguirre e incluye un atinado prólogo redactado por Juan Larrea, además de un retrato del poeta que para la ocasión trazara Pablo Picasso. Un tesoro que el hispanista Alan Smith puso en circulación en 2012 gracias a los esfuerzos de la casa editorial Ardora, cuando decidieron repetir ese imán de significaciones con una reproducción facsimilar de la edición de Montserrat (realizada por las Ediciones Literarias del Comisariado del Ejército del Este durante el año de 1939 con telas rasgadas de las propias banderas y vestimentas usadas en guerra).

Mientras Pablo Neruda teñía su poesía política en Tercera residencia con “España en el corazón”, escrito entre 1936 y 1937, donde rogaba ir a ver: “la sangre por las calles, /¡Venid a ver la sangre/ por las calles!”, César Vallejo continuaba la producción de sus Poemas humanos. Juan Larrea fue incapaz de determinar el dilatado valor de esta obra debido a la falta de distancia crítica y al estar embargado por el conocimiento del poeta de “vertical soledad”. Con versos certeros lo caracterizó tiempo más tarde Leopoldo Panero: “Soplo de ceniza caliente, / indio manso hecho de raíces eternas /desafiando su soledad, hambriento de almas / insomne de alma hacia la inocencia imposible, terrible y virgen como una cruz en la penumbra”.

En el artículo “Literatura proletaria” (1928) Vallejo abogaba por una libertad estética que no claudicase al servicio de la propaganda política pero marcando ya el traspaso hacia la consideración más radicalmente humana del ser, donde el acuciante dolor se desborda por el escanciado de sus versos. El poeta peruano supo resumir bien dicha ambivalencia: “Todo mi trabajo es un pulso entre lo lírico y lo cívico”. César Vallejo fue desde punta de lanza del vanguardismo hasta figura señera del dolor humano. Un viaje poético que va del individuo hacia lo colectivo con dimensión humana apelando al universal dolor en los trágicos momentos de guerra. Ejemplos de su sentir pudieran ser las siguientes líneas: “Yo no me duelo ahora como artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera. Yo no sufro este dolor como católico, como mahometano ni como ateo. Hoy sufro solamente. Si no me llamase César Vallejo, también sufriría este mismo dolor. Si no fuese artista, también lo sufriría. Si no fuese hombre ni ser vivo siquiera, también lo sufriría. […] Hoy sufro desde más abajo. Hoy sufro solamente”. Hay, pues, una tensión continúa en la poesía del peruano que en su creación o resolución aspira a la universalidad, donde el nervioso lenguaje se somete a la novedad del sentido.

Hasta no hace muchos años cualquier bachiller español conocía de corrido poemas como “Me viene, hay días una gana ubérrima, política / de querer, de besar el cariño en sus dos rostros, / y me viene de lejos un querer” o el celebérrimo ¡Cuídate, España, de tu propia España! / ¡Cuídate de la hoz sin el martillo, /cuídate del martillo sin la hoz! / ¡Cuídate de la víctima a pesar suyo, del verdugo, a pesar suyo / y del indiferente a pesar suyo!”. Por no citar poemas como puedan ser “Los heraldos negros” o “Piedra negra sobre una Piedra blanca” con el que el propio Vallejo predijo su tiempo y lugar de muerte: “Moriré en París con aguacero / un día del que tengo ya el recuerdo”.

Otros poemas a tenor de las circunstancias actuales revisten extraña vigencia: “Las personas mayores / ¿a qué hora volverán? […] Aguardemos así, obedientes y sin más / remedio, la vuelta, el desagravio / de los mayores siempre delanteros / dejándonos en casa a los pequeños, como si también nosotros no pudiésemos partir”. Por todo ello, poner de nuevo en la calle a buen precio, mejor editado y con una representativa selección de la diversidad y trayectoria poética de César Vallejo es una apuesta por la verdadera cultural digna de aplauso. La presente edición queda a cargo de la especialista en poesía peruana y en literatura hispanoamericana, Inmaculada Lergo, quien abriga la antología con un prólogo esclarecedor, al otorgar el contexto y las claves fundamentales de lectura, por lo cual resulta estupenda introducción para abordar una lectura gozosa de Vallejo.

El olvido colectivo de nuestra literatura es propio de estas tierras donde se espera la muerte de alguien para olvidar su presencia a base de echar tierra encima del cadáver. No debiera ocurrir así con las cimas literarias. Aquí la obra de César Vallejo, uno de los mejores poetas en lengua española.

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