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Ensayo

Agapito Maestre: Entretelas de España

domingo 28 de junio de 2020, 19:19h
Agapito Maestre: Entretelas de España

Unión Editorial. Madrid. 2020. 200 páginas. 16, 64 €.

Por Fernando Muñoz

En un país donde el mismo presidente del gobierno puede acusar a la policía de ser “patriótica” es posible que ya se esté pensando en rotular coches y comisarías con el título de “policía anti-nacional”. No otra cosa sería -en nuestra circunstancia histórica- una policía federal o una guardia republicana. En un país cuyo nombre decían no poder pronunciar algunos miembros del gobierno, bloqueo cuyas causas merecerían diagnóstico clínico… en un país cuyo nombre es pronunciado por cómicos sin gracia arrastrando la “s” y elevando la voz en la segunda sílaba, un acento que pretende evocar Vivas y Arribas de estilo marcial; como si no fuera posible pronunciar su nombre dulcemente y sin estridencia… en este país de nuestras entretelas, hablar de España con sosegado raciocinio es un acto propio de saboteadores y proscritos… en este país en que sólo los mercenarios tienen voz de oficio… En este país escribir un libro sobre la España agónica de nuestro tiempo es un acto subversivo. Pero España no ha dejado históricamente de combatir, su vida ha sido -como es la vida- siempre agónica y pugnaz. Hoy lucha, una vez más, por afirmar su propia existencia, la misma existencia que viene siendo negada en términos que provocarían una risa incontenible y una burla inmediata, si no fuera porque han sido asombrosamente aceptados por presuntos académicos, indignos de ese nombre, y medios de socialización de masas. Los negacionistas de la realidad de España siguen apoyándose -más allá de Pi i Margall y Prat de la Riba- en la superchería de Bosch Gimpera y Anselmo Carretero que destilaron su resentimiento en su exilio dorado.

El proscrito saboteador que ha armado este libro, Agapito Maestre, recibirá el castigo que merece oponerse a la impostura hegemónica y gobernante que señorea nuestras tristes facultades de Ciencias Sociales y de Humanidades, nuestros medios de formación del espíritu federal, nuestras instituciones suicidas.

Agapito Maestre pone en evidencia la turbia ensoñación del que fuera rector de la Universidad de Barcelona durante la Guerra Civil, Pere Bosch i Gimpera, según la cual ciertas esencias nacionales, germinadas tras la siembra divina, brotaron y crecieron firmes y sanas en el territorio peninsular en los tiempos edénicos, anteriores a la historia: son los pueblos peninsulares. Sustanciales e intactos esos pueblos subyacieron siempre a los poderes históricos que se les sobrepusieron. Atraviesan la historia envueltos en herméticas esferas y protegidos de miasmas extrañas para llegar intactos al presente. Roma no pudo afectarlos, ni la Gotia que no llegó a ser el Reino Visigodo pudo configurarlos y así han sabido mantener su sustancia intangible para revivir bajo la armadura sin gloria del Estado español. Pero ha llegado su momento, nacidos antes de la Historia será al final de la Historia cuando emerjan nuevamente tal como eran: edénicos, sublimes y castos, para asumir finalmente su autónoma independencia, signo definitivo de su absoluta sustantividad. Este mitológico fárrago -declamado en Valencia en plena Guerra Civil y en presencia del mismo Azaña- habría movido a risa si su difusión no le hubiera dado carta de naturaleza para conducirnos a una situación, una vez más, agónica.

Agapito Maestre recoge el curso de ese delirio cuyas denuncias -tras la guerra- fueron terminantes y profundas. Tras nuestra brutal Guerra Civil la crítica de ese cuento fantástico corrió a cargo de las más acreditadas figuras de la Historia y las ciencias sociales tanto del exterior -Claudio Sánchez Albornoz o Américo Castro, salvando sus diferencias- cuanto del interior que, lejos del erial que algunos han querido ver, contuvo obras de un elevado valor intelectual con las que no resistiría la comparación la academia actual: Pedro Laín Entralgo, Emilio García Gómez, Vicente Palacio Atard, Rodríguez Casado, Julián Marías… Unos y otros, más allá de sus enfrentamientos y diferencias en muchos respectos, sabedores de un hecho elemental cuyo reconocimiento empieza a resultar asombroso: España existe históricamente, con una existencia indudable que no oscurecen esos fantásticos pueblos prístinos y soñados por los Carretero o por Bosch Gimpera y sus epígonos. Al menos aquellos tenían la osadía de declarar su ignorancia. Anselmo Carretero se atrevía a reconocer: A mi juicio, la nación no se puede definir por ningún elemento objetivo, esa es mi opinión. Ni la lengua, ni el territorio, ni nada material define la nación”. La ignorancia confesa de Anselmo Carretero se ha hecho titubeante en figuras como la del ínclito Rodríguez Zapatero que juzga discutido y discutible el concepto de nación. Y así avanzamos entre las brillantes lumbreras de nuestra nueva transición.

Pero acaso el más imperdonable paso que el proscrito Agapito Maestre se ha atrevido a dar consista en afirmar una honda afinidad entre los más destacados autores del exilio y los defensores, no ya de un exilio interior, sino del régimen innombrable, entre los que destaca indudablemente la figura de Pedro Laín Entralgo. Innombrable porque cualquier alusión al mismo que no sea en tono acusatorio y reivindicativo, en tono de denuncia e indignación, puede incurrir en un delito tipificado en cierta ley de la memoria. Quiero ser más precavido que el proscrito autor de este libro imprescindible de manera que diré que yo no creo que existan esas afinidades entre las dos Españas, pero haberlas haylas.

Desgraciadamente -como muestra con rigor Agapito Maestre- unos y otros fracasaron a la hora de salvar la distancia entre esas dos Españas entre las que hoy vuelve a abrirse un abismo. En ese fracaso ocupa un lugar destacado la apropiación por los primeros falangistas de la figura de Menéndez Pelayo, obviando la compleja articulación de su obra y su personalidad, que transita de un integrismo firme en su juventud hacia un liberalismo sobre el que se asentaría la monarquía de la Restauración. De ese liberalismo del sabio santanderino da fe su profunda amistad y prolongada conversación con Antonio Cánovas, como recuerda Maestre. Los más destacados autores del franquismo -entre ellos siempre en vanguardia Laín- se apropiarían la figura de Menéndez Pelayo dejando una imagen contrahecha del mismo cuando ellos mismos evolucionaran hacia posiciones socialdemócratas o afines. Aranguren, Laín, Ridruejo… estarían entre los responsables de que muchos sigan acusando a un hombre muerto en 1912 de no sé qué rigores franquistas. Bloqueando así nuestro propio reconocimiento.

En efecto, no es un asunto baladí, si tuviera razón Juan Valera al afirmar que antes de Menéndez Pelayo los españoles no nos conocíamos. Seguimos ignorándonos y muestra de esa absoluta desorientación es el oscurecimiento de la obra de Pérez Galdós y muy especialmente de sus Episodios Nacionales. De la mano de Agapito Maestre pueden recorrerse el paisaje sin término de nuestro horizonte cultural y encontrar allí las razones de nuestro fracaso, pero también aliento para un nuevo ensayo de reconstruir nuestras luminosas ruinas.

Y así, recorriendo las facetas de este cuerpo histórico de aspectos innumerables, llega Maestre al año de Dios de 2020 y a la España encerrada bajo un gobierno frentista en que los llamados neocomunistas, socialistas de ocasión y separatistas atentan contra el sustento liberal del régimen democrático: la nación”. La ruina está a la vista de todo el que quiera o pueda verla, pero las ruinas de España valen más que cualquier cantón, dice Maestre, y está infinitamente por encima de la potencia menguada de un gobierno a la deriva. El Estado irá por un lado, pero la nación herida irá por otro. Aunque es atroz una situación en la que se impugna la jefatura del Estado desde el propio parlamento y deciden sobre la nación los que la niegan, empieza a cobrarse conciencia del estado terminal en que nos hallamos. Cuando empecemos a asumir la derrota podremos quizás luchar por la victoria, porque ya no es cosa de arañar unos votos aquí o allá – señala Agapito Maestre – sino de apelar a la razón de ser, al último fundamento: ante la realidad extrema, la extrema potencialidad de la nación. Ésta es la llamada que hace Agapito Maestre en un libro que concluye en alegato. Un gobierno que ha nacido sin respeto al mínimo debido a los españoles, el respeto a su unidad, antes que gobernar nos amenaza. “La idea de Nación expresa el deber de quebrar todo interés parcial en beneficio del destino común de todos los españoles” (Ortega) pero nuestro gobierno nace sobre la negación de ese destino común; Agapito Maestre escribe “Nación” con mayúscula – señala – porque así lo hace Ortega.

“Destino” no dice en Ortega “hado inexorable”: la nación es destino porque no puede soslayarse, pero podemos aceptar o rechazar, asumir o combatir ese destino. No es el fatalismo huero de quien dice ser español porque no puede ser otra cosa. Se es español por el nacimiento, de modo inadvertido y casi natural, pero cuando se pone en cuestión la circunstancia que envuelve ese nacimiento se es español porque se afirma serlo. Es hora de ser español de modo afirmativo, porque la nación – desde la perspectiva de Ortega -es antes una voluntad que una esencia. Por eso no hay un modo unívoco y esencial de ser español – como se es producto de esas esencias nacionales del metafísico Bosch Gimpera- y por eso no acepta Maestre el título de “nacionalista” español que aplican a Ortega los secesionistas con el afán de ponerlo a su escasa altura.

La afirmación de ser español supone -señala Maestre- participación en un programa compartido que no es necesario y definitivo, sino construcción histórica. Así lo comprendió José Antonio Maravall -falangista de primera hora y eminente filósofo e historiador- que situaba a Ortega lejos de la historiografía nacionalista. Pero, sobre todo, no es Ortega nacionalista porque -como bien señala Agapito Maestre- la nacionalidad no es “la forma perfecta de vida colectiva” y a partir de esa constatación se abre paso la comprensión del modo de ser peculiar de los pueblos de Europa, caracterizado por una forma dual de vida “la que viene de su fondo europeo, común con los demás, y la suya diferencial que sobre ese fondo se ha creado”. Aquí se entra en un terreno de enorme dificultad. El autor no deja de afrontar el catolicismo español ¿cabe expresión que haga más visible la citada dualidad? Europa es más que la suma de sus naciones, pero ese excedente que desborda las naciones ha de quedar aquí silenciado.

No diré más, porque el libro de Agapito Maestre Entretelas de España. Meditaciones sobre la España moribunda esconde secretos de enorme valor que el lector debe rastrear. Puedo asegurarles que al escritor de estas páginas no hay que suponerle el valor, porque lo acredita. Y el valor, estimado lector, es al menos un elemento necesario de la inteligencia y muy especialmente de la inteligencia política. Para plantear el problema hace falta valor, pero hace falta valor para rastrear una respuesta. Tratándose de valor es natural que el libro esté dedicado a Pedro de Tena que, como dice el autor, ha hecho de su vida una filosofía que da aliento a todos los que se resisten a aceptar el destino como una fuerza irrefrenable. Pues que se trata de valor, antes de abrir estas páginas conviene la taurina rogatoria: que Dios reparta suerte.

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