Me preguntaron hace tiempo por un momento único en mi vida de escultor y esto que os cuento ahora es el momento que saltó como un resorte desde el fondo de mis entrañas sin que ningún otro recuerdo pudiera arrebatárselo.
Llegué a Florencia el verano de 2001 para preparar una exposición en Malcesine, un pueblo maravilloso flanqueado por el Monte Balbo y un Lago di Garda que va punteando sus orillas con las obras de J.W. von Goethe, la villa-retiro del poeta-soldado Gabriele D´Annunzio o la residencia- Palazzo de su benefactor no deseado Benito Mussolini.
Pero Florencia era Firenze y no dudaba cuando me preguntaban en que ciudad me gustaría vivir por aquél entonces y menos ahora que me alojaba en un ático de la Piazza di Santa Croce, junto al teatro Verdi, donde hay una monumental escultura de Dante Alighieri y cada mañana me iba a desayunar a la Plaza dela Señoría. Así que no me faltaba de nada.
Esta manía o costumbre de tomarme el café antes siquiera de abrir los pensamientos y responsabilidades no sé bien a dónde conduce, pero es la única puerta que tengo día a día, de doble hoja, hacia mí y hacia el mundo. Todo lo apunto, todo lo dibujo en mis cuadernos de piel o en los papeles de envolver barras de pan o tintorería, y pasadas ya unas horas puedo emprender las visitas, hora hacia La Piazza del Duomo, hora El Ponte Vecchio, El Museo Bargello o La galería de La Academia, porque la ciudad se te come andando y despacio, mientras yo hago equilibrios con la pluma y la carpeta para no derramar el tintero en la terraza o enfrentado a la fachada de una basílica o un palacio.
Ya son casi las cuatro. Percibo la brisa al rozarme en las gotas del sudor y quisiera abandonarme a una siesta, pero es justo ahora cuando se siente este patio con rejilla por donde escurren los sentimientos artísticos del visitante. Y aunque parezca difícil viendo a los transeúntes y caballos, la comitiva tibetana blandiendo sus derechos con banderas multicolores, el corro de españoles entonando cantos y palmas, los gorriones que se posan en la mesa de los ancianos japoneses de la mesa de al lado y el resto, lo que quedará patente es el sutil desencanto de tantos años aprendiendo de memoria sino fuera porque ya estoy aquí.
La cultura aprendida no es sino un mal traje que te cuelga por mucho que quieras ajustarlo o apretarlo y en el arte eso vale bien poco. Hay que contemplar en vivo las obras de arte originales para que su perfume penetre y penetre y se quede pegado y cuando ya no estés aquí vuelva desde lo más profundo para embriagarte y revivirlo aún con mayor intensidad, que para eso el cerebro es un psicópata entusiasmado y en las copias y reproducciones no ve sino carencias que no llegan ni a motivarlo.
Esta ciudad que oteamos desde la colina, podríamos verla en imágenes, pero nuestro corazón está no más allá de lo que le esté ocurriendo a nuestra familia o a esos pocos que queremos en vida y golpeará cualquier otro conato con el mundo exterior como una onda expansiva que nos devuelva lo aprendido en postales con tal leve intensidad que parece haberse diluido en la nada.
Me dicen que se ha descubierto una celda debajo de la Capilla de los Médici donde también se dice que se ocultaba Miguel Ángel de las incómodas visitas para ver cómo marchaba su trabajo con las tumbas de Lorenzo y Giuliano o de las reyertas políticas en las que se vió envuelto y para allí me he ido con un permiso y unos minutos para escudriñarla a solas.
Miguel Ángel hace poco rato que, avisado de que vienen, ha echado a un lado el viejo armario de dibujos y abatido la trampilla del suelo. Coge los últimos pliegos de dibujos y anotaciones y baja apresurado por le estrecha escalera de caracol procurando que no se le caigan y se queda en absoluto silencio sentado en la bancada del recodo del fondo por si acaso. Arriba se oyen murmullos y el ayudante que ha tapado con mantas las tumbas de La Noche y El Día, les insiste en que te has marchado abrumado y cansado del trabajo en la noche, y que nó, que nó, que no puede destaparlas sin permiso del maestro, que buenas se las trae con eso.
Tu celda es larga, estrecha y abovedada como tres carromatos de viandas puestos en fila. Tiene un ventanuco en el lado izquierdo por donde te echan leña de vez en cuando y que trae fresco, penumbra y polvo desde la calle empedrada de la Nueva Sacristía, que tu mismo has diseñado y que no has marcado aposta en el plano.
-Que se fastidien-, te dices cuando crees que se han ido pero ya te quedas un rato más desahogándote.
- “¿Cuántas horas llevaré puliendo esta escultura? En mal momento tomé nota del aspecto deslumbrante que estaba tomando la espinilla y el píe de Baco de tanto toquetearla los que se acercaban sin siquiera limpiarse las manos. Tengo que admitir que ese blanco marfil que está saliendo es inaudito y le dará un aspecto fantasmal en contraste a la del día, y encima, que nadie se ha enterado de que lo estoy logrando penetrando en el mármol con la mezcla de sudor transpirado de la mano al frotarlo con hierbas de cardo. Pero ya está costando y me tiene agotado. Debo llevar como cien horas y lo que me queda. ¡Una y no más!” -
En tanto eso se decía y con los carbones de marcar de su mano trazaba como en una agenda esquemas o garabatos, que la cal de las paredes no está para preciosismos, sino para ideas rápidas que tampoco se pueden guardar en el armario.
- Aunque si la cosa sigue así y me obligan a esconderme tanto tiempo aquí abajo tal vez me anime a hacer un fresco satírico de estos cortesanos y papales -
A la derecha del túnel ha dibujado un torso y en la cabeza el recuerdo de cómo desbastaba las figuras desde un ovalo con un taco en la nariz y dos circulitos que parecen cosa de niño y he pensado si algún día podría dar el paso hacia algo más abstracto o... qué tontería. Parece que ya sube.
Y yo bajo, medio milenio más tarde, emocionado y me encuentro de todo.
Imposible discernir dónde su mano trazaba con el carbón y bastante fácil en aquellos dibujos donde no está. Pero cuando compruebo que el carbóncillo se ha posado sobre la cal sin apenas arañarla y que si yo la toco me podría llevar una parte de su aliento entre mis huellas digitales o que con un resoplido cercano bastaría para volar parte de esos pigmentos y llevármelos como maquillaje en la cara, es cuando me quedo paralizado, con el dedo a punto de llevarse el carbón de Miguel Ángel.
PD.- Su descubridor en 1975, Paolo dal Poggeto, fue relevado de su cargo y tras las sucesivas aperturas y clausuras, no he encontrado un estudio relevante sobre la Cripta, ni sobre las autorías, ni sobre nada, salvo otro perfume de leyenda si cabe para un nuevo capítulo del Silencio de los corderos. 
El Duomo de Florencia a través de las callejuelas. Tinta china y tiza sobre papel de envolver. Julio 2001.
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