Catástrofe aérea
jueves 21 de agosto de 2008, 02:09h
Hace tiempo que España no se enfrentaba al tremendo drama que supone un accidente aéreo. La tragedia de este tipo de situaciones se agranda en la medida de que la capacidad de los aviones hace que el número de víctimas suela ser elevado. En esta ocasión, por desgracia, los peores presagios se han cumplido, y el número de fallecidos supera el centenar, y los pocos supervivientes han quedado gravemente heridos. Faltan las palabras cuando se trata de imaginar una eventualidad absolutamente cotidiana, y es que hoy en día volar ha dejado de ser un lujo de unos pocos para convertirse en algo normal, al alcance de cualquiera. Y es precisamente eso, el pensar que “podía haberme tocado a mí”, lo que añade un índice aun mayor de angustia.
En momentos así, cuesta recurrir a las estadísticas, pero no por ello debe obviarse el hecho de que el avión sigue siendo el medio de transporte más seguro que existe. A las normativas de aviación civil internacionales se unen las de la Unión Europea, las propias que arbitre el estado donde opere la aerolínea -en este caso, España-, así como los controles internos de la propia compañía. Hace poco tiempo, el Parlamento Europeo hizo pública una “lista negra” de compañías a las que se prohibía operar en suelo europeo, en vista de las deficiencias técnicas que presentaban. Es preciso tener muy en cuenta todas estas consideraciones antes de aventurar ningún juicio apresurado. La investigación determinará cuáles fueron las causas de tan trágico suceso. Hasta entonces, conviene recordar que millones de pasajeros vuelan cada día con la normalidad como tónica común. No debe, por ello, apoderarse la intranquilidad de quienes en estas fechas tengan que tomar un avión, por mucho que el recuerdo del accidente de Barajas forme ya parte del inconsciente colectivo. Lo que ahora toca es atender a las familias, y poner todos los medios precisos para que algo así no vuelva a suceder.