En la política llevamos varios años de crispación; por lo menos desde que el actual presidente del gobierno, en un debate electoral, le dijo a Rajoy fuera de todo contexto: “Usted no es decente”. En esta situación todo el mundo pide diálogo, comenzando por los separatistas catalanes que insisten en la mesa del intercambio de ideas, aceptada por el actual inquilino de La Moncloa contra la pretendida cerrazón de su predecesor. Nadie puede oponerse al diálogo, que es la única manera civilizada de resolver los inevitables conflictos que surgen en la convivencia. Pero antes de entrar en las condiciones de un diálogo auténtico, considero útil presentar la complejidad de ese género literario. A mi parecer la historia presenta los siguientes tipos de diálogo: socrático, ciceroniano, humanístico y existencial. Cuando Sócrates habla en los diálogos platónicos ya tiene una postura clara sobre el tema tratado, pero quiere que el interlocutor descubra esa postura por sí mismo, no por la autoridad del maestro. Como todo conocimiento que no sea un dato puramente informativo, o sea, todo descubrimiento de una realidad descubierta en una conversación o en una lectura se inserta en el contexto personal desde el cual las aceptamos, surge la genial tesis de Platón: aprender es recordar. El segundo tipo es el diálogo ciceroniano, el medieval (San Anselmo) y los diálogos religiosos del siglo XVI (Fr. Francisco de Osuna), que son fundamentalmente el discurso de un maestro, al que el discípulo contesta elogiando su sabiduría y aceptando lo propuesto por el hablante.
Tercer tipo: en 1562 publicó el humanista Carlo Sigonio, maestro en Venecia de Antonio Pérez, su libro Sobre el diálogo. En él habla del diálogo “dialéctico”, sobre el cual no caben verdades absolutas, sino solamente probables, y los hablantes tratan de encontrar la visión más completa posible de esas realidades complejas. Por ejemplo, los teólogos tenían una idea de la felicidad absoluta: la bienaventuranza en el cielo; pero ¿y en la tierra? ¿Qué es la felicidad en este mundo y hasta qué punto podemos lograrla? Estas preguntas sobre temas humanos dignos de reflexión, pero no susceptibles de definición taxativa fueron el objeto de diálogo hasta que los ensayos de Montaigne y Bacon lo eliminaron como género literario vigente. Finalmente, podemos hablar del diálogo existencial: la palabra, como articulación de nuestra conciencia, nos va construyendo en nuestro desarrollo personal. Unamuno dijo que un personaje de novela se creaba inventando un nombre y haciéndole hablar, ya que hablando se iba moldeando su carácter. Y lo que Unamuno afirmaba para el personaje de la novela era su concepción de la persona como conciencia, que se realiza en el diálogo con los demás y con nosotros mismos: en el “monodiálogo”. Concebida de esta manera la persona, el diálogo solo puede tener como base la veracidad, o sea, la búsqueda sincera de la verdad. Una ética actual de alcance universal, es decir, fundada en la pura razón y no en creencias religiosas, tendría una sección primera sobre la constitución moral del individuo en sus distintos aspectos (equilibrio psíquico, alegría, esperanza, etc.), y una sección segunda, sobre la relación del individuo con sus prójimos. En esta dimensión, el capítulo primero, y a mi parecer el más importante, sería la veracidad. No la verdad, ya que nadie podemos presumir de poseerla, y menos la lealtad, puesto que nadie pide mayor lealtad que las mafias criminales; la veracidad, o sea, el compromiso con la búsqueda y proclamación de la verdad. El hablante honrado presenta una realidad como él la ve e invita al interlocutor a mirarla. Si el interlocutor la ve de otra manera, invita al primer hablante a enriquecer su mirada, y así encontrarse en la realidad. Todo diálogo es un triángulo: los dos o varios hablantes y la realidad en la que se encuentran: “Tu verdad, no, la verdad; y ven conmigo a buscarla, la tuya guárdatela” (A. Machado). Las actitudes contrarias al diálogo son: primero, la mentira; el diálogo nos va conformando si estamos empeñados en el encuentro de la verdad; por tanto, dispuestos a escuchar y cambiar de opinión cuando los argumentos del interlocutor nos permiten ver la realidad mejor que la veíamos nosotros (“En mi soledad he visto cosas muy claras, que no son verdad”, A. Machado). En cambio, cuando mentimos, fingimos dialogar, pero permanecemos inmutables en nuestra postura. Es el caso de la Madre Celestina. La mentira suele llevar a contradicciones y rectificaciones. Sobre esto dice Sigonio: “Será consecuente el que no se contradice a sí mismo, pintando a otro en un momento como piadoso y en otro como despreciador de los dioses” (Ed. 1596, p. 64). Otro aspecto contrario al verdadero diálogo es el fundamentalismo o cerrazón ideológica; se descubre la deshonra o incompetencia de un ministro, la financiación clandestina e ilegal, y esa conducta es solo propia de la oposición. Tercero, la frivolidad: un ministro tan arrogante como ignorante emite juicios tontos sobre el turismo, o una ministra dice que las mujeres consumen alcohol por la desigualdad. No hay derecho a que nos alcoholicen con tanta inepcia. El cuarto enemigo del diálogo es la vaciedad: pasarse horas charlando sin decir nada. Los dialogantes de ahora debieran tomar el ejemplo de San Manuel Bueno, mártir, cuya portavoz, Ángela Carballino, bien educada y bien hablada, dice: “Qué cosas nos decía; porque eran cosas lo que decía, no palabras”.
Según Carlo Sigonio, el diálogo debe distinguirse por “el decoro y la verosimilitud”. Desgraciadamente se utiliza sin pudor el insulto para dejar mudo al interlocutor; se moteja al adversario de fascista o franquista, derecha o ultraderecha, o se le abruma con acusaciones falsas para no reconocer errores, omisiones negligentes o prevaricación. Además, un ingrediente del diálogo es la “elocución”, o sea, el tono. Sigonio dice que debe atemperarse con un lenguaje de concierto y pausado, de forma que relajando en alguna dosis el estilo de la disputa, permita tratar los temas con un ánimo más elevado y placentero” (p. 53b). Contra el humanista veneciano, algunos políticos escenifican sin descanso las palabras de Macbeth: “La vida es un discurso pronunciado por un(a) idiota, que grita enloquecido(a), sin decir nada” (Macbeth, V.5, versos 25-27). Da pena ver en el congreso los gestos neuróticos de algunos diputados. Ante la falta de educación y los insultos soeces, solo me produce placer la “elegancia” con la que doblan el brazo del micrófono cuando terminan sus expectoraciones. En 1935 dijo Heidegger: “Con la filosofía no podemos hacer nada, pero quizá pueda ella hacer algo con nosotros”. Por suerte, entre los políticos más activos de esta hora tenemos dos filósofos: el ministro Illa y el profesor-maestro Ángel Gabilondo. Termino elogiando el ejemplo de mesura y buena educación de los dos. La filosofía ha hecho algo muy importante con ellos; ojalá la calidad de su discurso contribuya a fomentar el estudio de las humanidades.