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TRIBUNA

El lector pandémico (VI)

Miguel Ángel Gómez
lunes 08 de junio de 2020, 20:35h

I. En el correo electrónico me proponen aparecer en dos antologías. Eso me abriga. Me entusiasma palabrear, como escribe P. ¡Qué suerte haber traído a P. en este enclaustramiento sosegado! Las palabras son para mí fantasmas que me hacen temblar como una rama al viento, están a la altura de mis circunstancias. Todas las palabras hacen hormiguear mi vida en mis venas. Son días extraños de tener las manos vagamente frías. Todo se nos evapora y el virus parece tan duro como la proa de un crucero. Los ojos parecen carecer de párpados; los rostros sin sonrisa en este anticuario de mascarillas. Los hay, son pocos, pero los hay que recorren su tramo brillante sin usarla. Van once semanas de cuarentena. Desde la terraza miro el mar que me trae con su calma un recordatorio de mi personalidad.

II. Salir a la calle y tomar el aire ante esta angustia moral y este desasosiego político. Para mí el placer de caminar está ligado a la buena música. Escucho a Frank Sinatra que me hace pensar en su biografía con hechos, en su historia con vida. Los amigos hacen a veces países con lo que sienten y fiestas de los pensamientos. Escucho a Sinatra en esta ciudad, en esta atmósfera de esta gente, me entretengo con su ir y venir, con sus amores cosmopolitas. ¿Son un símbolo? ¿Son una razón? ¿Qué son?

III. La cineasta oriolana Elena López busca protagonistas para su nueva película a través de un castin en línea en la Vega Baja. Humphrey Bogart vuelve a mirarme desde la pared. ¿No eres tan viejo, verdad?, me dice. ¿Crees sinceramente que puedes escribir una novela?, me dice. ¿Juegas al ajedrez?, me dice. ¿Dónde están los cigarros? ¡Magnífico!, me dice. Echamos de menos una tarde en el cine. El coronavirus nos arrebató la confianza plena y absoluta, nos quitó el mantenimiento de la cultura. Espero que me entendáis. Con eso me basta.

IV. Hablo en el centro comercial con un viejecito que se encuentra el aseo cerrado. Y aunque a veces la vida nos angustia como una medicina inútil, en esta ocasión me alejo de este tedio acompañándolo por multitud de pasillos, hasta dar con el más próximo. Hablar con él, he ahí la inteligencia verdadera en la ancha tierra. Su muleta me recordó a mi madre. Reviso aquel instante asustado cuando la llevaban al quirófano, lejos de nuestra compañía. Yo estoy aquí, callado, como aquel día, y busco la muleta de mi madre.

V. Sobra silencio cuando vuelvo a ver Matar a un ruiseñor, la película de Robert Mulligan, con Gregory Peck, basada en la novela homónima de la escritora Harper Lee. El problema racial nos hace ser como marionetas movidas por las cuerdas que van a dar a los mismos dedos. Leo una entrevista del ex-jugador de los Lakers Kareem Abdul-Jabbar, en la que habla de la muerte cortante del ciudadano de raza negra George Floyd a manos de un policía en Mineápolis. “Tal vez la principal preocupación de la comunidad negra en este momento no sea si los manifestantes están parados a tres o seis pies de distancia o si algunas almas desesperadas roban algunas camisetas o incluso incendian una comisaría, sino si sus hijos, maridos y mujeres, hermanos y padres, serán asesinados por policías solo por salir a caminar o conducir”. Escribo esto:

George Floyd sale de casa pensando que el ambiente ha cambiado.

George Floyd dejó de bailar para caer en la miseria.

George Floyd estaba cansado de hacer recados,

se peinó el pelo para que estuviera perfecto

sin saber que sería como ese individuo del muelle

que se despide y dice adiós.

George Floyd no deja una confesión completa

de su falseado billete falso.

George Floyd no habló con su abogado,

no disponían de tiempo para ese requisito.

George Floyd nos dejó calados hasta los huesos.

Sé que perdió todo lo que amaba.

Lo despreciaron y no hicieron nada por ayudarlo.

George Floyd, destruido por la corrección de un policía,

sabía su canción y no se la dejaron cantar.

Una batalla rápida de verdad llamará al timbre de la puerta.

George Floyd no pudo sacar aire de los pulmones

ni acostarse a las tres o cuatro de la mañana.

Su canción es leal, justa, honrada, tolerante.

El pistolero pelagatos tiene su sonrisa destrozada

por los dientes de oro.

George Floyd duerme. Hiberna

Como todos los que fueron antes que él.

VI. Nos han cortado el agua en todo el edificio y sin vestirnos con descuido, nos volvemos niños otra vez. Todo nos conduce a la contemplación estética de la vida. No tomando nada absolutamente en serio, no hay otra realidad más que nuestras sensaciones, en las que nos refugiamos, y a las que exploramos como si fueran grandes abismos desconocidos.

VII. Me pregunto si los gatos analizarán estos meses. Ellos muestran lo que sienten exactamente como lo sienten -claro, oscuro o confuso-; los gatos que dicen que existen al mirarte. Dicen “Soy”. Y son. Expresan lo que no puede expresarse. Actúan como el escritor que enciende una pipa y se sienta a esperar.

VIII. Dondequiera que voy tengo el libro en las manos De otra manera de Jane Kenyon, traducido por Hilario Barrero. Los amaneceres tienen un sosiego que se queda como fuera de la realidad, si leo a Jane Kenyon. Todos pasamos por estrechas aberturas hasta llegar a los mejores lugares. Lo que hoy leo es su poema “Limpiando el armario”: “Este debe ser el traje que llevaste / al entierro de tu padre: / la chaqueta polvorienta, después de nueve años, / con marcas de la percha en los hombros”. Los poemas de De otra manera buscan la cotidianeidad. El tono de Kenyon alcanza el reino de la creación acudiendo a su gran vida interior; le gustan las frases cortas cuando ve el dolor de los demás, las vidas desmoronadas. En la poesía de Jane Kenyon hay una especie de pánico que corre subterráneamente a través de cada verso. Sus páginas son un capricho idóneo para los amantes de la buena poesía, para los que quieran poseer un frío del infierno, nieve por todas partes. Si me preguntaran por los nombres más grandes de la literatura incluiría el de Kenyon. Su destrucción o su amor que llevaba doblado y apretado contra el pecho. No le importa a Jane Kenyon tomar una curva con buen estilo y dejar que el coche se deslice pendiente abajo a lo anecdótico. Véase “Aquí”: “Los recovecos del camino / me son ya familiares, y la montaña / envuelta en cualquier tipo de luz / tratando a todo el mundo igual”. Poesía con silencios, más curvas, más cintas de asfalto, más oscuridad y más tragedia. Son como poemas escritos a modo de dietario en pequeños cuadernos que no han sido paralizados por el temor. La poeta Jane Kenyon es una escritora que mueve los labios como si pronunciara una bendición. En su nutrido volumen, es su corazón el que gobierna, el que ata y protege.

IX. Paso el domingo leyendo Rumbo a la gloria, de Woody Guthrie y escribiendo haikus: 1) Cantan los pájaros / sigo siendo yo mismo / en lo profundo; 2) Salgo de casa / los pájaros cantando / tras de mí corren; 3) Confinamiento / me siento roto. Herido. / Cantan los pájaros; 4) Mañana gris. / Coloco cualquier cosa / ante mis ojos; 5) ¿Quién soy yo? Soy / una sensación mía. / Nocturno espanto; 6) Balón intacto / indiferente. Niño / salta la valla; 7) Un maniquí / despreocupado, en paz. / Él nunca llora; 8) La arañita / ¡Que absoluta y completa / desenvoltura!; 9) Ver una esquela / me hace preocuparme. / Logros que quiero; 10) Se sienta aquí / la madrugada vieja. / Mundo pequeño; 11) Hoja caída. / Es una sinfonía. / No sé por qué; 12) Riego las plantas / en perfecto silencio. / -qué agradable; 13) Como los patos / al oír un disparo / una cometa; 14) Mira la noria: / traza unos ígneos círculos. / Así la vida; 15) En la acera / dan un suave tirón. / Flor diminuta; 16) Sé pocas cosas / y todas las que sé / las sé muy bien; 17) Un solitario / con dos almas gemelas / y una sombra; 18) Todos los libros / que son buenos nos hablan / de lo sabido; 19) Con libros buenos / sabes a qué atenerte. / Acercamiento; 20) Tengo muchísimos / defectos. Sé que todos / me pertenecen; 21) Dignidad. / ¿Se fue la dignidad? / De un lado a otro; 22) La estoy buscando, / resuena audazmente, / la dignidad; 23) En un café, / con muy pocas palabras, / las suficientes; 24) Mira el anciano / hojas que van cayendo. / No es soñador; 25) Gorrión golpea, / necesita salir./ Puerta negada.

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