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TRIBUNA

¿Aprenderemos algo de esta pandemia?

lunes 08 de junio de 2020, 20:18h

Empiezo respondiéndome la pregunta que da título a esta reseña. En verdad lo dudo. Para el arbitrario filósofo idealista Georg Wilhelm Friedrich Hegel “lo único que podemos aprender de la historia es que no aprendemos nada de la historia”. Demasiadas pestes y guerras han asolado al mundo; las primeras son naturales, las segundas provocadas por el propio hombre. El Antiguo Testamento e Hipócrates en su Tercer Libro de las Epidemias nos hablan de las pestes. De manera entonces que nos asiste el derecho a la duda. Que una epidemia nos haga más sabios es discutible. Lo único que está claro es que el virus destruirá algunos cimientos de nuestra forma de vida moderna, provocando no sólo una enorme cantidad de sufrimiento, sino un desastre económico posiblemente peor que el ocasionado por las dos grandes guerras del siglo XX. Sin ser fatalistas, cuando se haga el balance, los números serán aterradores.

Hasta es probable que no haya regreso a la normalidad, pues la nueva normalidad tendrá que construirse sobre las ruinas de nuestras antiguas vidas que nunca fueron un modelo ético ni moral. Tendremos que aprender a sobrellevar una vida mucho más frágil, y también a comprender que no somos más que seres vivos entre otras formas de vida y en permanente mutación, acaso como el mismo virus que hoy nos tiene en jaque. Por otro lado, deberíamos analizar las condiciones sociales que han hecho posible la epidemia. Los sospechosos habituales (economistas, epidemiólogos, politólogos y toda la especie periodística) hacen cola para ser interrogados. Cada uno se cree dueño de la verdad y lo único cierto es que todos tocamos de oído. Los lugares comunes son la globalización, el mercado capitalista, los medios de comunicación etc. Tal vez la mayoría de los políticos deberían resistir la tentación de tratar la epidemia como si tuviera significación más profunda y asumir en carne propia la situación que produce en el día a día. El castigo parece justo pero la cruel realidad que vive la mayoría pone en tela de juicio la desaforada explotación de otras formas de vida en el planeta. Si buscamos un mensaje oculto nos situamos en la cómoda premodernidad y nos maltratamos con eufemismos evasivos como algo que intenta comunicarnos algo, pero no se atreve. Lo difícil es aceptar el hecho de que la epidemia es quizá un resultado de la pura contingencia y habrá que sobrellevarla así.

Pero, junto al mismísimo tiempo que nos abarca, la vida sucede inapelablemente y aunque navegamos en distintas embarcaciones, en este ecuménico momento todos estamos en el mismo barco. Vemos entonces con horror que los hilos se empiezan a cortar por lo más delgado y países como los Estados Unidos muestran hondas grietas que apenas se han atemperado, y están abiertas. La mediocridad de la dirigencia política abarca a todo el mundo y el respeto por las investiduras ya no cotiza en ninguna bolsa. Al mercader Trump sus opositores ya no lo tratan, sino que lo maltratan, hasta el colmo de ridiculizarlo. El descontento se le vino encima y no hay medios ni iglesias ni santo que lo resguarden. Su barco, o su tabla de salvación naufraga en medio de una tormenta que, sin duda, lo hundirá junto a su partido. Aunque tampoco se trata simplemente de elecciones democráticas.

La solución ya no es el aislamiento ni la construcción de nuevos muros o posteriores cuarentenas; lo que hace falta es una plena solidaridad incondicional y una respuesta coordinada a nivel global; es decir, una nueva forma de lo que antaño se llamó socialismo y hoy carece de nombre. Si nos orientamos en esa dirección nuestros esfuerzos del Wuhan de hoy puede acabar siendo lo habitual en las ciudades futuras. Si los países se aíslan empezarán las guerras económicas que serán feroces e indetenibles. Pero, atención. Nada puede contener a la gente que quiere comer y reivindica ese derecho insoslayable. En la actualidad que nos abarca están agonizando ciertas formas de globalización con su libre mercado, con su ineludible propensión a la excusa de la crisis global y a las pandemias del hambre. Pero está naciendo otra forma que reconoce la interdependencia y la primacía de la acción colectiva de base empírica, que la humanidad espera que se practique.

Nadie se salva. La peste a igualado los tantos aquí, allá y acullá. El barco llamado Europa está tan cerca del naufragio como el de nuestra América. De uno y del otro lado del Océano la cuestión se ha puesto fea. Varias tormentas se están juntando. Las dos primeras no son específicamente regionales. El impacto físico directo de la epidemia de coronavirus y sus efectos económicos, sin duda, serán peores en Europa que en ninguna otra parte, pues el continente ya está estancado y es más dependiente y con menos recursos naturales para producir alimentos. Más que la pura barbarie, lo que más miedo da es la barbarie con rostro humano. La supervivencia de países se hará de un modo implacable y con el rostro cubierto por barbijos. En el Titanic que está navegando nadie dirá “los niños y las mujeres primero, sino sálvese quién puede”. Medidas que se impondrán con cierta hipocresía, aunque mostrando gestos simpáticos. El verdadero mensaje del poder es que tenemos que reducir los pilares de nuestra ética social. Que caiga quién caiga puede ser la consigna. Sean ancianos, enfermos o débiles.

La tradición judía cuenta la leyenda de que en cada generación nacen en el mundo 36 hombres justos elegidos por Dios. Son los Lamed Wufniks. No se conocen entre sí y son muy pobres. Si un hombre llega al conocimiento de que es uno de ellos muere inmediatamente y hay otro, acaso en otra región del planeta, que toma su lugar. Constituyen, sin sospecharlo, los secretos pilares del universo. Si no fuera por ellos, Dios aniquilaría al género humano. Son nuestros salvadores y no lo saben. Los árabes tienen un personaje análogo, los Kutb. Apoyado en estas leyendas, Borges escribió su magnífico poema “Los Justos”

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que descubre con placer una etimología.

Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.

El ceramista que premedita un color y una forma.

El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.

Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Ojalá aparezca ese justo (o esos justos) ante esta posible hecatombe universal.

Tal vez están actuando. Confiemos que así sea.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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