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TRIBUNA

Pedagogía frente a la discriminación racial

lunes 29 de junio de 2020, 20:16h
Hemos podido comprobar en las últimas semanas cómo las protestas y manifestaciones antirracistas en Europa han conducido a destruir estatuas vinculadas a la esclavitud como si de un ajuste de cuentas se tratara para contrarrestar la discriminación racial que determinados grupos han sufrido en el pasado. Mientras manifestantes europeos han denunciado con fuerza el racismo por diferentes capitales, a raíz de la muerte del afroamericano George Floyd, en Estados Unidos han continuado las demandas por exigir cambios legislativos tanto por parte de los demócratas como por los republicanos por la brutalidad policial vivida en los últimos tiempos.

Lo que parece evidente es que ambas propuestas, aunque muy diferentes ideológicamente, coinciden en su pretensión de detener las técnicas de estrangulamiento, incluyendo nuevos procedimientos de formación, buscando ampliar el uso de cámaras corporales y creando un registro nacional para casos de mala praxis general por parte de la policía.

Me interesa especialmente que se haya resaltado la necesidad de incluir nuevos procedimientos de formación y me pregunto si tiene sentido implantar una política pedagógica transversal frente a la discriminación racial y, en caso afirmativo, cómo conseguirlo. Desde mi punto de vista, a la primera pregunta habría que contestar con un sí rotundo. Creo que resulta esencial provocar un cambio de paradigma frente a lo que se viene denominando la <<globalización de la indiferencia>> hacia las minorías. La vacuna frente a este virus imparable creo que está en inculcar a los ciudadanos a nivel general, a través de la educación, un sentimiento de empatía y de generosidad cosmopolita, lo que implica apartarnos de la comprensión del principio de no discriminación como “indiferencia a las diferencias”, lo que degenera al final -se quiera o no- en la exaltación de la uniformidad.

Hay que tener confianza en las herramientas educativas para formar ciudadanos capaces de crear un diálogo constructivo desde el entramado del Estado de Derecho que garantice el respeto de las minorías. Me parece por ello una tarea prioritaria por parte de los poderes públicos alimentar la formación ciudadana a través de programas educativos de integración para luchar contra el racismo. En definitiva, necesitamos un cambio de paradigma que sirva de contrapeso a la “globalización de la indiferencia” frente a las minorías.

La educación nos ofrece valiosas herramientas en aras de lograr formar ciudadanos capaces de “imaginar”, tanto espontánea como generosamente, lo que significa sentirse discriminado, haciendo de ello un asunto que verdaderamente nos importe a todos; aunque, por supuesto, también sea valioso intentar resolver el problema a través del diseño jurídico-político, esto es, del proceso de positivación, intentando la eliminación completa de la condición desfavorable de la que gozan ciertos sujetos por su origen racial o étnico dentro de la sociedad. Desde mi punto de vista, en realidad, necesitamos de las dos perspectivas y por ello, en mi opinión, no deberían considerarse dichas perspectivas incompatibles o excluyentes sino, al contrario, perspectivas complementarias.

Creo que una excelente herramienta pedagógica de formación puede ser ahondar en lo que se conoce como “litigios estratégicos”. Tengamos en cuenta que existen sonados fallos judiciales que ponen de relieve la persistente lucha contra la discriminación racial, garantizando la protección de las víctimas y además sentando jurisprudencia al tratarse de casos emblemáticos de vulneración de derechos. A través de ellos se trata de impulsar la aplicación de la ley y los cambios legislativos para un mayor disfrute de derechos por parte de las minorías. Como con acierto ha resaltado la Fundación Secretariado Gitano, en el caso de la minoría gitana, hay que enfocar el análisis de litigios estratégicos de una forma integral, no de forma aislada, sino “como una herramienta complementaria a otras, como son la asistencia a las víctimas, la sensibilización, la formación, la incidencia política y la promoción de buenas prácticas”. Tengamos presente que el litigio da voz y además empodera a aquellos ciudadanos/as que deciden denunciar su caso para reclamar la vulneración de sus derechos y los de su pueblo, siendo una valiosa herramienta pedagógica para el resto de la sociedad.

No solo hay que hacer una labor pedagógica para empoderar a la víctima en aras de que emprenda litigios, a pesar de que muchas veces el proceso judicial cree unas expectativas que, al final, no se ven cumplidas, sino que también hay que trabajar para mejorar la respuesta judicial y policial de los casos de delito de odio y de discriminación.

Tan importante como crear un plan de formación para las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado para hacer frente a este tipo de delitos, es llevar a cabo una campaña de sensibilización y formación de agentes en el ámbito judicial (jueces, fiscales, abogados de oficio) para tratar de erradicar los prejuicios irracionales que influyen en el tratamiento de los casos cuando se trata de casos de delitos de odio y de discriminación racial. Incluso habría que animar a la colaboración de las fiscalías provinciales especializadas en delitos de odio y discriminación con ONGs que acompañan a las víctimas en los procesos judiciales.

A mi modo de ver, reflexionando sobre los litigios estratégicos podemos tomar conciencia de que necesitamos en nuestro tiempo un discurso más amplio sobre la identificación de los factores estructurales que subyacen a la discriminación racial, generando un profundo debate en torno la creación de políticas que faciliten no solo la igualdad de oportunidades sino también de resultados.

Las sociedades estatalmente avanzadas actúan de forma exitosa no solo si demuestran que son capaces de resolver problemas demográficos o la cuestión del desarrollo económico sostenible, sino también si son capaces de resolver los importantes problemas que atañen a la discriminación racial. Decía Rigoberta Menchú, ganadora del Premio Nobel de la Paz y del Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional, que la paz no es solamente ausencia de guerra; sino que mientras haya pobreza, racismo, discriminación y exclusión difícilmente podremos alcanzar un mundo de paz.

Urge por ello que en nuestro tiempo hagamos un esfuerzo por formular y aplicar nuevas técnicas para vivir juntos en armonía y en pie de igualdad. Urge también que desarrollemos sentimientos morales inclusivos, que promovamos un comportamiento público de tolerancia positiva y activa hacia las minorías, que adoptemos un comportamiento empático y solidario hacia ellas y, finalmente, -termino- que fomentemos una actitud liberal y democrática, basada en el aprendizaje de los errores cometidos.
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