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TRIBUNA

Guardia Civil

Juan José Vijuesca
miércoles 03 de junio de 2020, 20:05h
Actualizado el: 06/04/2020 10:59h

Ante la grandeza, sobra la tibieza. Más que nada porque en cualquier orden de la vida casi todo lo que hacemos en favor de otros ha de estar presente la vocación y por extensión de la misma también la pasión, que como es sabido se trata de una emoción vehemente que enriquece el desempeño de una labor amateur o profesional. La Guardia Civil es un claro ejemplo de ello.

Lo que la tibieza persigue no es otra cosa que adueñarse de todo aquello que no encaja en su dietario ideológico, o sea, enfriar las costumbres que deriven en respeto e incluso ir erradicándolas hasta instaurar ese nuevo orden contradictorio a modo de nuevas tradiciones sociales. En este oscuro proceder se vigoriza la pereza a la vez que se acentúa ese mantra de ir contra todo lo que no coincida con esa doctrina básica que compra voluntades yendo en contra de quienes mantienen intacto el honor de su divisa, como es el lema de la Guardia Civil.

El Código Moral que guía a la Benemérita es fundamental para comprender que el honor hay que conservarlo intachable, pues una vez perdido no se recobra jamás. Esa es la grandeza. Siempre fiel a su deber, sereno en el peligro y desempeñando sus funciones con dignidad, prudencia y firmeza. Prudente sin debilidad, firme sin violencia y político sin bajeza. No destacar la labor de la Guardia Civil en nuestra sociedad es como negarnos a nosotros mismos como especie humana; de manera que cualquiera de nosotros que vengamos cargados de experiencia en años, hemos tenido, y seguimos teniendo, la dispensa de una seguridad ciudadana con exclusividad protectora. Quienes traten de denostar a la Benemérita son unos perfectos pusilánimes, seres tibios cobijados entre las bambalinas de lo insustancial. ¡Qué gran casualidad!, jamás fueron tibios ni los genios, ni los santos, ni los héroes. Curiosa realidad.

Se hace imprescindible, por tanto, poner en valor a quienes por su capacidad de servicio y sacrificio, sin mirar a quien o a quienes, nos han regalado y continúan haciéndolo su mejor razón de ser. No es cuestión de aplicar esa maldita costumbre nuestra de que se les paga por ello, pues el precio de dar la vida por cualquiera de nosotros no guarda salario. ¿Acaso uno solo de nuestros gobernantes daría la vida a cambio de la nuestra? Ya les digo que no y no será por las salvajes nóminas que les pagamos. Ellos no están para el sacrificio, porque la clase política de este país se ha convertido en un reality show, una especie de salto a la fama en donde la vulgaridad reinante goza de muy pocos excusados; por eso la grandeza de la Guardia Civil adquiere mayor notoriedad en su vocacional quehacer.

Me ensombrece la conducta de quienes atacan a la Guardia Civil, mejor dicho, me repele. Los nada ilustrados, salvando a unos pocos de alumbrado magín, cargan a despecho contra quienes de su mano les da de comer –léase lecciones de probidad al servicio de lo público- en clara demostración de su propia incapacidad para servir al pueblo. Y aquí gana por goleada la Guardia Civil frente a la clase política, porque lo de servir al pueblo está bien, tiene cierta sonoridad, pero a los que juran o prometen sus cargos públicos traídos de ideologías extremas de aterrador pasado yo les haría la siguiente pregunta: ¿quién es el público y en donde se le encuentra?, porque supongo que será alguien dentro de otros alguien conformando entre todos lo que se conoce como país; eso sí, unos más altos que otros, más rubios o morenos que otros, más jóvenes o menos que otros, pero ya es sabido que en España lo de las dos Españas hay quienes se empeñan en mantenerlo de por vida como deporte nacional.

Sobre la Guardia Civil han pasado gobiernos de toda clase y condición; transiciones ideológicas, tribales conspiraciones, corrupciones, y qué se yo de otras tantas intimidades, ahora incluso tabernarias maniobras de unos acusando a otros de alentar insubordinaciones, sin embargo por encima de las injerencias políticas siempre estará la Benemérita dando ejemplo de su equidad y neutralidad. Sabido es que la tan cacareada “nueva normalidad” trae consigo un pan bajo el brazo del absolutismo ideológico que no comulga con todo lo que sea contrario a dictado y lo demás hay que eliminarlo o reducirlo a la mínima expresión, incluidas las instituciones que formen parte de la honradez de actos.

Por eso la Guardia Civil y todo lo que representa su código moral, su lealtad, el sacrificio, la austeridad, la disciplina, la abnegación y el espíritu benemérito, es lo que parece incomodar a quienes careciendo de grandeza solo les queda tibieza, de ahí resulta claro que la Guardia Civil no se debe a ningún Gobierno porque se debe a la Justicia, a la Constitución, al Estado de Derecho y a la Ciudadanía y por eso se les denigra y también se les cesa por negarse a incumplir la Ley. Eterna gratitud y ¡Viva la Guardia Civil!

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